Querido cuerpo mío,
Te rechacé. Te culpé por el accidente, por el dolor, por el espejo. Te medí por lo que no hacías. Por lo que ya no podías hacer. Por lo que los otros esperaban que hicieras.
Me sentí incompleta. Rota. Incómoda en mi piel. Y sin embargo, aquí estás. Latiendo. Sosteniéndome. Sintiendo. Deseando. Viviendo.
No fuiste el error. Fuiste el testimonio. Fuiste la evidencia de todo lo que resistí.
Fuiste el lugar donde Mateo me tocó sin miedo. Donde la cámara volvió a temblar de emoción. Donde volví a sentir deseo, sin disfraz ni concesión.
Ahora entiendo que no me reconstruí. Me volví a habitar.
No busqué ser como antes. Me convertí en otra. Más presente. Más libre. Más yo.
Si alguna vez alguien me pregunta qué cambió después del accidente, diré esto:
Aprendí a quedarme conmigo. Y, en ese mismo acto, supe elegir a quien también supo quedarse.
Gracias por no soltarme, cuerpo mío. Ya no te peleo. Ya no te exijo. Solo te celebro.
Con amor,
Zoe