Zoe

Capítulo 5: "Lo que viene después"

ZOE

La luz de la mañana entra sin pedir permiso. Me despierto entre sábanas que huelen a vino, a madera, a él. Mateo aún duerme. Su pecho sube y baja con una paz que me resulta ajena.

Quisiera quedarme así. Mirándolo. Pero también quiero correr. El miedo se disfraza de urgencia.

Me visto en silencio y me paso a la silla de ruedas. Él apenas se mueve. Salgo al jardín, al borde de la terraza. Respiro hondo. El campo se extiende como una promesa.

-¿Huyes o solo contemplas?- pregunta su voz, suave, desde la puerta.

Me giro despacio. Está cubierto con una sábana, como si su desnudez de anoche siguiera ahí, vibrando.

-No huyo. Solo… me da miedo que esto sea real-digo, sin filtros.

-Lo es. Aunque dé miedo-.

Se me acerca. Me toma la mano. No intenta besarme. Solo me la sostiene, como la primera vez. Como si eso bastara para anclarme.

MATEO

Zoe no es una mujer fácil. Y no lo digo por lo físico. Es emocionalmente densa. Compleja. Bella de una forma que exige valentía. Pero yo también tengo mis grietas. Y me aterra no estar a su altura.

La noto distante esta mañana. Como si su cuerpo hubiera estado conmigo, pero su alma aún se resistiera. Y lo entiendo. Pero me duele.

-Si necesitas espacio, dímelo- le digo.

-No necesito espacio. Necesito aprender a confiar en esto. En ti. En mí - responde, y me mira a los ojos con una honestidad que me desarma.

ZOE

Cuando llego a casa, mamá me espera con una taza de té. Me mira sin juzgar. Pero no se contiene.

-¿Dormiste con él?-

-Sí-.

No se inmuta. Bebe un sorbo.

-¿Te hizo bien?-

La pregunta me desarma. Nunca me la habían hecho así. No “¿te quiere?”, no “¿te respeta?”. Solo… ¿te hizo bien?

-Sí, mamá. Me hizo sentir… elegida. Vista. No por lástima. Por deseo. Por lo que soy-.

Ella asiente. Y me abraza. Y llora. Y no pregunta más.

MATEO

Esa noche no la veo. Tampoco escribe. Paso el día entre uvas, barricas y excusas. Pero nada llena el silencio.

Hasta que suena el teléfono.

-¿Puedo verte mañana?- pregunta su voz.

-Siempre- respondo.

Y el mundo, por un momento, vuelve a tener sentido.




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