ZOE
Era solo una carta. Una invitación. Un correo electrónico con asunto en mayúsculas: "Residencia internacional en Barcelona: Selección oficial". Me habían aceptado. Tres meses de creación fotográfica, todos los gastos cubiertos, exposición incluida. Era todo lo que soñé desde antes del accidente.
Y, sin embargo, lo primero que pensé fue en Mateo.
No se lo conté de inmediato. Lo leí y lo cerré. Lo guardé como un secreto hermoso y doloroso al mismo tiempo. No por miedo a su reacción, sino por miedo a la mía.
Nos vimos esa noche. Estábamos en su viñedo. Él hablaba de nuevas etiquetas para el vino. Yo asentía sin escuchar del todo.
-¿Estás bien?-preguntó, al notar mi distracción.
-Me ofrecieron una residencia en Barcelona. Tres meses- dije, sin adornos.
Él guardó silencio. No frunció el ceño. No sonrió. Solo se quedó quieto.
-¿Y qué vas a hacer?-
-No lo sé-.
-¿Y si supieras… qué querrías hacer?-
-Ir -susurré, apenas.
-Entonces ve- respondió, mirándome a los ojos. -Pero no huyas de mí. Ve hacia ti-.
MATEO
Duele. Claro que duele. Pensar en tres meses sin verla. Pensar en mis noches sin su risa, sin sus silencios. Pero no puedo ser el hombre que se interpone entre ella y su arte. Si la amo, tengo que dejar que se expanda.
-No me esperes-- me dijo, con la voz entrecortada.
-Zoe… no tengo que esperarte. Porque no te vas de mí- le respondí.
Nos abrazamos. Fue más íntimo que hacer el amor. Más profundo que cualquier palabra.
ZOE
Esa noche dormimos juntos. Pero no hablamos del futuro. Solo del ahora. Hicimos el amor como si fuera la última vez y la primera. Despacio. Con todo. Sin miedo.
Y al amanecer, supe que me iba. Pero también supe que volvería. Porque cuando uno elige desde el amor propio, no se pierde al otro. Se lo encuentra otra vez, más libre, más fuerte.