Ángeles en el infierno: No puedes escapar de quién eres

El día que todo ardió

Los sonidos de los continuos disparos retumbando en sus oídos les indicaban el enemigo estaba cerca, que casi los tenían acorralados. La chica le apretó la mano de Leo con fuerza, quien a pesar de la situación en la que estaban, se detuvo un momento para contemplarla. La expresión de pánico en su rostro al ver su mundo arder era desgarradora, podía sentir su dolor como una opresión en su pecho junto con la impotencia de no saber que hacer para traerla a la realidad nuevamente.

–Tranquila mí angel, no dejare que nada te pase...– Siguió a su corazón. Actuando por instinto la atrajo a sus brazos y la estrecho contra su cuerpo intentando tranquilizarla, calmar las lagrimas que no cesaban. Quería transmitirle con echos que haría cualquier cosa para protegerla. Ella solo podía pensar en su padre, el único familiar con vida que tenia, quien estaba luchando junto a sus hombres para defenderla. Todo lo que conocía hasta ahora estaba en llamas, su casa, sus cosas, sus recuerdos. Ya no quedaba nada por salvar, solo lo mas valioso, sus vidas.

El fuego era mas rápido que los hombres que los perseguían. El olor a humo inundaba en aire quemandolos desde adentro. Luchaban por respirar. La adrenalina mitigaba un poco el dolor y la fuerza de voluntad no les permitía detenerse, no cuando tantos estaban luchando contra la muerte para darle los minutos necesarios para escapar. Faltaba cerca de medio kilómetro para llegar hasta el punto donde estarían a salvo cuando escucharon una voz ronca, gruesa y áspera que les ordeno que se detuvieran. De un rápido movimiento ambos apuntaron con sus armas, directo al sujeto y este sonrió de forma burlona por lo absurda que se le figuro al situación.

–Niños, niños, no deberían tener ese tipo de juguetes.– 

–¿sabes quien soy?– Indago Leo sin retroceder. Su mano tiembla ligeramente. Tienen miedo. Es la primera vez que empuña un arma en contra de una persona, sin embargo, tiene en claro que si morirá esa noche sera luchando.

–Es la única razón por la que no he disparado todavía mocoso... El jefe sabe que estás con la princesita y nos ordeno no hacerte daño. No le interesa tener una guerra con tu padre. Puedes irte, pero la chica se viene con nosotros.–

–Nunca– respondió dando un paso al frente y poniéndose entre ella y el objetivo.
 

–vamos, no seas idiota, no juegues al héroe conmigo... ¿no me digas que estas enamorado?– recorrió el cuerpo de la chica de punta a punta con una mirada cargada de lujuria. –Aunque mirándola bien no te culpo, es realmente hermosa... cualquiera caería ante ese cuerpo...–

–Va a tener que matarme para llevártela...– Sonríe y levanta su pistola apuntándole justo a la cabeza.

–Bueno si es lo que quieres... No me dejas opción.– la expresión en su rostro se volvió atemorizante y grotesca. –En asuntos como este siempre ocurren accidentes, balas perdidas... y si los rumores son ciertos y de verdad eres tan blando, tu padre se pondrá feliz de sacarse a un lastre como tu de encima. Incluso puede que me de una recompensa si le llevo lo que quede de ti.– Los ojos de Leo estaban cargados de rabia porque sabía en lo más profundo de su ser que quizás tenía razón. Su padre se había cansado de decirle cuan decepcionado estaba de él. Y quizás tenía razón, no servía para el negocio. Quizás era un inútil, pero había algo que lo distinguía de los que los perseguían, él tenía un propósito. No se ensuciaría las manos por dinero, lo haría por proteger a las personas a las que amaba. El sujeto se acerca a ambos desafiante, poniendose justo frente al cañón de la pistola de Leo suponiendo que este no tiene el valor de disparar.

–Hazlo cobarde... O voy a divertirme con tu noviecita delante tuyo...– Articula, y luego una bala impacta directamente en su cabeza, impregnandolos a ambos con su sagre. El cuerpo cae al suelo inerte mientras la el cálido liquido viscoso brota con violencia tiñendo la tierra de color carmesi. La chica grita histérica presa de la desesperación y cae de rodillas al piso. Su mirada esta desencajada, su cuerpo paralizado. Nunca antes había visto morir a alguien. Ver como de sus ojos se escapaba la vida era la experiencia mas aterradora a la que se había sometido. Lleva sus manos a su cabeza, quiere gritar y no puede, quiere llorar pero las lágrimas no brotan de sus ojos y la desesperación crea un nudo en su garganta que la asfixia más que el humo tóxico que lo inunda todo.

–¡REACCIONA HIJA! ¡TIENEN QUE SALIR DE AQUÍ YA!– Al escuchar la voz de su padre parece volver a la realidad. El hombre voltea a ver al chico que esta pálido como un papel, también en estado de shock. –¡LEO TIENEN QUE SALIR AHORA!– Ordena firme el hombre, quien junto con sus soldados intenta proteger a su tesoro mas preciado, su única hija. –Les daremos todo el tiempo que podamos, pero no se cuanto será, son demasiados y casi no tenemos balas...–

–No padre, no me iré. No voy a dejarte aquí.– Nunca había sido un hombre de sentimentalismo, mas bien siempre había sido alguien bastante frío y distante. Desde que su esposa había perdido la vida, pocas veces se había permitido siquiera darle un beso o un abrazo, una mínima muestra de afecto. El solo ver su rostro le generaba agonía, porque le recordaba todo aquello que había perdido. Culpa. Ese era el sentimiento que despertaba su hija en él resumido en una sola palabra. Pero en aquel momento, al sentirla temblar entre sus brazos, tuvo como nunca antes la necesidad de abrazarla contra su pecho y decirle que todo estaría bien aunque tenía en claro que aquello era una vil mentira.
 

–Vete mi pequeña princesa, esta no es tu guerra. Debí escuchar a tu madre y alejarme de esto cuando aun estábamos a tiempo, empezar de nuevo. Ella murió porque no pude protegerla, pero no dejare que pase lo mismo contigo. Solo me queda pedirte perdón por no haber sido un buen padre, por no estar contigo cuando me necesitabas, por meterte en mi mundo.–Una lagrima rodó por la mejilla de aquel hombre con el corazón de hielo, la chica pudo verla brillarbajo la luz de las llamas, pero no dijo nada. Beso su frente y le entrego una llave. –Este es tu futuro mi niña, no la pierdas. Si salimos de esa, te veré pronto. No importa donde estés, voy a encontrarte. Y si no es así, se muy feliz. Tu madre y yo siempre seguiremos cuidando de ti desde donde sea que estemos.–



AylenAnabelle

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En el texto hay: vengaza, romance, drama

Editado: 11.01.2020

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