ZOE
La llamada llegó temprano. Mi padre había sufrido una arritmia durante una reunión. Estaba estable, pero internado. Me temblaban las manos. No por el susto —mi relación con él siempre fue un equilibrio tenso entre admiración y distancia—, sino por la sensación de fragilidad.
Mateo fue el primero en llegar al hospital. Me abrazó fuerte, sin palabras.
-No sabía si querías que viniera- me dijo.
-No sabía que lo necesitaba hasta que te vi- le respondí, y no mentía.
En la sala de espera, no hablamos mucho. Solo nos miramos. Me ofreció café, me cubrió con su chaqueta. No hizo nada grandioso. Pero estuvo. Presente. Silencioso. Real.
MATEO
Verla así, vulnerable frente a su padre, me mostró una Zoe que no conocía. Una que también sufre por quien le impuso estándares imposibles. Una mujer que no solo pelea con el cuerpo, sino con las heridas invisibles que dejó la expectativa ajena.
No intenté consolarla. Solo le recordé que no está sola.
ZOE
Mi padre despertó. Quiso hablarme. Dijo que estaba orgulloso. Que lamentaba no haber sabido cómo manejar mi accidente. Que nunca quiso que me sintiera menos por estar en una silla.
No lloré. Solo lo escuché. Era todo lo que podía hacer.
Esa noche, en casa de Mateo, me abracé a él con una necesidad nueva. No de pasión. De contención. De hogar.
-Estoy cansada de pelear con todos-le dije.
-Entonces deja que pelee contigo- respondió, y me besó la frente.
ZOE
Pasaron días más tranquilos. Empezamos a vivirnos de forma más natural. No todos los días eran intensos. A veces cocinábamos sin hablar demasiado. A veces hacíamos el amor lento, sin urgencia. A veces solo mirábamos series malas y reíamos por nada.
Y eso… eso también era amor.