Zenara

CAPÍTULO 14 LA VOZ CON LA QUE TE HABLAS

Existe una conversación que nunca termina.

No importa dónde estés.

No importa con quién estés.

No importa cuánto ruido haya alrededor.

No importa cuántas personas te amen.

Siempre existe una voz que permanece contigo.

Te acompaña al despertar.

Camina contigo durante el día.

Aparece cuando cometes un error.

Habla cuando algo sale bien.

Se hace presente cuando alguien te rechaza.

Te acompaña frente al espejo.

Está allí cuando recuerdas el pasado.

Y vuelve por la noche, cuando todo queda más tranquilo.

Esa voz eres tú hablándote a ti mismo.

Pero existe una pregunta que pocas personas se atreven a formular:

¿Cómo me hablo cuando nadie puede escucharme?

Porque quizá has aprendido a tratar con ternura a quienes amas mientras utilizas contigo palabras que jamás permitirías que alguien pronunciara delante de un ser querido.

A otros les dices:

“Todos cometemos errores.”

A ti:

“¿Cómo pude ser tan tonto?”

A otros:

“No te castigues por lo que ya pasó.”

A ti:

“Siempre arruinas todo.”

A otros:

“Date otra oportunidad.”

A ti:

“No eres capaz.”

A otros:

“Ten paciencia contigo.”

A ti:

“Deberías haberlo sabido.”

A otros:

“Lo estás haciendo lo mejor que puedes.”

A ti:

“No es suficiente.”

Y así puedes pasar años viviendo dentro de una relación contigo mismo que nadie más ve.

Una relación llena de exigencias.

Comparaciones.

Juicios.

Culpa.

Miedo.

Perfeccionismo.

Y una constante sensación de no alcanzar nunca el lugar al que deberías llegar.

Quizás nadie te está persiguiendo.

Pero tú te persigues.

Quizás nadie te está insultando.

Pero tú lo haces.

Quizás nadie está exigiéndote perfección.

Pero tú no te permites fallar.

Quizás nadie te está diciendo que no vales.

Pero existe una voz interior que lo repite.

Y llega un momento en el que debemos detenernos y preguntarnos:

¿De dónde aprendí a hablarme de esta manera?

EL NIÑO QUE APRENDIÓ A JUZGARSE

Nadie nace odiándose.

Un niño no llega al mundo pensando:

“No soy suficiente.”

No nace creyendo:

“Mi valor depende de mis resultados.”

No nace comparando su apariencia con la de otros.

No nace convencido de que debe ser perfecto para merecer cariño.

Esas ideas se aprenden.

A veces aparecen después de muchas críticas.

De comparaciones.

De rechazos.

De expectativas imposibles.

De palabras pronunciadas sin medir sus consecuencias.

De experiencias en las que el niño intentó agradar y sintió que nunca era suficiente.

Puede ocurrir en una familia.

En una escuela.

En una relación.

En un ambiente laboral.

Incluso dentro de determinados espacios donde debería haber existido protección.

Una frase puede parecer pequeña para quien la pronuncia.

Pero puede convertirse en una sentencia para quien la escucha repetidamente.

“Eres un inútil.”

“No sirves para esto.”

“Siempre haces todo mal.”

“Mira cómo lo hace él.”

“Nunca llegarás a nada.”

“Qué vergüenza.”

“Deberías ser diferente.”

Con el tiempo, la persona puede dejar de necesitar que alguien lo diga.

Lo aprende de memoria.

Y comienza a repetírselo sola.

Entonces la voz de los demás se convierte en su propia voz.

Ese es uno de los procesos más dolorosos de la vida interior.

Porque aquello que alguna vez vino de afuera termina viviendo dentro.

NO TODA VOZ INTERIOR DICE LA VERDAD

Existe una tendencia humana a creer automáticamente lo que pensamos.

Si aparece:

“No puedo.”

Lo tomamos como una realidad.

Si aparece:

“Nadie me quiere.”

Lo creemos.

Si aparece:

“Voy a fracasar.”

Lo sentimos como una predicción.

Si aparece:

“Soy un desastre.”

Lo convertimos en identidad.

Pero un pensamiento no es una sentencia.

Una emoción tampoco es una prueba.

Y una voz interior no siempre representa la verdad.

A veces representa una herida.

A veces representa miedo.

A veces representa una experiencia antigua.

A veces representa una interpretación que construimos cuando todavía no teníamos las herramientas necesarias para comprender lo que ocurría.

Por eso la conciencia necesita aprender a preguntar:

”¿Es verdad lo que estoy diciéndome?”

Y después:

”¿Qué evidencia tengo?”

Y finalmente:

”¿Existe una manera más justa de interpretar esto?”

No se trata de mentirte.

No necesitas decir:

“Todo es maravilloso.”

cuando no lo es.

No necesitas repetir:

“Soy el mejor.”

si estás atravesando una dificultad.

La alternativa no es pasar de la crueldad al autoengaño.

Es pasar de la crueldad a la verdad.

HABLARTE CON VERDAD

La voz interior saludable no dice:

“Todo lo haces bien.”

Dice:

“Te equivocaste, pero puedes aprender.”

No dice:

“Nunca tendrás problemas.”

Dice:

“Esto es difícil, pero puedes buscar una manera de atravesarlo.”

No dice:

“No importa lo que hagas.”

Dice:

“Lo que haces tiene consecuencias, y puedes asumirlas.”

No dice:

“No tienes defectos.”

Dice:

“Tienes aspectos que puedes mejorar y eso no elimina tu dignidad.”

La verdad no necesita humillación.

Puedes reconocer un error sin convertirte en el error.

Puedes aceptar una responsabilidad sin destruirte.

Puedes admitir una debilidad sin declarar que eres débil en todo.

Puedes reconocer un fracaso sin llamarte fracasado.




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