Alma Robada

CAPÍTULO XI

 Violeta suspiro por sexta vez consecutiva en menos de diez minutos; todos sus amigos estaban en su casa celebrando su “milagrosa” recuperación, y él único que parecía estar enterrándola en lugar de festejar, era Daniel.

      -He, no es para tanto…-. Esteban hizo signo como si le fuera a dar un codazo, porque en realidad con su herida, nadie quería ni rozarla. –Ya verás que en cuanto vea que estás completamente recuperada, se le pasa esa cara de funeral…

      -¿Tú crees?-. Replico ella luego de otro largo suspiro

     Daniel que estaba haciendo como que no se daba cuenta, en realidad había escuchado toda la conversación, y solo lograron ponerlo de peor humor; de un trago se termino su bebida, prácticamente la dejó caer sobre la mesa, y luego se levantó con la cara de pocos amigos que lo había acompañado desde el minuto que se enteró de la verdad.

      Siendo honesto consigo mismo, Daniel no estaba enojado porque su hermana le ocultara las cosas, bueno si estaba un poco molesto por la falta de confianza; pero el verdadero problema, radicaba sobretodo en que no tenía idea de cómo procesar tal información, ¿Cómo se suponía, que él, siendo un simple y común mortal, cuidaría a su pequeña hermana de ángeles y demonios? Él pobre ni siquiera había sido capaz de dormir decentemente, las pocas veces que el cansancio llegó a vencer sus parpados, lo único que lograba era tener horribles pesadillas, las cuales parecían tan reales que lo dejaban peor de frustrado que antes. Y por si todo esto fuera poco, la detective LeBlanc estaba cruzando la línea hacia acosadora.

       -Tú conoces a tu hermano mejor que nadie…-. Dijo Esteban cuando vio que su amigo se levantó. –Debes entender mejor que yo porque esta así, y en qué momento se le pasará. –Luego tomo una gran rebanada de pizza y se levantó para seguirlo; sin embargo se detuvo para decirle un último comentario. –Pero por favor, por favor, haz que sea rápido; si se presenta a darles clases a los niños con esa cara probablemente los aterrara…-. Terminó con un gesto dramático, para darle un aire presuntuoso a su suplica.

      Violeta volcó los ojos y luego sonrió; una vez que su amigo desapareció de su vista, sus pensamientos volvieron a atraparla; lograr que Daniel recuperara la cordura era una cosa… ¡Pero que la perdonara por no confiar en él!...joder eso si que iba a ser todo un reto olímpico; porque ella no era tonta, sabía muy bien que había actuado mal ocultándole cosas, pero en su defensa había sido para protegerlo ¿O es que acaso él no hubiera actuado igual? ¡Infiernos SÍ!. Pero una cosa era pensarlo, y otra muy diferente lograr que él lo aceptara; y por si todo esto resultaba ser poco, todavía le quedaban todos esos asuntillos sobrenaturales. Violeta no era muy creyente de vidas pasadas, aunque ahora se lo replanteaba seriamente bajo la teoría de que debió portarse muy mal en alguna de ellas, pera merecer semejante castigo en esta.

       El debate interno estaba tomando giros interesantes en su defensa, cuando un delicioso y dulce aroma comenzó a distraerla; y antes de que pudiera identificar la abrumadora fragancia, los murmullos a su alrededor la trajeron de vuelta a la realidad.

      Gabriel estaba parado frente a ella, con una de sus tiernas y hermosas sonrisas extendida a lo largo de sus labios, y ese brillo tan lleno de paz en sus ojos chocolate; esto hizo que ella irremediablemente intentara imitar el gesto. Era imposible no reaccionar amable a él, después de todo, su mitad de ángel lo hacía… bueno, angelical.

      -Croissants de chocolate…-. Comentó divertido, mientras le tendía una caja de tamaño mediano, con un hermoso listón del color de su nombre,  violeta.

       Ella la tomo con rapidez, y su sonrisa se hizo aun más grande, mientras que su boca se hacía agua. Durante el verano, mientras trabajo a tiempo parcial en el “Café Monster”, Violeta se había vuelto loca con los croissants rellenos que preparaba Gabriel; aquellos manjares solo podían ser calificados como celestiales, y su olor era exquisito.

       -Gracias…-. Respondió con tanta devoción, que provoco una carcajada en Gabriel.

     -Pensé que ahora que finalmente te dieron el alta, tu estomago se merecía un premio por aguantar la dieta que te habían impuesto...-. Gabriel observo con una ceja levantada como ella aun seguía fascinada con su perfecto obsequio, y luego volvió a sonreír. –Sabes…-. Dijo en forma de susurro, mientras se acercaba más a ella. –No importa que hagas para recuperar tu alma, estoy seguro te irás al infierno…

     -Lo sé…-. Replicó Violeta finalmente apartando la mirada de su ahora más valiosa posesión. –…la gula es un pecado capital…-. Un pequeño mohín apareció en sus labios; para luego ambos reír nuevamente.   



Selene Ortiz

Editado: 03.01.2020

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