Hay puertas que podemos ver.
Puertas de una casa.
De una habitación.
De un templo.
De una escuela.
De un lugar al que decidimos entrar o del que decidimos salir.
Pero existen otras puertas mucho más difíciles de reconocer.
Son las puertas de nuestro mundo interior.
Por ellas entran palabras.
Opiniones.
Imágenes.
Recuerdos.
Historias.
Miedos.
Creencias.
Consejos.
Críticas.
Esperanzas.
Noticias.
Conversaciones.
Personas.
Experiencias.
Y muchas veces dejamos esas puertas abiertas durante todo el día sin preguntarnos qué está entrando.
Escuchamos una conversación y la llevamos con nosotros durante horas.
Leemos una frase negativa y comenzamos a cuestionarnos.
Vemos una vida aparentemente perfecta en una pantalla y sentimos que la nuestra no vale lo suficiente.
Escuchamos una noticia dolorosa y nuestra mente comienza a imaginar tragedias.
Alguien nos dice que no podremos y, sin darnos cuenta, empezamos a repetirlo.
Una persona nos habla desde su resentimiento y terminamos sintiendo una rabia que originalmente no era nuestra.
Una comparación aparece.
Después otra.
Y otra.
Hasta que llega la noche y nos preguntamos por qué estamos agotados si aparentemente no hemos hecho nada extraordinario.
Tal vez hemos estado trabajando todo el día en un lugar que nadie puede ver:
nuestro mundo interior.
La mente también se cansa.
El corazón también se satura.
La conciencia también necesita espacio.
Y quizá uno de los actos más importantes de madurez sea comprender que no todo lo que llega hasta nosotros merece quedarse.
No todo pensamiento merece convertirse en creencia.
No toda opinión merece convertirse en dirección.
No toda noticia necesita ocupar nuestro corazón.
No toda persona necesita tener acceso permanente a nuestra intimidad.
No toda conversación merece nuestra energía.
No toda imagen representa una realidad.
No todo miedo es una advertencia.
No toda crítica es una verdad.
Y no todo aquello que el mundo repite merece convertirse en nuestra propia voz.
LA CASA INTERIOR
Imagina por un momento que tu interior es una casa.
En ella existen habitaciones que pocas personas conocen.
Una habitación contiene tus recuerdos.
Otra, tus sueños.
Otra, tus heridas.
Otra, tus valores.
Otra, aquello que todavía no has comprendido.
Hay una habitación donde guardas las personas que amas.
Otra donde permanecen experiencias que preferirías olvidar.
Y existe también una especie de puerta principal.
Por ella entran diariamente innumerables estímulos.
Ahora imagina que permitieras entrar a cualquiera.
Sin preguntar.
Sin observar.
Sin discernir.
Una persona entra gritando.
Otra entra criticando.
Otra trae miedo.
Otra trae resentimiento.
Otra trae comparación.
Otra trae desesperanza.
Otra trae rumores.
Otra trae violencia verbal.
Otra trae cinismo.
Otra trae una opinión sobre tu vida.
Otra quiere decirte quién debes ser.
Y tú dejas entrar a todos.
Al final del día, tu casa interior estaría llena de voces ajenas.
Entonces podrías sentarte y preguntarte:
”¿Por qué no encuentro paz?”
Quizás no sea porque la paz haya desaparecido.
Quizás sea porque has permitido que demasiadas cosas ocupen su lugar.
NO TODO LO QUE ENTRA DEBE QUEDARSE
Una de las grandes habilidades de la conciencia es seleccionar.
Seleccionar no significa vivir con miedo.
No significa evitar toda noticia negativa.
No significa rodearte únicamente de personas que piensan como tú.
No significa negar los problemas del mundo.
No significa construir una burbuja.
Significa desarrollar criterio.
Puedes escuchar una opinión sin adoptarla.
Puedes conocer una noticia sin vivir dominado por ella.
Puedes convivir con alguien negativo sin convertirte en negativo.
Puedes reconocer una crítica sin permitir que destruya tu autoestima.
Puedes observar una vida diferente sin concluir que la tuya es inferior.
Puedes sentir miedo sin obedecerlo automáticamente.
Puedes escuchar una preocupación sin transformarla en una profecía.
La libertad interior comienza cuando comprendes que entre lo que ocurre afuera y lo que decides conservar dentro existe un espacio.
Ese espacio es precioso.
En él puedes elegir.
LA INFORMACIÓN TAMBIÉN ALIMENTA
Durante mucho tiempo se habló de la alimentación del cuerpo.
Sabemos que lo que comemos puede influir en nuestro bienestar.
Pero también existe una alimentación mental.
Aquello que consumes repetidamente termina influyendo en tus pensamientos.
Si todos los días consumes conflicto, tu mente puede acostumbrarse al conflicto.
Si consumes constantemente comparación, puede comenzar a parecerte natural compararte.
Si consumes únicamente noticias alarmantes, puedes desarrollar una percepción del mundo más amenazante de lo que corresponde.
Si consumes contenido que humilla, ridiculiza y desprecia, puede afectar lentamente la manera en que miras a los demás.
Y también ocurre lo contrario.
La lectura puede ampliar tu perspectiva.
Una conversación sabia puede ayudarte a pensar.
Una historia inspiradora puede devolverte esperanza.
Una oración puede ordenar tus prioridades.
Un momento de contemplación puede permitirte comprender algo que no veías.
Una palabra de gratitud puede cambiar la dirección de un día.
Por eso conviene preguntarse:
¿De qué estoy alimentando mi mente todos los días?