ZOE
Mi padre me manda a llamar con una nota manuscrita. No un correo, no un mensaje. Un papel. Tinta azul. Su letra.
“Te espero en el despacho. No es un favor. Es una cita. —Papá.”
Mi madre sonríe al verla.
-¿Lo vas a hacer sufrir mucho?-
-Solo lo justo- respondo.
Ruedo por los pasillos familiares de la empresa con seguridad. Mis brazos ya no tiemblan. Mis manos empujan con ritmo firme. La silla ya no es una cárcel: es mi trono.
Cuando entro al despacho, papá está de pie. Nervioso. Lo noto en su mandíbula, en cómo evita mi mirada.
-Gracias por venir, hija- dice, con esa mezcla suya de rigidez y ternura que aprendí a descifrar desde niña.
Yo no digo nada. Me planto frente a él, en silencio.
Entonces me tiende un sobre.
-Es una propuesta oficial- dice- Para ti.
Lo abro con cuidado. No porque no tenga fuerza, sino porque todo en ese sobre huele a futuro.
Es un contrato. Una campaña visual de los vinos y viñedos para la cadena de hoteles. Mi visión. Mi ritmo. Mis reglas. Desde mi terreno. Con cámara en mano. Con libertad.
Levanto la vista. Quiero entender si esto es real.
-¿Estás diciendo que puedo… volver?-
Papá asiente.
-No quería frenarte. Solo protegerte. Pero me equivoqué. Pensé que si controlaba el mundo, te salvaría de él. Pero tú no necesitas eso. Tú lo que necesitas es alas-.
No puedo hablar. Me arde la garganta.
Él se agacha. Me toma las manos. Me mira como no me había mirado desde antes del accidente.
-Y tú, Zoe… tú naciste para volar-.
MATEO
Estoy en el viñedo cuando la veo llegar. Zoe. No camina. Ella rueda hacia mí con un sobre en la mano. Lo aprieta como si fuera una antorcha. Su cabello está suelto. Sus ojos brillan. No dice nada. Solo me entrega un café con una sonrisa cómplice.
Nos sentamos cerca del campo de lavanda.
-¿Cómo fue?- pregunto.
-Como romper una presa y ver que no te ahogas-.
Le hablo poco. La escucho mucho. Me cuenta lo del contrato. De su padre. Del miedo que aún tiene de decepcionar. De no poder cumplir con las expectativas.
Yo solo la miro.
-¿Y tú?- me dice, de pronto. -¿Qué ves cuando me miras?-
Pienso un segundo.
-¿Quieres la respuesta bonita o la verdadera?-
-La que te salga primero-.
-Veo a una mujer que se cayó del cielo… pero que aprendió a tocar tierra con los ojos. Me asustas —le digo—. Porque me gustas como nadie antes.
Ella se ríe. Esa risa que no se disculpa.
-¿Eso fue una confesión?-
-No. Fue una advertencia-.
Zoe se inclina hacia mí. Rozamos nuestras frentes.
-No tengo idea de cómo empezar algo contigo-susurra.
-No tienes que saber –respondo- Solo déjame estar.
Y entonces me besa. No como en la habitación. Ni como en la fantasía.
Me besa como quien toma una decisión. Con el alma.
ZOE
Mateo no me quita el aire. Me lo devuelve. Su forma de amar es una danza sin coreografía. Me deja moverme. Me sigue. Me abraza cuando tropiezo, pero nunca me levanta sin preguntar.
Volvemos a su casa esa noche. No hay necesidad de ceremonias. Ni música. Ni luz tenue. Solo estamos nosotros. Con los cuerpos aun vibrando por la tarde. Con los labios aún llenos del vino que tomamos en silencio.
No hacemos el amor como si fuera la primera vez. Lo hacemos como si supiéramos que ya lo hicimos mil veces en otra vida.
Y esta vez, simplemente… nos reconocemos, nos encontramos.
MATEO
Después, en la oscuridad, Zoe se acurruca sobre mi pecho.
-¿Y si no puedo con todo?- me pregunta.
-Entonces lo haremos a ratos. Tú empujas y yo respiro. O al revés-.
Ella se ríe. Esa risa que ya reconozco con el alma.
-Eres muy cursi-.
-¿Y tú?-
-Yo… estoy jodidamente enamorándome de ti-.
Y yo, sin decirlo, también