Zenara

CAPÍTULO 6 LA VALENTÍA DE CONFIAR

Hay decisiones que no pueden tomarse con absoluta certeza.

Puedes analizar.

Puedes preguntar.

Puedes investigar.

Puedes pedir consejo.

Puedes orar.

Puedes esperar.

Y aun después de todo eso, puede quedar una parte de la respuesta sin conocer.

Entonces aparece una sensación que todos hemos experimentado alguna vez:

“¿Y si me equivoco?”

La pregunta puede paralizarnos.

Porque queremos garantías.

Queremos saber que la decisión será correcta.

Queremos conocer el resultado antes de comenzar.

Queremos asegurarnos de que nadie nos abandonará.

Queremos saber que el proyecto funcionará.

Queremos saber que el esfuerzo tendrá recompensa.

Queremos saber que el camino que elegimos no terminará en una decepción.

Pero la vida rara vez ofrece esas garantías.

Nadie recibe el mapa completo.

Nadie conoce todas las curvas.

Nadie sabe exactamente qué encontrará después de la próxima puerta.

Y quizá por eso la confianza tiene un lugar tan importante en la existencia humana.

Confiar no significa cerrar los ojos.

No significa negar los riesgos.

No significa actuar irresponsablemente.

Tampoco significa pensar que todo aquello que deseamos ocurrirá simplemente porque tenemos fe.

Confiar significa avanzar después de haber hecho lo que está en nuestras manos y aceptar humildemente que existen cosas que nunca podremos controlar completamente.

Para quien cree en Dios, confiar adquiere una profundidad todavía mayor.

Significa caminar sabiendo que nuestra visión es limitada, pero que no estamos solos.

Significa reconocer:

“No conozco todo el camino, pero puedo pedir dirección para el siguiente paso.”

Y quizá eso sea suficiente.

EL PRIMER PASO SIEMPRE PARECE MÁS GRANDE

Cuando observamos una montaña desde abajo, parece enorme.

Podemos imaginar el cansancio.

Las dificultades.

La distancia.

El frío.

La pendiente.

Y entonces pensamos:

“Es demasiado.”

Pero nadie sube una montaña de una sola vez.

Se sube paso a paso.

La vida funciona de manera parecida.

Un proyecto que parece imposible puede comenzar con una llamada.

Una reconciliación puede comenzar con una conversación.

Un cambio puede comenzar con una decisión.

Un sueño puede comenzar con una página.

Una nueva etapa puede comenzar con una despedida.

Una relación con Dios puede profundizarse con una oración sincera.

No necesitas resolver todo hoy.

Necesitas identificar aquello que corresponde hacer ahora.

La pregunta no siempre es:

“¿Cómo voy a llegar hasta el final?”

A veces es:

“¿Cuál es el próximo paso correcto?”

Y esa pregunta es mucho más manejable.

LA NECESIDAD DE TENER GARANTÍAS

Nos gustaría que la vida funcionara como un contrato.

“Si hago esto, sucederá aquello.”

Pero no es así.

Puedes trabajar mucho y no recibir inmediatamente el resultado esperado.

Puedes amar sinceramente y ser herido.

Puedes actuar con honestidad y encontrarte con personas deshonestas.

Puedes hacer planes y descubrir que las circunstancias cambian.

Puedes cuidar una relación y aun así perderla.

Puedes sembrar durante años antes de ver frutos.

Esto no significa que actuar correctamente sea inútil.

Significa que el resultado no siempre está bajo nuestro control.

La responsabilidad consiste en hacer nuestra parte.

La confianza consiste en no exigirnos controlar lo que pertenece al futuro.

Y entre ambas cosas existe un equilibrio.

FE NO ES INGENUIDAD

Tener fe no significa creer cualquier cosa.

La fe no elimina el discernimiento.

No todo lo que parece una oportunidad es una buena oportunidad.

No toda persona que promete ayudarte tiene buenas intenciones.

No todo deseo merece ser perseguido.

No toda puerta abierta debe atravesarse.

Por eso la confianza en Dios no debería convertirse en ausencia de prudencia.

Puedes orar y también investigar.

Puedes confiar y también prepararte.

Puedes creer y también consultar.

Puedes esperar en Dios y, al mismo tiempo, cumplir con tus responsabilidades.

La fe madura no necesita apagar la razón.

Puede caminar junto a ella.

CUANDO LA PRUDENCIA SE CONVIERTE EN MIEDO

Existe una diferencia sutil.

La prudencia pregunta:

“¿Qué debo considerar antes de avanzar?”

El miedo dice:

“No avances nunca.”

La prudencia evalúa.

El miedo imagina catástrofes.

La prudencia busca información.

El miedo busca garantías imposibles.

La prudencia reconoce riesgos.

El miedo convierte cada riesgo en una razón para renunciar.

Debemos aprender a distinguirlos.

Porque algunas veces llamamos prudencia a lo que en realidad es miedo.

Decimos:

“Todavía no es el momento.”

“Necesito prepararme un poco más.”

“Después comenzaré.”

“Cuando tenga más dinero.”

“Cuando tenga más confianza.”

“Cuando todo esté resuelto.”

Y puede pasar un año.

Después otro.

Y otro.

Hasta descubrir que hemos utilizado la preparación como una forma elegante de permanecer quietos.

Prepararse es bueno.

Esperar eternamente a sentirnos completamente preparados puede convertirse en una prisión.

DIOS Y LOS CAMINOS QUE NO COMPRENDEMOS

Hay etapas en las que no entendemos lo que ocurre.

Una puerta se cierra.

Una oportunidad desaparece.

Un plan fracasa.

Una persona se marcha.

Una respuesta tarda.

Y nos preguntamos:

“¿Por qué?”

No siempre tendremos una respuesta inmediata.




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