Zoe

Capítulo 3: "Ojos de vino"

ZOE

El viñedo se convirtió en mi escape. No solo por el paisaje o el aire limpio. Es por Mateo. Por su forma de estar sin imponer. Su forma de mirarme sin evitar mi silla, pero tampoco de reducirme a ella.

Desde aquella primera visita, Mateo fue constante sin ser invasivo. Me enviaba mensajes breves, a veces solo una frase: “El cielo está perfecto para fotos” o “La uva tinta se pone celosa cuando no vienes”. Me hacían sonreír. Me hacían querer volver.

Hoy acepté una de sus invitaciones. Llegué por la tarde. El sol caía despacio sobre los campos de uvas. Mateo me esperaba bajo una pérgola de madera, con una copa en la mano y esa sonrisa suya que parecía decir: “tómate tu tiempo, yo ya estoy aquí”.

-¿Viniste sola?-preguntó.

-¿Esperabas a mi escolta armada?-

-Esperaba a tu madre, con mirada fiscal y preguntas difíciles-.

—La dejé en la cocina. Amenazó con freír a cualquier hombre que me hiciera daño.

—Qué suerte que yo no vine a hacer daño —responde, con una voz suave—. Vine a escucharte y en su tono no había ni una pizca de sarcasmo.

Nos sentamos entre barriles y botellas abiertas. Me sirvió vino con una ceremonia sutil, casi íntima. Probamos tres variedades. Me pidió que las fotografiara en la copa, que capturara los colores. Lo hice. Pero también lo fotografié a él. Robando momentos. Su forma de sostener la copa, de mirar hacia el campo, de callar con dignidad.

Mateo tenía una forma de estar que desarmaba. No decía: “yo puedo con esto”, decía: “no me voy aunque duela”. Y eso me tocaba en lugares donde ni la fisioterapia había llegado.

En un momento, sin aviso, dijo:

-Recuerdo tus manos-.

Lo miré, desconcertada.

-¿Cómo?-

-Tus manos. Las sostuve. El día del accidente. Era yo. Me quedé contigo hasta que llegó la ambulancia-.

Me faltó el aire. Él bajó la vista, no por vergüenza, sino por respeto a mi impacto.

-¿Por qué no dijiste nada antes?

-Porque no sabía si debía. Porque temí que lo malinterpretaras. No es lástima, Zoe. Es otra cosa…

-¿Qué cosa?-

Mateo tomó un sorbo de vino, miró el campo, y luego a mí:

-Desde ese día te busqué en todas partes. Pero solo te encontré cuando dejé de buscar-.

No respondí. Me limité a sentir.

MATEO

Zoe no es como las mujeres que he conocido. No pretende. No pide permiso. No seduce como un juego, es natural. Ella es ella. Y eso es suficiente para que yo sienta que el suelo se me mueve bajo los pies.

Cuando me mira, no hay filtros. Hay historia. Hay cicatrices. Y belleza en cada una.

Después de confesarle que estuve en el accidente, creí que se molestaría. Pero no. Se quedó en un silencio largo. Luego me dijo:

-Gracias por no soltar mi mano, por no soltarme-.

Le sonreí. Pero por dentro… me derrumbé un poco.

Pasamos la tarde hablando de fotos, de vino, de música. En algún momento, sin darme cuenta, le limpié una gota de merlot del labio inferior con la yema del pulgar.

Ella me miró. No se alejó. No dijo nada.

Solo me dejó hacerlo.

Y ese gesto, tan pequeño… me hizo querer besarla como si el mundo estuviera por acabarse. Pero no lo hice. Porque aún no es el momento.

Porque ella merece deseo con paciencia. Y yo… quiero más que el deseo, la quiero a ella.

ZOE

Antes de irme, Mateo me regala una botella.

-No está a la venta- dice -Es de una cosecha especial. Poca producción. Mucho corazón-.

-¿Así como tú?- le digo, sin pensar.

Él sonríe. No responde. Se acerca.

-Puedo ayudarte a subir al auto-.

-Puedo sola-respondo con una sonrisa ladeada.

-Lo sé. Solo quería una excusa para quedarme un segundo más cerca de ti-.

Y lo hace. Se queda. Me observa. Me hace sentir bonita.

No. Me hace sentir deseada.

Y eso… eso vale más que cualquier botella.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.