ZOE
Después de ese encuentro en la oficina de mi padre, algo se movió dentro de mí. No solo reconocí a Mateo. Lo sentí. Y lo más aterrador: lo recordé desde un lugar donde no debería haber recuerdos. El inconsciente, supongo. O el cuerpo, que recuerda cuando la mente no puede.
Mateo. El hombre de la calle. El que me sostuvo la mano cuando el mundo se apagaba.
No le dije nada. No hacía falta. Su mirada fue un idioma sin traducción, pero perfectamente entendido. Como si dijera: “Estoy aquí”.
Papá habló durante veinte minutos sobre contratos, negocios, viñedos y turismo… pero yo solo podía pensar en los ojos de Mateo. En su sonrisa tranquila. Cómplice. Peligrosamente atractiva. No era un coqueteo cualquiera. Era una presencia que me envolvía sin esfuerzo.
Salimos del despacho rumbo al restaurante de la empresa. Me cambié de silla. A veces lo hago. Aunque cueste. Aunque duela. Sentarme en una silla común me recuerda que puedo seguir eligiendo. No por comodidad. Por orgullo. Por nostalgia.
Una joven se acercó. Hermosa, dientes perfectos, perfume caro.
-¿Por qué te cambiaste de silla?- preguntó, sin malicia, como si hablara del clima.
-A veces me gusta hacer cosas que podía hacer antes. Me hace sentir más yo- respondí, con una sonrisa amable pero firme.
Entonces sentí su mirada. No la de la joven. La de él.
Mateo estaba del otro lado de la mesa. Fingía conversar con alguien, pero sus ojos estaban puestos en mí. Había algo distinto en su forma de mirar. No compasión. No morbo. No distancia. Curiosidad. Deseo. Respeto. No estoy acostumbrada a eso. Me aterra más que cualquier cirugía.
MATEO
No debería estar mirándola así. Pero no puedo evitarlo.
Zoe. Su nombre lo supe después, pero su energía ya me era familiar. La había sentido esa tarde lluviosa, en el cruce, entre el caos y la urgencia. Sus manos en las mías. Su mirada antes de perder la conciencia. Ahora estaba frente a mí, tan presente que todo lo demás se volvió ruido.
Durante la comida no pude concentrarme. Mi hermana Kathy hablaba del menú, Rafael proponía ideas absurdas para redes sociales... y yo solo pensaba en Zoe. Sentada a unos metros, en esa silla que no disminuía ni un ápice su fuerza.
En un momento, nuestras miradas se cruzaron. No bajó la vista. No sonrió. Me miró como si me viera entero. Me desarmó. Yo, que he cerrado tratos con políticos y críticos sin pestañear, sentí que me tambaleaba.
Después del almuerzo, Rafael me apartó.
-La chica… Zoe. Es la hija del licenciado Valles-.
-Lo sé-. Le contesté
-Y… fue mi hermana la que la atropelló-.
Me quedé en silencio. Sentí que mundo se estrechó.
-¿Tú sabías antes de venir a la reunión?
Asintió.
-No quise decírtelo antes. No quería que eso condicionara nada-. Me dijo.
-No lo hace- respondí, aunque por dentro una parte de mí supo que no era del todo cierto.
ZOE
Días después recibí una invitación inesperada. Un sobre elegante en mi casa. Caligrafía cuidada. Papel grueso. Una invitación para visitar el viñedo. Firmada por Mateo.
“Ven cuando quieras. El vino, la vista y yo… estaremos esperándote.”
Cerré el sobre y sonreí como una idiota enamorada de una promesa. Mamá me miró desde la cocina.
-¿Qué es eso?-
-Una invitación-. Respondí
-¿De quién?-
-Del destino- contesté con ilusión. En forma de hombre moreno con ojos de chocolate.
No preguntó más. Quizá por primera vez, decidió no interponerse.
MATEO
El día que Zoe llega al viñedo, algo se acomoda en el mundo.
Ella desciende del coche con una soltura que admiro en silencio. Lleva un vestido color ciruela y su cámara colgada al cuello. Parece más artista que empresaria. Más viva que nunca.
-Bienvenida- le digo, ofreciéndole una copa de vino.
-No bebo en la primera cita- responde, con una sonrisa ladeada.
-¿Y esta es una cita?-
-¿Tú qué crees?-
-Creo que si no lo era, acaba de serlo-.
Nos reímos. Y esa risa, ligera, espontánea, rompe la tensión de semanas.
Caminamos (bueno, ella rueda) por los campos. Le muestro las parras, los barriles, la cava subterránea. Ella lo fotografía todo, como si viera lo que los demás no vemos.
-¿Puedo tomarte una foto?- pregunta de pronto.
-¿A mí?-
-Sí. Quiero capturar la mirada de alguien que tiene vino en las venas y fuego en el corazón-.
No respondo. Solo asiento. Me paro junto a una parra. Ella enfoca. Dispara. Me mira por encima de la cámara.
-Listo- dice. -Ya te robé el alma-.
-Y tú la mía-.
No sé si lo dije en voz alta.
Creo que sí.
ZOE
Cuando nos despedimos esa tarde, algo ha cambiado.
Mateo me besa la mejilla, pero se queda más cerca de lo necesario. Siento su aliento, su piel. Mi cuerpo tiembla, pero no de miedo. De ganas.
Subo al coche. Miro por la ventana. Él sigue allí. Sonriendo.