Zuhnmir: El poder de la esfera

Capítulo 3 “El forajido”

Más allá de las montañas de Doza, donde los mapas se arrugaban y los caminos se perdían, existía un pequeño pueblo abandonado llamado Serpia. Hacía años que nadie vivía allí. Las casas tenían los techos hundidos, las puertas colgaban de un solo gozne y las hierbas crecían por las ventanas.

Pero Serpia no estaba vacía.

En sus ruinas se escondía Sonur, un hombre cuyo nombre se susurraba con miedo en las ciudades grandes, y que en los pueblos pequeños era apenas un eco lejano. Nadie en Zuhnmir había oído hablar de él. Y eso, precisamente, era lo que Sonur necesitaba.

Era un hombre alto, de hombros anchos y mirada helada. Vestía con ropas oscuras que parecían absorber la luz a su alrededor. Caminaba con la seguridad de quien sabe que nadie puede detenerlo. Y desde hacía meses, tal vez años, estaba buscando algo.

La esfera.

Contaba la leyenda que la esfera cambiaba constantemente de lugar, como si tuviera voluntad propia, como si eligiera quién la encontraba y quién no. Algunos decían que otorgaba poderes imposibles. Otros, que era una maldición disfrazada de regalo. Y otros, simplemente, que no existía.

Pero Sonur sabía que existía. Había dedicado su vida a demostrarlo.

Los bosques, montañas, ríos y cuevas alrededor de Serpia estaban en ruinas. Árboles arrancados de raíz, pozos secos, grietas en la tierra como heridas abiertas. Él y sus hombres habían buscado en el lugar equivocado una y otra vez, moviendo piedras que no debían mover, rompiendo silencios que debían permanecer intactos. Y seguían sin encontrar nada.

Hasta que un día, el destino se cruzó con un hombre de Zuhnmir.

Era un cazador, de esos que se adentran en el bosque buscando presas grandes. Luego de ver al oso —ese oso gigante que Jin había matado— pensó que si una mujer lo había podido, él también podía. Viajó durante horas, siguiendo rastros antiguos, y se adentró tanto en lo profundo del bosque que terminó tropezando con el campamento de Sonur.

Los hombres de Sonur lo atraparon al instante. Lo llevaron ante su líder con las manos atadas y el rostro pálido.

Sonur lo miró desde su silla de madera, con los dedos entrelazados bajo la barbilla. Su voz era suave, casi amable. Eso era lo más aterrador de él.

—Has llegado muy lejos, amigo —dijo—. ¿Qué busca un hombre de Zuhnmir en estas tierras olvidadas?

El cazador tragó saliva. Habló de todo, como suelen hacer los hombres cuando el miedo les afloja la lengua. Habló del oso, de la mujer que lo había matado, de la conmoción en el pueblo.

Sonur levantó una ceja.

— ¿Una mujer mató a un oso gigante? —Preguntó, con un tono que fingía incredulidad—. ¿Y cómo hizo semejante hazaña?

—No lo sé —respondió el cazador—. Ella estaba en shock. No quería hablar. Pero algunos dijeron que tenía una extraña irritación en el brazo. Como marcas rojas. Tal vez cayó en alguna planta venenosa...

Sonur dejó de respirar un momento. Sus dedos se tensaron. Pero su rostro no cambió. Era un hombre que había aprendido a esconder sus emociones mejor que nadie.

— ¿Marcas rojas? —Repitió, con calma—. ¿Podrías describírmelas?

El cazador se encogió de hombros.

—Eran... líneas. Rojas. o letras, o algo así. No me acerqué mucho.

Sonur asintió lentamente. Luego se levantó con la parsimonia de un felino. Dio dos pasos hacia el cazador y puso una mano en su hombro.

—Muchas gracias, amigo. Ha sido muy útil—mientras le sonreía.

El cazador sonrió, aliviado. Quizás aquel hombre no era tan malo. Quizás lo dejaría ir.

—¿Podría decirme cómo se llega a ese pueblo? —preguntó Sonur.

—Claro —dijo el cazador—. Siga el río hacia el sur, a 15 horas de camino. Luego tuerza al este, entre las dos montañas. Zuhnmir está justo al pie, rodeado de árboles grandes.

—Perfecto —dijo Sonur en un tono entusiasta mientras levantaba sus manos como quien está muy feliz.

Y entonces hizo una pequeña seña con la mano.

Uno de sus hombres se acercó por detrás, silencioso como una sombra. El cazador no tuvo tiempo de gritar. Un machete brilló en el aire, y todo terminó antes de que pudiera entender lo que estaba sucediendo.

Su cuerpo cayó pesadamente al suelo. La tierra bebió su sangre.

Sonur ni siquiera parpadeó.

—Preparad los caballos —ordenó, limpiándose las manos con un paño que luego arrojó al fuego—. Vamos a Zuhnmir. Ya sé dónde encontrar la esfera.

Sonur no era un hombre común. Años atrás, en sus viajes oscuros, había conseguido otros objetos poderosos. Cada uno le había otorgado una habilidad distinta, una capa más de protección, un escalón más hacia el poder absoluto.

Uno de esos objetos era un collar, un pequeño collar con una perla dorada colgaba de su cuello, le permitía transformarse en cualquier persona. Solo necesitaba ver su rostro durante unos segundos, y su cuerpo se moldeaba como cera caliente, copiando cada rasgo, cada cicatriz, cada lunar. Así había logrado infiltrarse en palacios, en consejos, en ejércitos. Nadie lo reconocía nunca hasta que era demasiado tarde. Lo que nadie sabía es que cada transformación además de dolorosa, lo hacía envejecer poco a poco.

El otro objeto eran unas pulseras que tenía en ambas muñecas, le daban una fuerza sobrehumana, capaz de partir rocas con un puñetazo y doblar hierro como si fuera papel. Con esa fuerza había reunido a sus hombres, no por lealtad, sino por miedo. Y el miedo, bien usado, era el mejor de los látigos.

Su objetivo era claro: gobernar todo Granland. Imponer su ley, su voluntad, su dictadura. Sus ideas no eran de libertad ni de justicia; eran de avaricia y de ego, de poder por el poder mismo. Soñaba con un país donde todos temblaran al escuchar su nombre, donde las ciudades se arrodillaran a su paso, donde la resistencia fuera aplastada antes de nacer.

Pero las ciudades sabían de él. Su nombre era una advertencia, su rostro estaba dibujado en carteles de "Se busca". Por eso se escondía en pueblos abandonados, en ruinas, y sin que nadie lo supiera, se ocultaba para poder mantener su apariencia real.




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