Zoe

Capítulo 9 : “Reencuentros”

ZOE

Cuando Mateo me lo dijo, casi escupo el café.

-Nos vamos de viaje-.

-¿A dónde?-.

-A donde empezó todo-.

Silencio…

La calle. La galería. La lluvia. El golpe. La oscuridad. Mi cuerpo se tensó como si los huesos recordaran el impacto.

-Mateo… no sé si quiero volver allí-.

-No es para castigar. Es para cerrar-.

Entonces supe que no se trataba solo del lugar. Se trataba de mí. De mi historia. De dejar de huir de un punto en el mapa que me cambió la vida… pero que no debía tener más poder del que yo le diera.

Mi madre empacó todo como si me fuera al Himalaya.

-Llevas tu cobija térmica. Por si refresca. Y la crema para el dolor. Y tus zapatos ortopédicos nuevos-.

-Mamá… vamos a estar dos noches. No a un retiro en el Tíbe-.

-Una nunca sabe. ¡Y si Mateo se enferma! Llévale propóleo-.

-Él no es mi hijo-.

-¡Todavía!-

Me reí.

Mi madre puede ser muchas cosas. Ser sutil no es una de ellas.

MATEO

La ciudad nos recibió con cielo nublado. Igual que aquella vez.

Zoe se mantuvo en silencio casi todo el camino. No era miedo. Era preparación. Su mirada no estaba perdida. Estaba calibrando algo interno. Como una brújula emocional.

La llevé primero al hotel. Dejamos las maletas. Luego, sin decir nada, nos dirigimos a la galería.

La misma acera. La misma calle. La misma curva.Ella se detuvo. Yo también.

No dije nada. No me moví. Solo estuve ahí…

ZOE

Vi la calle. La galería. El lugar donde todo cambió. Y no sentí odio. Ni rabia. Ni dolor.

Solo una tristeza antigua. No la mía. La que dejé tirada ese día.

Cerré los ojos. Y respiré.

Por primera vez, entendí que no necesitaba venganza ni justicia.

Solo necesitaba perdón. Y no para los otros. Para mí.

Por haber confiado en quien no debía. Por haber corrido sin mirar. Por haber creído que eso era amor…

Mateo tomó mi mano. No habló. Solo me sostuvo. Igual que aquella vez.

Solo que ahora… yo estaba totalmente consciente.

MATEO

Cuando Zoe abrió los ojos, sonrió.

-Gracias- me dijo.

-¿Por qué?-

-Por traerme. Por no soltarme. Por caminar a mi lado sin empujarme-.

-Nunca quise rescatarte, Zoe -le respondí-. Solo quise caminar contigo. Aunque fuera cuesta arriba.

Ella me besó. No fue un beso de alivio. Fue uno de inicio.

Bajo la misma lluvia que un día la partió en dos… ahora se reconstruía entera.

ZOE

Esa noche, ya de vuelta en el hotel, abrimos una botella de vino. Mateo había llevado una de sus reservas privadas.

-¿Celebramos?- preguntó.

-¿Qué celebramos?-

-Que estamos vivos-.

Brindamos. Nos reímos. Nos desnudamos como si ya no hubiera capas que quitar.

Me monté sobre él. Tomé el control. Quise mostrarle que no era una víctima. Que mis piernas no me definían. Que mi deseo era igual de fuerte, igual de valiente, igual de mío.

Y él me siguió. Como siempre. Como solo alguien que ama de verdad lo haría.

DÍA SIGUIENTE – DESAYUNO EN LA TERRAZA

Mi madre llama por video llamada justo cuando estamos desayunando hotcakes.

-¿Dormiste bien?- pregunta, con cara de “cuéntamelo todo”.

-Perfectamente.

-¿Mateo también?-

-Mamá…

-¡No me hagas preguntas que no quieres que responda!- digo entre carcajadas.

Mateo me lanza una mirada cómplice desde la otra silla. Me guiña el ojo.

Yo sonrío.

La vida, a veces, es cruel. Pero otras veces… te deja volver al mismo lugar, no para repetir el dolor, sino para demostrarte cuánto has sanado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.