ZOE
La inauguración en Monterrey fue un éxito.
“La fuerza de la tierra” -mi exposición fotográfica sobre los viñedos, sus trabajadores, la luz y la raíz- había comenzado a girar por el país. Galerías, universidades, prensa. Yo… era noticia.
Y aunque sonreía para las cámaras, cada vez que me enfocaban, recordaba todo lo que me había costado llegar ahí.
Esa noche, un hombre se me acercó.
-Tu mirada es profunda. Como si hubieras caído y tomado la foto desde el suelo -dijo.
Lo miré. Alto. Delgado. Bien vestido. Lentes redondos. Sonrisa hábil.
-¿Y tú eres…?-
-Emiliano. Curador. Fotógrafo frustrado. Admirador no tan secreto.
Reí. Él también.
No flirteó. No directamente. Pero su tono… su cercanía… esa forma de tocarme el brazo como quien marca territorio… sí, lo noté.
Y supe, en ese momento, que Mateo también.
MATEO
Desde el otro lado del salón, la veía reír con él. Un tipo demasiado moderno para mi gusto. Con esos aires de saberse culto y encantador.
No fui hacia ellos. No interrumpí. Me quedé observando. Y sintiendo algo que no sentía hace años.
Inseguridad.
No celos. No exactamente. Era esa duda silenciosa de preguntarme si yo -con mi vida en el campo, mis manos curtidas, mis silencios largos- era suficiente para una mujer que estaba conquistando el mundo.
Esa noche, en el hotel, ella llegó feliz. Hasta que me vio. Y leyó mi silencio.
-¿Todo bien?-
-¿Tú me dirás?- contesté
-¿Mateo…?-
-Ese tal Emiliano parecía muy interesado en tus fotos… y en tus brazos-.
Zoe se quedó en pausa. Luego, suspiró. Se quitó los aretes. Se acercó.
-¿Estás celoso?-
-Estoy… inseguro- dije, sin disfrazarlo- No sé si tú y yo… esto… somos suficientes para lo que estás construyendo.
Ella se acercó a mi lado. Me tomó el rostro entre las manos.
-No estoy contigo por comodidad. Ni por costumbre. Estoy contigo porque me haces sentir real. No perfecta. No fuerte. Simplemente real. Y eso es lo único que necesito.
ZOE
Lo abracé. No porque él estuviera roto. Sino porque los hombres también tienen derecho a temer. A dudar, a sentirse inseguros.
No somos solo cuerpos que se desean. Somos corazones que se tropiezan. Y también se sostienen.
Lo desnudé con las manos y con la mirada. No fue un acto sexual. Fue un ritual.
Me monté sobre él como antes. Pero esta vez no solo lo guié. Lo sostuve.
Y él se dejó…
Lo hice venir con los ojos cerrados y el pecho abierto. Después, lo abracé hasta que el temblor pasó.
Y por primera vez, supe que también yo podía proteger.
MATEO
Ella se quedó dormida sobre mi pecho. Yo no podía dormir. La miré y pensé en todo lo que no soy. Y en todo lo que soy, cuando estoy con ella.
No necesito ser el más brillante en su mundo. Solo quiero ser el lugar al que ella regrese cuando se apagan los flashes.