Hay una pregunta que puede aparecer en distintos momentos de la vida.
A veces llega cuando todo parece estar bien.
Otras veces aparece precisamente cuando nada parece tener sentido.
Puede surgir después de una pérdida.
Después de alcanzar una meta.
Después de una decepción.
Al cumplir determinada edad.
Al mirar hacia atrás y descubrir que has recorrido mucho camino, pero todavía existe una inquietud dentro de ti.
La pregunta es sencilla:
¿Para qué estoy aquí?
No:
“¿Cuánto puedo conseguir?”
No:
“¿Cuánto dinero puedo ganar?”
No:
“¿Cuántas personas pueden admirarme?”
No:
“¿Qué puedo demostrar?”
La pregunta es mucho más profunda:
“¿Qué sentido tiene mi existencia?”
Durante muchos años podemos vivir ocupados intentando resolver necesidades inmediatas.
Estudiar.
Trabajar.
Construir.
Pagar.
Cuidar.
Criar.
Progresar.
Resolver problemas.
Cumplir obligaciones.
Y todo eso es importante.
Pero puede llegar un momento en el que el corazón reclame algo diferente.
No necesariamente más cosas.
Más significado.
Porque una vida llena de actividades puede estar vacía de dirección.
Y una vida aparentemente sencilla puede contener una profundidad inmensa cuando está orientada hacia un propósito.
El propósito no siempre llega acompañado de una revelación extraordinaria.
Muchas veces aparece lentamente.
Como una semilla.
Como una inclinación.
Como un talento.
Como una preocupación que vuelve una y otra vez.
Como una capacidad que otros reconocen en ti.
Como una experiencia que transformó tu manera de mirar el sufrimiento.
Como una necesidad del mundo que no puedes ignorar.
Como una inquietud que permanece incluso después de alcanzar aquello que creías que te haría feliz.
Tal vez Dios haya estado sembrando algo en ti durante años.
Y quizá este sea el momento de comenzar a descubrirlo.
NO NACISTE POR ACCIDENTE
Hay una diferencia profunda entre existir y vivir con sentido.
Existir significa estar aquí.
Vivir con sentido significa comenzar a comprender para qué quieres utilizar el tiempo que tienes.
Desde la fe, nuestra existencia no es un accidente sin significado.
Cada vida posee una dignidad que no depende de sus circunstancias.
No importa si una persona nació rodeada de oportunidades o tuvo que luchar desde el principio.
No importa si consiguió grandes reconocimientos o llevó una vida completamente anónima.
No importa si alcanzó sus sueños temprano o tuvo que reconstruirse muchas veces.
Cada vida posee un valor propio.
Y si Dios te concedió la posibilidad de existir, entonces tu historia merece ser vivida con intención.
Eso no significa que tengas que realizar algo extraordinario para justificar tu existencia.
No necesitas ser famoso.
No necesitas cambiar el mundo entero.
No necesitas dejar una estatua con tu nombre.
A veces el propósito de una vida se encuentra en espacios que jamás aparecen en los libros de historia.
Una madre que acompaña.
Un padre que enseña.
Una persona que cuida.
Un abuelo que transmite sabiduría.
Un maestro que inspira.
Un amigo que permanece.
Un desconocido que ayuda en el momento preciso.
Una persona que crea algo hermoso.
Alguien que utiliza su experiencia para evitar que otro sufra lo mismo.
La grandeza no siempre hace ruido.
EL PROPÓSITO NO ES UNA PROFESIÓN
Una de las confusiones más frecuentes consiste en pensar que propósito y trabajo son exactamente lo mismo.
No necesariamente.
Tu profesión es aquello mediante lo cual realizas determinadas tareas y, muchas veces, obtienes un ingreso.
Tu propósito puede atravesar diferentes profesiones.
Una persona puede ser maestra durante una etapa, emprendedora durante otra y luego dedicarse a acompañar a su familia.
Su ocupación cambia.
Pero quizá permanece una misma esencia:
enseñar.
Servir.
Cuidar.
Crear.
Acompañar.
Inspirar.
Resolver.
Construir.
La profesión puede cambiar.
La vocación profunda puede permanecer.
Por eso no pienses que si cambiaste de trabajo perdiste tu propósito.
Quizá simplemente cambió el escenario donde ese propósito debía expresarse.
EL PROPÓSITO TAMPOCO ES FAMA
Vivimos rodeados de imágenes de éxito.
Personas que parecen haber encontrado su lugar.
Negocios extraordinarios.
Grandes proyectos.
Millones de seguidores.
Viajes.
Reconocimiento.
Dinero.
Influencia.
Y podemos comenzar a pensar:
“Si no consigo algo grande, mi vida no tiene sentido.”
Pero el propósito no necesita audiencia.
Puede desarrollarse en secreto.
Una acción realizada por amor puede tener más valor que una hazaña realizada para obtener reconocimiento.
Una conversación puede cambiar una vida.
Una decisión puede evitar una tragedia.
Una palabra puede devolver esperanza.
Un acto de generosidad puede modificar el día de alguien.
Y quizá jamás sepas completamente el impacto que tuvo.
Eso también es propósito.
EL DON QUE CONSIDERAS NORMAL
Hay algo interesante acerca de los talentos.
Muchas veces no reconocemos nuestros propios dones porque aquello que hacemos con facilidad nos parece demasiado natural.
Alguien que sabe escuchar puede pensar:
“Solo escucho.”
Alguien que sabe enseñar:
“Solo explico.”
Alguien creativo:
“Solo tengo imaginación.”
Alguien paciente:
“Simplemente soy así.”
Alguien que organiza:
“No es nada.”