Cinco años después, expongo en una galería de arte contemporáneo. Mateo está a mi lado, con una copa en la mano. Nuestro hijo corre entre las columnas, riendo con la misma libertad con la que alguna vez aprendimos a amarnos.
Mis fotos cuelgan de las paredes. Son cuerpos. No perfectos. No idealizados. Solo reales. Como el mío. Como el de él. Como el nuestro. Mateo produce vinos ahora con etiquetas ilustradas por mí. Dice que así todo queda en familia.
Cuando me preguntan si fue difícil reconstruirme, siempre digo lo mismo:
—No me reconstruí. Me descubrí otra vez. Y después… me elegí.
Y esa fue mi mayor obra de arte.