ZOE
Mateo me abre la puerta con el mismo gesto de siempre: calidez sin presión. Lleva una camisa arrugada y el pelo algo desordenado, como si no quisiera parecer perfecto. Y eso lo hace aún más hermoso.
-Pensé que no vendrías- dice, sin reproche.
-Pensé que me lo pensaría más-respondo, entrando.
Nos miramos como si tuviéramos miedo de romper algo que apenas empieza. Él se aparta un mechón de cabello de la frente. Yo dejo mi bolso en la mesa. Nos acercamos despacio, sin teatro, sin urgencia. Solo deseo limpio y dudas compartidas.
Nos sentamos en el sofá. Habla primero.
-No sé si esto va a funcionar, Zoe. Pero sé que quiero intentarlo. Con tus sombras y las mías. Con lo que puedas y con lo que no.
Sus palabras me tocan más que cualquier caricia.
-No soy frágil- le digo. -Solo estoy aprendiendo a no esconder las heridas-.
Él asiente. No discute. Me toma la mano. Esa mano otra vez. Ese gesto que se volvió nuestro idioma secreto.
MATEO
Zoe entra a mi casa como quien atraviesa una tormenta: empapada de dudas, pero decidida. La escucho hablar, mirar, respirar. Y solo quiero abrazarla hasta que se le vayan los miedos.
-¿Y si algún día me rompo?-pregunta.
-Entonces me quedo para ayudarte a reconstruirte- respondo, sin dudar.
ZOE
Cocinamos juntos esa noche. Algo simple. Pasta, vino, pan. Nos reímos cuando se nos quema el ajo. Me cuenta que de niño quería ser arquitecto, pero que eligió los viñedos porque ahí “la tierra responde”. Le digo que yo elegí la fotografía porque es la única forma de atrapar algo que ya se está yendo.
Después cenamos en el porche. La noche es tibia. Las estrellas parecen más cercanas de lo normal.
-¿Crees que esto… tú y yo… pueda durar?- le pregunto, sin rodeos.
-Si dura una noche o veinte años, no lo sé. Pero sí sé que cada minuto contigo vale la pena. Y eso, para mí, ya es futuro.
Me quedo en silencio. Él me besa la frente. Nos quedamos ahí, como si el tiempo fuera un animal dormido al que no queremos despertar.