Zenara

CAPÍTULO 7 CUANDO EL FUTURO DEJA DE DAR MIEDO

Hay una pregunta que, aunque muchas veces no pronunciamos en voz alta, puede acompañarnos durante años:

¿Qué va a pasar conmigo?

A veces aparece cuando estamos solos.

Otras veces surge en medio de una noche larga, cuando el mundo parece haberse quedado en silencio y la mente comienza a recorrer escenarios que todavía no existen.

¿Qué ocurrirá mañana?

¿Y si pierdo aquello que tengo?

¿Y si esa persona se marcha?

¿Y si la situación empeora?

¿Y si no logro lo que necesito?

¿Y si me equivoco?

¿Y si nunca llega aquello que tanto espero?

¿Y si Dios no responde de la manera que estoy pidiendo?

El futuro tiene una característica que puede resultar inquietante: todavía no podemos verlo.

Y aquello que no podemos ver puede convertirse fácilmente en terreno fértil para el temor.

La mente intenta adelantarse.

Quiere calcular.

Predecir.

Prevenir.

Controlar.

Construye conversaciones que todavía no ocurrieron, despedidas que quizá nunca sucedan, fracasos que todavía no existen y problemas que posiblemente jamás llegarán.

Entonces ocurre algo silencioso pero profundo:

comenzamos a sufrir por adelantado.

El cuerpo está aquí.

La vida está aquí.

Las personas que amamos están aquí.

La oportunidad de agradecer está aquí.

Pero nuestra atención se encuentra varios días, meses o incluso años más adelante.

Estamos físicamente en un lugar y emocionalmente en otro.

Y cuanto más intentamos controlar aquello que todavía no conocemos, más cansados terminamos.

La conciencia plena no consiste en dejar de pensar en el futuro.

Tampoco significa vivir irresponsablemente, ignorar las consecuencias o renunciar a la planificación.

Significa algo mucho más sabio:

aprender a prepararnos para el mañana sin sacrificar la paz del hoy.

Porque existe una diferencia enorme entre prepararse y preocuparse.

Prepararse pregunta:

“¿Qué puedo hacer?”

Preocuparse pregunta:

“¿Qué haré si todo sale mal?”

Prepararse conduce a una acción.

La preocupación interminable conduce al agotamiento.

Y entre ambas existe un territorio donde la fe puede convertirse en una fuerza extraordinaria.

Ese territorio se llama confianza.

LA ANSIEDAD POR LO QUE TODAVÍA NO EXISTE

No todo pensamiento sobre el futuro es preocupación.

Pensar en una reunión importante, organizar las cuentas, preparar un viaje, estudiar para un examen, cuidar una relación o planificar una decisión son expresiones normales de responsabilidad.

El problema comienza cuando la mente deja de planificar y empieza a fabricar amenazas constantemente.

Una posibilidad se convierte en una certeza.

Una dificultad hipotética se transforma en una tragedia anticipada.

Una duda termina pareciendo una sentencia.

Y entonces aparece una cadena:

“¿Y si ocurre esto?”

Después:

“¿Y si además sucede aquello?”

Y finalmente:

“Entonces todo estará perdido.”

La mente puede construir una historia completa partiendo de una sola posibilidad.

Pero una posibilidad no es una profecía.

Que algo pueda suceder no significa que vaya a suceder.

Y aunque ocurriera, tampoco significa necesariamente que no podrías afrontarlo.

Esta diferencia parece sencilla, pero puede cambiar profundamente nuestra manera de vivir.

Hay personas que no temen únicamente al problema.

Temen también a su propia incapacidad para enfrentarlo.

Y por eso el futuro parece todavía más amenazante.

Quizá una de las preguntas más importantes no sea:

“¿Qué pasará?”

Sino:

“¿Quién seré yo cuando llegue aquello que tenga que llegar?”

Porque no podemos conocer todas las circunstancias futuras.

Pero sí podemos cultivar nuestra capacidad para atravesarlas.

Podemos fortalecer nuestra fe.

Podemos aprender.

Podemos pedir ayuda.

Podemos desarrollar paciencia.

Podemos ordenar nuestras prioridades.

Podemos cuidar nuestros vínculos.

Podemos aprender de nuestros errores.

Podemos volver a Dios una y otra vez.

No podemos controlar el calendario de la vida.

Pero podemos preparar el corazón para caminar por él.

EL MAÑANA NO TE PERTENECE TODAVÍA

Existe una verdad sencilla que puede resultar profundamente liberadora:

el mañana todavía no está en tus manos.

No porque tu vida carezca de dirección.

No porque no puedas tomar decisiones.

No porque no tengas responsabilidades.

Sino porque ningún ser humano posee la capacidad de garantizar completamente lo que ocurrirá.

Puedes hacer planes.

Puedes tomar precauciones.

Puedes ahorrar.

Puedes estudiar.

Puedes trabajar.

Puedes cuidar tu cuerpo.

Puedes amar.

Puedes pedir perdón.

Puedes tomar decisiones prudentes.

Pero incluso después de hacer todo eso, permanecerá una parte de la existencia que escapa a tu control.

Aceptar esto no significa rendirse.

Significa reconocer la realidad.

Y reconocer la realidad puede ser una de las formas más profundas de sabiduría.

Durante mucho tiempo podemos creer que la seguridad consiste en conseguir suficiente control.

Controlar nuestras circunstancias.

Controlar las opiniones de los demás.

Controlar los resultados.

Controlar las decisiones de quienes amamos.

Controlar lo que ocurrirá mañana.

Pero la vida termina enseñándonos que el control absoluto no existe.

Entonces tenemos dos posibilidades.

Luchar permanentemente contra esa realidad.

O aprender a vivir con ella.




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