ZOE
Un año después del accidente, estoy frente a un espejo. Pero no me estoy arreglando para mí.Estoy preparándome para presentar “Raíz”, el centro cultural que creamos en el viñedo de Mateo, el sueño compartido que ahora es realidad.
No solo es un espacio para el arte y el vino. Es un hogar para quienes necesitan empezar de nuevo. Como yo. Como muchos…
El nombre lo elegí yo. Porque aprendí que para volar, primero hay que saber dónde están tus raíces.
Y esta vez, mis raíces están aquí. En este cuerpo. En esta tierra. En este amor…
La inauguración es un éxito.
Gente de todo el país. Artistas, críticos, curiosos. Mateo camina a mi lado, pero no me eclipsa. Me sostiene como quien ha aprendido que amar no es proteger, sino confiar.
Mi padre da unas palabras. Mi madre llora (como siempre). Y luego, inesperadamente, Mateo toma el micrófono.
Me toma de la mano. La aprieta con suavidad.
-Perdón por interrumpir- dice, mirando a los asistentes-. Pero tengo algo que decir.
El corazón me da un salto.
Él me mira.
Y ahí están sus ojos. Esos que me vieron rota y aun así se quedaron.
-Zoe… no sé si la vida da segundas oportunidades. Pero sé que tú me diste una. No quiero seguir sin decirlo: te amo.
Silencio.
Y luego, aplausos.
Pero yo solo escucho mi voz cuando respondo:
-Yo también te amo-.
MÁS TARDE, EN EL VIÑEDO
La celebración ha terminado. Todos se fueron. Nosotros nos quedamos.
El cielo está estrellado. La misma colina. La misma manta. La misma botella de vino.
Pero somos otros…
Me acomodo en la manta, con mi vestido abierto a los lados, sintiendo el aire fresco en la piel.
Mateo se acerca y se arrodilla frente a mí.
-Quiero que recuerdes esto- me dice.
-¿Qué cosa?-
-Que nunca fuiste menos. Que nunca estuviste rota. Que fuiste más entera que nadie que haya conocido-.
Me quita los zapatos. Me besa los tobillos. Las pantorrillas. Las rodillas inmóviles.
Y sube, lentamente, con su boca y sus manos, como si mi cuerpo fuera un mapa que ya conoce pero no deja de explorar. No hay urgencia. Solo devoción.
Y cuando entramos uno en el otro, lo hacemos sin palabras. Solo piel. Solo verdad. Solo nosotros. Después, desnudos sobre la manta, bajo las estrellas, él me cubre con su chaqueta.
-¿Y ahora qué?-pregunto.
-Ahora te sigo a donde quieras ir-.
-¿Aunque sea a otros países?-
-Aunque sea al fin del mundo-.
-¿Y si algún día dejo de quererte?-
-Entonces me quedo igual. Esperando. Porque yo no te amo por lo que me das. Te amo por lo que eres cuando nadie te ve.
Lágrimas y risa. Y vino. Y una noche donde el pasado ya no pesa. Donde el futuro no da miedo. Donde por fin… estoy.