Zenara

CAPÍTULO 4 LA IDENTIDAD DEL ALMA

Hay una pregunta que puede acompañarnos durante toda la vida y, sin embargo, permanecer sin respuesta:

¿Quién soy realmente?

Parece una pregunta sencilla.

Pero cuando intentamos responderla con sinceridad, descubrimos que no lo es.

Podemos decir nuestro nombre.

Nuestra edad.

Nuestro trabajo.

Nuestro estado civil.

Hablar de nuestra familia.

De nuestros estudios.

De nuestros logros.

De aquello que hacemos.

De los lugares donde vivimos.

De las responsabilidades que tenemos.

Pero todo eso describe aspectos de nuestra existencia.

No necesariamente revela quiénes somos.

Porque una persona puede perder un trabajo y seguir siendo valiosa.

Puede fracasar en un proyecto y continuar teniendo dignidad.

Puede terminar una relación y no dejar de ser merecedora de amor.

Puede equivocarse y seguir siendo una criatura amada por Dios.

Puede cambiar de profesión.

Puede mudarse.

Puede comenzar nuevamente.

Puede atravesar una enfermedad, una pérdida, una crisis económica, una decepción o una etapa de profunda incertidumbre.

Y, aun después de todo eso, existe algo que permanece.

Existe una dignidad que no depende de los resultados.

Una profundidad que no puede ser medida por títulos.

Una identidad que no necesita aplausos.

Una vida cuyo valor no puede reducirse a una lista de éxitos y fracasos.

Quizá uno de los grandes errores de nuestra época consiste en intentar responder quiénes somos preguntando primero qué tenemos, qué hacemos o cuánto hemos conseguido.

Pero la pregunta más importante es otra:

¿Quién soy cuando no tengo nada que demostrar?

Quizá allí comienza una búsqueda diferente.

Una búsqueda que no conduce hacia afuera.

Conduce hacia lo profundo.

EL NOMBRE QUE TE DIERON Y EL SER QUE DIOS CONOCE

Desde que nacemos, otras personas comienzan a nombrarnos.

Nos dicen cómo somos.

“Eres tranquilo.”

“Eres difícil.”

“Eres inteligente.”

“Eres sensible.”

“Eres problemático.”

“Eres responsable.”

“Eres distraído.”

“Eres fuerte.”

“Eres débil.”

“Eres demasiado emocional.”

“Eres igual a tu padre.”

“Eres igual a tu madre.”

Y algunas de esas palabras se quedan.

No todas son negativas.

Incluso los elogios pueden convertirse en etiquetas cuando comenzamos a sentir que debemos mantener permanentemente determinada imagen.

El niño que fue reconocido por ser fuerte puede aprender que nunca tiene derecho a sentirse vulnerable.

La persona que siempre fue “responsable” puede creer que cometer un error sería imperdonable.

Quien recibió reconocimiento por su inteligencia puede desarrollar miedo a equivocarse.

Quien fue considerado “el bueno” puede tener dificultades para decir que no.

Quien fue señalado como “el rebelde” puede terminar comportándose según esa expectativa.

Poco a poco, las palabras de otros pueden convertirse en una especie de espejo.

Y terminamos mirándonos a través de él.

Pero existe una pregunta que merece ser formulada:

¿Cuánto de lo que crees que eres nació realmente de ti y cuánto fue aprendido de los demás?

No todo aquello que te dijeron es verdad.

Y tampoco todo aquello que ocurrió durante tu infancia tiene que convertirse en el guion de tu adultez.

Dios conoce algo de ti que ninguna etiqueta humana puede capturar.

Conoce tu intención.

Tu potencial.

Tus luchas.

Tus deseos más profundos.

La bondad que quizá escondes detrás de una personalidad endurecida.

La sensibilidad que aprendiste a ocultar.

La capacidad de amar que todavía puede crecer.

Él conoce no solamente lo que has sido.

También conoce aquello en lo que puedes convertirte.

CUANDO VIVIMOS PARA CUMPLIR EXPECTATIVAS

Existe una forma silenciosa de perderse.

No ocurre de repente.

Ocurre cuando comenzamos a vivir según lo que otros esperan.

Estudiamos aquello que otros consideran correcto.

Elegimos determinadas relaciones porque parecen adecuadas.

Aceptamos responsabilidades porque nadie quiere decepcionar a los demás.

Perseguimos objetivos que no nacieron de nuestro corazón.

Construimos una vida que desde afuera parece perfecta.

Pero algo dentro comienza a sentirse vacío.

Y aparece una pregunta incómoda:

“¿Esta vida realmente es mía?”

No significa abandonar todas las responsabilidades.

Tampoco significa ignorar a quienes amamos.

Significa distinguir entre amor y dependencia.

Entre responsabilidad y sometimiento.

Entre escuchar consejos y entregar nuestra capacidad de decidir.

Hay decisiones que deben ser propias.

Porque nadie más puede vivir las consecuencias de tu vida por ti.

Las personas pueden aconsejarte.

Pueden acompañarte.

Pueden advertirte.

Pueden amarte.

Pero no pueden entrar completamente en tu interior y conocer la totalidad de tu camino.

Eso pertenece a una relación mucho más profunda:

tu conciencia delante de Dios.

EL VALOR NO SE GANA

Desde pequeños podemos aprender una idea peligrosa:

“Valgo cuando hago algo bien.”

Entonces comenzamos a construir una relación condicional con nosotros mismos.

Si gano, valgo.

Si me reconocen, valgo.

Si soy útil, valgo.

Si tengo dinero, valgo.

Si soy admirado, valgo.

Si tengo éxito, valgo.

Si los demás me quieren, valgo.

Y cuando alguno de esos elementos desaparece, nuestra autoestima se derrumba.

Pero la dignidad humana no funciona así.

Un bebé no necesita conseguir nada para tener valor.

Una persona anciana no pierde dignidad porque ya no pueda realizar aquello que hacía antes.




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