ZOE
Ha pasado un año desde que inauguramos Raíz. El centro cultural creció más de lo que imaginamos. Vienen artistas de todo el país a exponer sus obras, a dar talleres, a fotografiar los viñedos. La gente lo llama “el rincón donde el arte respira y el alma descansa”.
Yo debería estar feliz. Y lo estoy. Pero también…
Estoy cansada. De ser la mujer inspiradora. De dar entrevistas. De estar siempre sonriendo. A veces solo quiero ser Zoe.
La que aún sueña —en secreto— con volver a caminar. La que a veces tiene miedo por las noches. La que no siempre puede con todo.
Mateo me ve. Lo nota. Me prepara tazas de té sin que se lo pida. Se acuesta conmigo en el sillón sin hablar. Me deja llorar sin necesidad de preguntar “¿qué pasa?”
Y sin embargo… también lo noto cansado. No de mí. Sino de sentirse a veces fuera de lugar en un mundo donde yo brillo más que nunca.
Una noche, discutimos. Nada grave. Una frase mal dicha. Una respuesta cortante. Silencio largo.
-¿Y si ya no somos lo mismo?-me atrevo a decir.
Él me mira. Su mirada es dolorosa. Pero no huye.
-¿Tú crees que el amor siempre es sentirse igual?-
No respondo.
-Yo no estoy aquí para estar solo cuando todo brilla —dice—. Estoy para estar cuando se nubla también.
-¿Y si yo ya no sé qué quiero?-
-Entonces lo averiguamos juntos-.
Esa noche no dormimos. No por rabia. Sino por honestidad. Nos desnudamos. Pero no como antes. Nos desnudamos con palabras.
Con miedo. Con ternura. Y luego, sí, también con cuerpos.
Nos amamos como quien reza. Como quien reconstruye con las manos lo que el alma no quiere soltar…
MATEO
No tengo respuestas. Pero tengo a Zoe.
Y cada vez que la veo frente al espejo, sin maquillaje, sin discurso, sin público… me reafirmo.
La elijo. Incluso cuando está callada. Incluso cuando se encierra. Incluso cuando no sabe cómo decir lo que siente.
La elijo porque amarla no es un proyecto. Es un acto. Es un ritual diario.
Es mirarla y decirle: “aunque estés cansada… aquí sigo”.
ZOE
Al final del día, me siento frente a mi cámara.
Tomo una foto. Mi reflejo. Mi cuerpo. Mi silla. Mi rostro sin filtros.
Y por primera vez, me digo en voz alta:
-Estoy bien así-.
No perfecta. No fuerte todo el tiempo. Solo… yo.
Y eso, lo aprendí de él…
No volví a ser la de antes. Y eso está bien.
Porque ahora soy más.
Soy raíz. Soy fuego. Soy mirada. Y sobre todo… soy libre.
Y él…
Él no vino a rescatarme. Solo me miró. Y en sus ojos, aprendí a elegirme.
Y a elegirlo también. Una y otra vez…