ZOE
La luz de la mañana entra sin pedir permiso. Me despierto entre sábanas que huelen a vino, a madera, a él. Mateo aún duerme. Su pecho sube y baja con una paz que me resulta ajena.
Quisiera quedarme así. Mirándolo. Pero también quiero correr. El miedo se disfraza de urgencia.
Me visto en silencio y me paso a la silla de ruedas. Él apenas se mueve. Salgo al jardín, al borde de la terraza. Respiro hondo. El campo se extiende como una promesa.
-¿Huyes o solo contemplas?- pregunta su voz, suave, desde la puerta.
Me giro despacio. Está cubierto con una sábana, como si su desnudez de anoche siguiera ahí, vibrando.
-No huyo. Solo… me da miedo que esto sea real-digo, sin filtros.
-Lo es. Aunque dé miedo-.
Se me acerca. Me toma la mano. No intenta besarme. Solo me la sostiene, como la primera vez. Como si eso bastara para anclarme.
MATEO
Zoe no es una mujer fácil. Y no lo digo por lo físico. Es emocionalmente densa. Compleja. Bella de una forma que exige valentía. Pero yo también tengo mis grietas. Y me aterra no estar a su altura.
La noto distante esta mañana. Como si su cuerpo hubiera estado conmigo, pero su alma aún se resistiera. Y lo entiendo. Pero me duele.
-Si necesitas espacio, dímelo- le digo.
-No necesito espacio. Necesito aprender a confiar en esto. En ti. En mí - responde, y me mira a los ojos con una honestidad que me desarma.
ZOE
Cuando llego a casa, mamá me espera con una taza de té. Me mira sin juzgar. Pero no se contiene.
-¿Dormiste con él?-
-Sí-.
No se inmuta. Bebe un sorbo.
-¿Te hizo bien?-
La pregunta me desarma. Nunca me la habían hecho así. No “¿te quiere?”, no “¿te respeta?”. Solo… ¿te hizo bien?
-Sí, mamá. Me hizo sentir… elegida. Vista. No por lástima. Por deseo. Por lo que soy-.
Ella asiente. Y me abraza. Y llora. Y no pregunta más.
MATEO
Esa noche no la veo. Tampoco escribe. Paso el día entre uvas, barricas y excusas. Pero nada llena el silencio.
Hasta que suena el teléfono.
-¿Puedo verte mañana?- pregunta su voz.
-Siempre- respondo.
Y el mundo, por un momento, vuelve a tener sentido.