ZOE
La casa de Mateo huele a madera, a vino y a lavanda seca. Estamos en su sala, luego de una tarde larga en el viñedo. Fotos, risas, vino, miradas que se detienen medio segundo más de lo debido. Nadie dijo “ven”. Nadie dijo “quédate”. Pero ninguno se fue.
Mateo me ofrece té. Yo le digo que prefiero agua. Él sonríe. Yo también. Hay algo suave entre nosotros, como una hebra invisible que tira de a poco, sin urgencia.
-¿Te gustaría… ir a mi habitación?- pregunta, como quien ofrece un refugio, no un cuerpo.
Asiento. No respondo con palabras. Ya dije bastante con la mirada.
Él toma mi silla. Me ayuda a impulsarme. Me acompaña por el pasillo. No carga, no dirige, no empuja. Solo acompaña. Y eso… lo cambia todo.
Su habitación es amplia, con luz tenue y cortinas abiertas. Hay una lámpara cálida, un libro abierto, una camisa colgada sobre una silla. Todo huele a él. A seguridad. A fuego contenido.
Me siento al borde de su cama. Él se arrodilla frente a mí.
-¿Estás segura?- pregunta. Y no lo hace por protocolo. Lo hace de verdad. Porque le importa.
-Quiero que me veas- le digo- Toda yo.
No como antes. No como “la chica del accidente”. Sino como mujer. Completa. Viva. Deseada…
Mateo no contesta. Me toma la mano. Me observa con una delicadeza feroz. Como si cada gesto fuera sagrado.
Se acerca. Y me besa. No es un beso de urgencia. Es uno de reconocimiento. De llegada. De rendición lenta.
Sus manos no se apuran. Recorren mi espalda, mi cuello, mi cintura, como si descifraran un idioma nuevo. Mis cicatrices. Mis curvas. Mi piel. Todo en mí le pertenece por segundos que se alargan hasta perder el sentido del tiempo.
Sus labios bajan hasta mis piernas. Me besa cada centímetro, con una reverencia que me estremece. No me toca por piedad. Me adora por elección.
Y cuando me desnuda, lo hace sin pudor, pero sin apuro. No soy frágil. No soy sujeta a condiciones. Soy deseo vivo. Soy cuerpo deseado.
Él se desnuda también, lento. Cada prenda cae como si liberara una promesa.
Cuando finalmente estamos piel con piel, no hay espacio para el miedo. Solo para el temblor. Para la entrega. Para ese momento donde el cuerpo no necesita explicación ni disculpas. Donde todo encaja, aunque no haya manual.
MATEO
Nunca he estado con alguien como Zoe. No lo digo por su silla. Ni por sus cicatrices. Lo digo porque nunca había sentido esta forma de amar. Esta profundidad.
Ella no espera lástima. No necesita validación. Pero cuando me deja acercarme, cuando me deja tocarla… sé que es porque confía. Porque se abre. Porque se lo permite.
Y eso es más poderoso que cualquier gemido.
Nos movemos con una coreografía instintiva. Yo la sigo. Ella me guía. A veces me detengo, solo para mirarla. Y ella me deja. Me deja verla, entera, sin miedo, sin maquillaje de emociones.
La amo con las manos, con la boca, con el pecho abierto. No porque sea perfecto, sino porque me quiere ahí. Porque me elige.
Cuando terminamos, no hay palabras. Solo respiraciones mezcladas. Y la certeza de que algo dentro de nosotros ya no volverá a ser igual.
ZOE
Él me abraza por detrás, su piel contra mi espalda, su aliento sobre mi cuello.
-¿Cómo te sientes?- pregunta, bajito.
-No necesito caminar para saber que estoy volando-respondo, y sonrío.
Él me aprieta y abraza más fuerte. Suspira. Nos quedamos en silencio, mirando el techo, como si allí arriba estuvieran todas las respuestas que nunca supimos formular.
Y por primera vez en mucho tiempo… no me siento rota.
Me siento real. Me siento viva…