Zoe

Capítulo 1: "El golpe"

ZOE

Estoy acostada sobre el césped del parque. El cielo azul me observa sin culpa. Una lágrima tibia resbala por mi mejilla. Cierro los ojos y las imágenes vuelven, cortantes, como si se repitieran a propósito para asegurarse de que no olvide nada:..

La exposición estaba llena. Demasiada gente, demasiadas luces, demasiadas miradas. Caminaba con mi cámara colgada del cuello, como un escudo. No me sentía parte de ese mundo, aunque mis fotos colgaban de las paredes.

-Zoe, te buscan en la sala del fondo -me avisó Lucía, la curadora.

Asentí, sin muchas ganas. Me costaba moverme entre la gente, como si mis piernas fueran de humo. Entonces lo vi…

Roberto. Mi pareja de tres años. De pie, junto a Gerardo, mi mejor amigo desde la universidad. Demasiado juntos. Demasiado sonrientes. Demasiado íntimos.

No fue una mirada, ni un roce, ni una palabra lo que me lo confirmó. Fue un instante. Un gesto automático: Roberto acomodándole el cuello de la camisa a Gerardo. Como quien ha hecho eso mil veces. Como quien ya no lo oculta.

La sangre se me fue a los pies.

-Zoe -dijo Roberto, sorprendido, incómodo.

-Hola- respondí. Fue lo único que pude decir antes de girarme y caminar hacia la salida.

Yo, saliendo de la galería.

Mis manos temblando.

La lluvia cayendo como si el mundo también llorara.

Mi corazón late rápido. Siento las piernas pesadas. No, ya no. Aún las sentía entonces. Corro, torpemente. Los tacones no me dejan avanzar. Tropiezo con un borde de la alfombra. Me duele el tobillo, pero no me detengo. Tengo que salir de ahí. De ellos. De esa imagen clavada como una daga: Roberto y Gerardo besándose en el pasillo de la exposición, como si yo no existiera.

Las puertas de cristal se abren, corro. Unos faros me ciegan. Un grito. Un golpe seco. Oscuridad…

No recuerdo más…

Despierto con la garganta seca, los párpados pesados, el cuerpo ajeno. El techo no es el de mi habitación. Hay una silla junto a la cama. Mamá está allí, con el rostro más viejo y preocupado que nunca.

—Mamá… —digo. Mi voz es un susurro rasposo.

Ella se sobresalta. Me toma la mano y corre a llamar al médico. Yo intento moverme, pero algo no responde.

¡No siento las piernas!

Un vértigo interno me sacude. El corazón late más fuerte que nunca. El miedo llega antes que las lágrimas.

Cuando el médico entra, el aire en la habitación cambia. Es joven, de unos treinta y cinco años, serio y guapo como actor de película dramática. Se presenta como el Dr. Javier Serrano, y sus ojos almendrados me atraviesan con algo que no quiero reconocer: lástima disfrazada de profesionalismo.

-Tuviste un accidente muy grave, Zoe- dice con voz firme- Estuviste en coma quince días. Y… hay una lesión severa en tu columna.

Observo a mis padres. Mamá llora en silencio. Papá se aleja a mirar por la ventana.

-¿Voy a volver a caminar?-

Silencio. Eso responde más que cualquier palabra.

Y entonces, la verdad me golpea más fuerte que el auto: Roberto y Gerardo… el beso… la traición. No solo me rompieron el corazón. Me arrojaron a esta nueva realidad.

No los odio. Los detesto con todo lo que me queda.

MATEO

El viñedo huele a tierra húmeda y uvas recién cortadas. Eduardo me habla de la cosecha, de fechas, de barricas… pero no logro concentrarme. Solo pienso en ella.

La chica del accidente.

No sé su nombre, pero no he dejado de verla en mi mente. En el momento exacto del impacto, tomé su mano. Solo eso. Pero fue suficiente para que esa imagen se quedara incrustada en mi memoria.

Sus ojos, antes de desmayarse, me miraron. Como si dijeran: “haz algo”.

Y lo hice. Me quedé allí, sujetando su mano hasta que llegó la ambulancia. ¿Fue suficiente? No lo sé.

Regreso a la oficina. Rafael, mi publicista y mejor amigo, me espera con las ideas usuales: tours por el viñedo, degustaciones, influencers, fotos. Le sigo la corriente. Fingir normalidad es más fácil que explicar que tengo el corazón torcido por una desconocida.

Por la noche, cenamos en casa de Kathy, mi hermana. Hablamos de lo mismo de siempre: que necesito vacaciones, que debería salir con alguien, que el viñedo necesita alma femenina. Solo sonrío. Ninguna de ellas sabe que mi alma está atrapada en unos ojos que no sé si volveré a ver.

ZOE

Ha pasado un mes. Estoy en casa. Me despierto sudando, con la respiración agitada. El mismo sueño. La misma escena. El mismo dolor. Y esos ojos… unos ojos color chocolate que no puedo olvidar.

No me resigno. No voy a hacerlo. Empiezo fisioterapia, psicoterapia, ejercicios con la silla. Cada rutina es una batalla. Cada ducha, un pequeño triunfo. Cada vez que logro vestirme sola, me siento un poco menos rota.

Mis padres intentan ayudar, pero mi madre aún me mira como si fuera de cristal.




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