Zuhnmir: El poder de la esfera

Capítulo 1 “Bienvenidos a Zuhnmir”

Todo viajero que pasaba a reposar sus pies cansados, tarde o temprano, siempre llegaba al pueblo de los grandes árboles. Un lugar rodeado de ríos de aguas claras y largos bosques que se extendían como un mar verde hasta las faldas de las montañas en forma de oso de Doza.

Aquel era Zuhnmir, un pueblo pequeño, de calles de tierra y casas de madera, donde vivía gente humilde, en su mayoría agricultores y granjeros que madrugaban con el sol y se acostaban con las estrellas. Allí vivían Jin Fraser y Milo Stone. Jin era una mujer de piel trigueña, cabello oscuro como la noche y ondulado, con unos ojos grandes y tiernos, pero una personalidad muy aventurera. Era conocida por ser valiente y arriesgada, y claramente por su apoyo y amor incondicional hacia los niños. Jin era la maestra del pueblo y una mujer muy hábil. Por otro lado, Milo era un hombre delgado, de piel morena, cabello hasta los hombros. Milo era herrero y un hombre caballeroso. Eran una pareja muy unida y servicial, especialmente con su pequeño amigo de catorce años, Clant.

Clant era el hijo del lechero y un pequeño muy talentoso para las artes. Los domingos por la mañana, cuando pasaba junto a su padre a dejar la leche, siempre se quedaba en casa de Jin y Milo para contarles sus maravillosas ideas creativas —o así las llamaba Jin—. Para Milo, un cuadro de una casa con alas de ángel flotando sobre un volcán era tener una imaginación pasada de creativa.

—Jaja, vamos, no puedes negar que es una increíble idea —dijo Jin.

—¿Quién quiere tener un cuadro de una casa en un volcán con alas? —preguntó Milo.

—Yo —respondió Clant.

—Tú no cuentas —dijo Milo.

—¡Milo! —lo regañó Jin.

Clant le sacó la lengua.

—Está bien, sí es una idea interesante —cedió Milo, torciendo los ojos.

—¡Lo sabía! Yo sé que amas mis ideas —celebró Clant.

—Y tú nunca hubieses podido imaginar algo así, ¿eh? —dijo Jin.

—Neeeh, prefiero cuadros de caballos en ríos —respondió Milo.

—Pero no te gustó el de caballos que te obsequié —reclamó Clant.

—Es que preferiría que no estuvieran haciendo popó de arcoíris frente a mi perro.

Jin rió en voz baja.

—Yo lo llamo arte incomprendido —dijo Clant, haciéndose el que sabe.

—Claramente, nadie entiende eso —respondió Milo.

—¡Milo! —volvió a regañar Jin.

Risas entre todos.

—Vamos, es tiempo de que este pequeño vuelva con su papá y sus pinceles —dijo Jin, despeinándolo.

—¿Puedo llevar a Mitzu? —preguntó Clant, señalando al perro.

Mitzu retrocedió.

—Ummm, creo que él no quiere —dijo Milo entre risas.

Jin y Milo rieron mientras Jin le decía a Clant: —Creo que aún está ofendido por tu cuadro.

Milo se rió. Clant le dijo al perro: —¡Y eso que tomé tu mejor perfil!

El perro ladró. Clant le sacó la lengua. Rieron bajito y se dirigieron al pueblo.

Camino a casa de Clant, saludaron a varios vecinos. Jackson, el compañero de trabajo de Milo, gritó su nombre. Milo se dirigió hacia él mientras Jin acompañaba a Clant.

—Oye, ¿cómo vas con eso? —preguntó Jackson.

—No lo sé, estoy muy nervioso —admitió Milo.

—¿Nervioso? ¿Por qué? Si dirá que sí —dijo Jackson, golpeándole el hombro.

—No, no me aterra su respuesta. Quiero que sea especial.

—Amigo, que seas tú ya lo hace especial.

Hablaban mirando hacia todos lados. Milo sacó un anillo.

—La esmeralda es su piedra favorita —dijo.

—Está increíble. Vamos, estás demasiado enamorado, ya ni pareces el mismo de antes —bromeó Jackson.

—Vamos, quiero que sea en serio. De verdad la amo.

—Lo sé, amigo. Lo sé.

Se acercó Lumus, otro amigo de los hombres.

—Oye, muchachos, ¿no quieren ir a explorar el bosque hoy? Ya hace falta un poco de leña, ¿no creen? —propuso Lumus.

—¿Tú crees? Laura está que me echa de la casa por el frío —respondió Jackson entre risas.

—¿A qué hora saldríamos? —preguntó Milo.

—¿Tienen tiempo ahora? —dijo Lumus.

—Déjale aviso a Jin —respondió Milo.

—Oye, Milo, ¿ése no es tu perro que está mordiendo al hijo de Matt, el lechero? —señaló Jackson.

Mitzu mordía el suéter de Matt mientras Jin lo regañaba y reía. Los hombres rieron.

—Dios, esos dos. Más vale que vaya a ayudar —dijo Milo.

—No llegues tarde —le recordó Lumus.

Milo llegó donde estaban Jin y Clant.

—Qué buena relación, ¿eh? —le dijo a Clant.

—Solo jugábamos, yo le di permiso de morder mi suéter —respondió Clant.

—Nunca pierdes una, ¿eh, niño? —dijo Milo.

—¡Clant! Por fin apareces. Necesitamos ir por un poco más de leche —lo llamó Matt.

—Le estaba contando a Jin de mis increíbles próximas pinturas, papá —dijo Clant.

Matt, en tono asustado: —Oh, otra pintura... Jaja, así es, niño —le dio una palmadita en la espalda con una risa nerviosa.

—Señor Hogorpus, muchas gracias por la leche —dijo Jin.

—Y muchas gracias por cuidar de mi travieso hijo —respondió Matt.

—Jajaja, siempre será un placer hablar con Clant —dijo Jin.

—¿Lo ves? Sé tratar con adultos, papá —presumió Clant.

—Sí, hijo, sí que sabes —dijo Matt, mirando a Jin y Milo. —Bueno, iré a terminar mi trabajo. Señorita Jin, señor Milo.

—Adiós, señor Hogorpus. Bye, Clant —dijeron Jin y Milo.

—¡Adiooos! Y a ti también, Mitzu. Por dentro sé que te caigo bien —dijo Clant.

Mitzu ladró.

—¡También te quiero! —gritó Clant.

Jin y Milo rieron.

—¿Y ahora? —preguntó Jin.

—Iré con los muchachos a recoger leña —dijo Milo.

—Oh, está bien. También tenía pensado ir al bosque a buscar algunas bayas.

—Vamos, le pediré prestada una canasta a la señora Clara —propuso Milo.

—Está bien. Buscaré un poco de pan para ti y los muchachos.

Pasados unos minutos, Jin y Milo se encontraron con Lumus y Jackson.

—Hola, Jin. Luces radiante hoy —dijo Lumus con tono pícaro.

Milo rió.

—Oye, ella siempre se ve radiante. Y respeta a mi esposa —dijo Milo.




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