Antes de separarse para tomar sus respectivos caminos, el grupo se reunió una vez más. Había algo casi sagrado en ese instante, en saber que habían compartido un momento único e irrepetible. Con sonrisas honestas, caras cansadas pero radiantes de felicidad y la luz dorada del sol cayendo de fondo, se tomaron una fotografía juntos. Una imagen donde salían todos felices, un recuerdo especial cargado de un profundo sentimiento de verdadera amistad y hermandad que ninguno de ellos olvidaría jamás.
Tras la foto vinieron los abrazos y las despedidas habituales. Cada quien tomó su rumbo. Said caminaba a paso lento a través del parque; a su alrededor, la gente seguía fluyendo en una misma dirección, hipnotizada, dirigiéndose al lugar donde el cielo había traído aquel meteorito. Las luces naranjas del atardecer teñían el ambiente de una melancolía extraña, casi irreal.
Said se detuvo un instante y respiró profundo. Sintió cómo el aire fresco entraba suavemente a sus pulmones, invadiéndolo de un calor reconfortante. Cada inhalación le regalaba un respiro de calma absoluta, una serenidad tibia que parecía purificar cualquier rastro de cansancio o duda mientras intentaba procesar lo que sus ojos acababan de atestiguar. Exhaló lento, saboreando esa paz profunda y el ritmo pausado de su propio corazón.
Sin pensarlo dos veces, sacó su teléfono y le envió las fotos del meteorito a Luli.
—¡CAYÓ UN METEORITO! —escribió con entusiasmo.
Casi al instante, la respuesta de ella iluminó su pantalla:
—¡Qué bonitoooo! ¿Y cómo fue que cayó?
Said miraba hacia el horizonte donde el sol terminaba de ocultarse, tiñendo las nubes de púrpura.
—Eso ya no sé —tecleó—. La verdad, no sé cómo funciona este show, pero es hermoso. Me encantaría que lo vieras en persona...
—A mí también me gustaría estar ahí contigo... —respondió ella.
Esas simples palabras suspendidas en la pantalla fueron suficientes para que a Said se le acelerara el pecho de una forma distinta, sabiendo con total certeza que estaba profundamente enamorado de aquella chica.
El aire frío de la tarde empezaba a notarse con más fuerza. Volvió a inhalar profundamente, llenándose una vez más de esa paz y tranquilidad tan puras. Comenzó a caminar hacia la entrada de su privada y, de manera inconsciente, en su mente empezó a imaginar a sus amigos... no, más que amigos, a su familia. Los imaginaba saliendo más seguido, riendo en las calles, acompañados también de Víctor, a quien a Said le hubiera gustado tener ahí al lado de su amigo Tachido en ese instante tan especial.
Sin darse cuenta, inmerso en la tibieza de sus pensamientos, sus pies lo llevaron hasta el portón de su privada. Intentó abrirlo, pero el mecanismo no estaba funcionando bien. Pasó su llavero RFID por el sensor automático; la máquina emitía el chillón pitido indicando que la cerradura estaba desasegurada, pero la puerta no cedía. Tuvo que insistir cuatro veces, empujando con paciencia, hasta que finalmente el mecanismo cedió y la puerta se abrió.
Al entrar a la privada notó a varios vecinos afuera en grupitos, hablando con asombro sobre la situación del meteorito. Sin embargo, él prefirió no detenerse y entró directo a su casa. El silencio del interior lo recibió, roto solo por la cálida voz de su mamá desde el recibidor.
—Qué bonito... ¿En dónde andabas? —preguntó ella, observando la expresión de radiante felicidad en el rostro de su hijo.
—Ma, no sabes lo que acaba de pasar —respondió él.
Sin esperar ni un segundo, sacó su teléfono y le mostró las fotos una a una, narrándole con detalle y emoción aquel momento que, sin duda alguna, cambiaría sus vidas para siempre.
7:40 PM. Perspectiva de Moni.
Mientras tanto, en otro punto de Huehuetoca, más específicamente en Santa Teresa 2, Moni intentaba concentrarse en su tarea, aunque su mente estaba a kilómetros de distancia. La película que se reproducía en la televisión era solo un ruido de fondo; su atención estaba completamente dispersa entre las páginas de los libros y el caos misterioso que aún se sentía flotar en el aire.
A pocos metros, en la penumbra de su habitación, Andrés guardaba con extremo sigilo el fragmento del meteorito en el fondo de su mochila, ansioso y lleno de emoción por presumir aquel trozo de cielo ante sus amigos de la secundaria al día siguiente.
Martes 17 de septiembre de 2024
Perspectiva de Andrés (hermano de Moni) — 8:10 AM
Estando ya en el salón de clases de la secundaria, Andrés no pudo contener la emoción. Aprovechando que la clase aún no comenzaba, sacó con cuidado el cristal de su mochila y se lo mostró a sus compañeros.
—Es genial, ¿no? —dijo con el orgullo dibujado en el rostro.
Todos los compañeros a su alrededor miraban asombrados el extraño objeto.
—Mi mamá no me dejó ir a verlo —comentó uno con resignación.
—Pues mi hermana me dejó verlo, fuimos con sus amigos los raros —presumió Andrés.
—Qué envidia —dijo otro de sus compañeros con un tono triste y desanimado.
Andrés volvió a mirar el cristal. Era de un morado profundo, hermoso y fascinante, con un tono cósmico que recordaba a las imágenes de las galaxias lejanas. Al acercarlo más a su rostro, quedó completamente hipnotizado por la piedra. El pulido natural de la gema era tan perfecto que actuaba como un espejo; al buscar su propia cara reflejada en la superficie, notó cómo el cristal emitía un destello interior extraordinariamente brillante, iluminando sus ojos con una luz púrpura casi magnética que lo dejó sin aliento.
De pronto, el sonido del taconeo de la profesora en el pasillo lo sacó del trance. Guardó apresuradamente el cristal en su mochila justo antes de que la maestra cruzara la puerta...
Sábado 21 de septiembre — 8:00 a.m.
El sol se filtraba suavemente por la ventana cuando Said despertó. Lo primero que hizo, como cada mañana, fue buscar su teléfono.