Zuhnmir: El poder de la esfera

Capítulo 2 "Las marcas del destino"

El pueblo de Zuhnmir, que aquella mañana había despertado con la calma de siempre, se transformó en un hervidero de murmullos cuando los aldeanos vieron llegar a los muchachos. No era la leña lo que traían. No eran las bayas ni las risas de costumbre.

Era un oso.

Y no cualquier oso: un gigante de pelaje negro, tan grande que parecía haber sido arrancado de una leyenda antigua, nunca habían vito un animal así por el pueblo. Los tres hombres lo cargaban entre todos, sudorosos, temblorosos, con las miradas perdidas en algún punto que no era este mundo. Detrás de ellos caminaba Jin, con la ropa aún húmeda, el cabello enmarañado y el rostro pálido como la luna en pleno día.

Nadie podía creerlo. Los vecinos salieron de sus casas, dejaron sus herramientas, abandonaron sus quehaceres. Las manos callosas se quedaron quietas. Las bocas, abiertas. El silencio se derramó por las calles de tierra como un río invisible.

—¡Por todos los dioses...! —exclamó una mujer mayor, santiguándose.

—Es enorme —susurró un hombre, tocándose la barbilla—. ¿Cómo... cómo hicieron?

Los niños se asomaban tras las faldas de sus madres. Y en medio de aquel asombro colectivo, una figura delgada y veloz rompió la multitud.

Clant salió corriendo desde la puerta de su casa, con los brazos aún manchados de pintura seca y el corazón latiéndole en la garganta.

—¡Jin! ¡Milo! —gritó, llegando hasta ellos sin aliento—. ¿Qué pasó? ¿Están bien? ¿Quién...?

Pero sus palabras se apagaron cuando vio de cerca el cuerpo del animal. Dio un paso atrás. Tragó saliva. Nunca había visto algo así.

Los vecinos se apiñaron, llenos de preguntas como abejas en colmena revuelta.

—¿Los atacó?
—¿De dónde salió?
—¿Están heridos?
—¡Alguien que traiga agua!

Fue entonces cuando Jin levantó la mirada. Sus ojos, ahora tenían un brillo distinto. No era miedo exactamente. Era algo más hondo, más cerrado.

—Un oso nos atacó —dijo, con voz baja pero firme—. Y los muchachos lo vencieron.

La mentira flotó en el aire como una hoja seca. Nadie dijo nada, pero todos lo sintieron. Hubo un silencio incómodo, miradas que se cruzaban y se apartaban, toses fingidas. Pero los vecinos de Zuhnmir eran gente de tierra y sudor, gente que sabía cuándo no debía preguntar más. Respetaron a Jin como siempre lo habían hecho. Se hicieron a un lado, como el mar se abre ante quien necesita pasar.

Milo, que no había soltado la mano de Jin ni un solo instante, la tomó del brazo con delicadeza.

—Vamos a casa —dijo. No era una orden. Era un salvavidas.

Se retiraron entre los murmullos, dejando atrás al oso, a los curiosos, a los niños asustados y a los viejos que negaban con la cabeza.

Pero Clant no se quedó atrás. Corrió tras ellos, alcanzándolos justo antes de que cruzaran el puente de madera que llevaba a su casa.

—Jin, espera —dijo, jadeando. Miró el brazo de ella, donde la manga se había subido sin querer durante la caminata. Allí, sobre la piel trigueña, había algo que no había estado antes. Algo rojo. Algo que parecía escrito, dibujado, grabado con una intención que nadie entendía—. ¿Qué es eso que tienes en el brazo?

Milo también miró. Había visto las marcas antes, por supuesto, pero aún no sabía qué decir sobre ellas. Jin, por su parte, sintió cómo el estómago se le encogía como un puño.

—Clant —dijo, y su voz sonó más cansada de lo que pretendía—. Por favor, regresa a casa. Fue un día difícil.

Era una despedida suave, pero era una despedida. Clant abrió la boca para protestar, para insistir, para hacer alguna de sus ocurrencias que siempre lograba sacarles una sonrisa. Pero esta vez no. Esta vez las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta, como pájaros en una jaula demasiado pequeña.

Se detuvo. Los vio alejarse. Jin y Milo caminaban juntos, tan cerca que parecían una sola sombra. Y Clant se quedó allí, solo en medio del camino, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que el mundo se había vuelto más grande y más aterrador de la noche a la mañana.

Volvió sobre sus pasos, lentamente, y se dirigió hacia donde Jackson y Lumus aún estaban, rodeados de vecinos, tratando de explicar lo inexplicable. Se sentó en un barril volcado, cruzó los brazos sobre las rodillas y miró al oso muerto. No dijo nada. Solo observó. Y esperó.

Milo y Jin, ya en casa, adentro, el fuego crepitaba en la chimenea.

Milo cerró la puerta con cuidado. El ruido del pueblo quedó afuera, amortiguado.

Jin se dejó caer en una silla junto a la ventana. La luz de la tarde le acariciaba el rostro, pero no lograba calentar la palidez de sus mejillas.

Milo se arrodilló frente a ella y le tomó las manos con suavidad.

—Jin —dijo, mirándola a los ojos—. No puedes ni puedo seguir ignorando las marcas en tu brazo. Por favor, dime qué fue lo que pasó allí. Porque yo te conozco, amor mío. Y lo que tienes ahí no es un rasguño. No es una herida. Es... otra cosa.

Jin bajó la mirada.

—Yo tampoco sé qué sucedió —susurró, con voz frágil —. Es raro. Todo es muy raro. Solo recuerdo salir del río... y luego... caminar... y de repente estar en una cueva. Una cueva extraña, Milo. Había plantas que brillaban, flores que se movían solas, y una luz... una luz roja que latía como si estuviera viva.

—¿roja? —preguntó Milo, frunciendo el ceño.

—Sí... —se levantó la manga, mostrando las marcas—roja, roja como ESTO.

Milo acarició con el dedo las líneas que se enredaban en el brazo de Jin. No eran dibujos comunes. Parecían letras de un idioma olvidado, o quizás ramas de un árbol, o quizás grietas en la piel.

—¿Y luego? —preguntó él, con voz baja.

—Luego vi una esfera —continuó Jin, y sus ojos se perdieron en el recuerdo—. Flotaba. Brillaba. Y de repente... explotó. Me cegó. Cuando volví a abrir los ojos, estaba detrás de las raíces, junto al río. Y las marcas ya estaban aquí.

Milo guardó silencio un momento. Procesaba. Era herrero, acostumbrado a dar forma al metal, a entender cómo algo se transforma con el fuego y el martillo. Pero aquello no era metal. Aquello era magia, o locura, o ambas.




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