ZOE
No fui a buscarlos. Solo entré al café donde tantas veces almorzamos antes de mis exposiciones, y ahí estaban: Roberto y Gerardo. Sentados uno frente al otro. Dos tazas de café, un silencio largo entre ambos. No se tocaban. No se reían. Parecían lo que siempre fueron: dos hombres cómodos en su mentira.
No me vieron de inmediato.
Avancé con la silla, firme. Sin prisa. El suelo de madera rechinaba.
—Hola.
Roberto levantó la mirada primero. Gerardo le siguió, como un eco.
—Zoe —dijo Roberto, con esa voz baja que usaba cuando temía lo que yo iba a decir.
No me invitó a sentarme. No lo necesitaba.
—No vine a pelear —dije—. Vine a cerrar.
Gerardo bajó la vista. No lo recordaba tan pequeño. Había encogido, o tal vez era yo quien ya no lo miraba desde la herida.
—No sabíamos cómo enfrentarte —murmuró.
—No tienen que enfrentarme. Ya no. Lo que hicieron habla por ustedes, no por mí.
Roberto suspiró. Lento.
—Fue un error. Fue… confusión. Tú y yo estábamos mal. Te alejabas.
—Yo no me alejaba —interrumpí—. Me sostenía como podía. Y tú mirabas a otro lado.
Gerardo tragó saliva. Por un segundo, pareció querer justificarse. Pero no lo hizo. Y me alegró. No quería explicaciones. Quería lo que merecía: la última palabra.
—No me deben perdón —dije—. Me deben honestidad, pero ya es tarde para eso. Lo único que quiero que entiendan es esto: no me rompieron. Me soltaron. Y gracias a eso, me encontré.
Roberto bajó la mirada. Por primera vez, vi en sus ojos algo parecido a vergüenza. O tal vez solo cansancio.
—Espero que estén bien. Que al menos todo esto haya valido la pena para ustedes —agregué, sin rabia.
Y me giré. La silla crujió al salir. Nadie me siguió. Nadie dijo mi nombre. Era perfecto así.
Fuera del café, el sol pegaba fuerte.
Mateo esperaba en la camioneta. No preguntó. Solo abrió la puerta y me ayudó a subir, como siempre.
—¿Listo? —me dijo, con su voz tranquila.
—Sí —respondí, mirándolo de frente—. Ahora sí.
Y mientras avanzábamos por la ciudad que alguna vez me quebró, supe que nada de eso me pertenecía ya. Ni el accidente. Ni la traición. Ni ellos.
Solo lo que vino después. Solo lo que decidí quedarme.