Ante los ojos de los dioses

Capítulo 1

El sol acariciaba lentamente un mar de aguas cristalinas, el mismo que durante siglos Poseidón cuidó y velo, aquel donde hubo un tiempo en que las sirenas y ninfas se recrearon con gracia entre sus olas hace ya muchos siglos atrás.

El mar de Grecia era una simple belleza indescriptible, un sitio admirado y codiciado por miles, que resguardaba con recelo islas cuyas leyendas trascendieron más allá del tiempo y las guerras, donde los dioses hicieron el olimpo y los mortales descubrieron la magia que podían albergar los cielos mismos que por las noches se llenaban de estrellas y alumbraban los sueños de todos los mortales en esa efímera existencia pasional.

Ese mismo paraíso era todavía hoy considerado un sitio más allá de la belleza mundana, un país del que toda persona en el mundo conocía sus historias y anhelaba, aunque sea una vez en la vida, visitar y descubrir por sí mismo lo que una vez fue el reino de dioses inmortales.

— ¿Abuela? —inquirió una voz entrando por la puerta de la casa coloquial griega buscando a cierta mujer que le había cuidado durante muchos años.

— ¡Ares! —exclamó con alegría una señora de mirada alegre y jovial—. ¡Mi chico! —dijo abrazando con cariño a ese hombre tan apuesto que se había vuelto su nieto.

—Feliz cumpleaños, abuela —dijo Ares correspondiendo al abrazo, pero súbitamente se alejó por un golpe seco que cayó en su cabeza y con los ojos como platos vio a su abuela enojada.

— ¡Zeus! Se nota que este niño no deja de ser tonto. Tanto que dices quererme y me lanzas tan mala suerte al desearme cumpleaños DOS SEMANAS ANTES DE LA FECHA—casi rugió Adara a su nieto, pero muy al fondo de sus ojos claros como el cielo se veía una chispa que… era mejor no analizar que transmitía.

—Tampoco es para tanto, abuela.

—No es para tanto, hmp, mejor deséame la muerte de una vez —dijo la mujer dándose la vuelta dirigiéndose a la cocina de su casa.

—Abuela, siempre tan severa. Casi diría que no nos quieres —mencionó Harmony haciendo un puchero mientras aparecía por un costado.

— ¡Hija! ¡Casi me matas del susto! —exclamó Adara para después comenzar a reír y abrazar con cariño a su nieta—. Ahora dime, ¿quién te dio permiso para pintarte esos cabellos así? —inquirió con una ceja alzada la mujer haciendo alusión a los cabellos azul oscuro de su nieta.

—Pues… —Harmony comenzó a sudar frío internamente debido a que su abuela era la personificación de la palabra impredecible y…

—Tendré que decirle a tu madre que me lleve al mismo lugar, pienso que también me quedarían bien ¿no crees? —dijo para seguido comenzar a reírse con mucho entusiasmo. Lo había dicho, su abuela era impredecible.

—Vengan niños, deben de estar hambrientos —llamó Adara retomando su camino sabiendo que dos pequeños borrones aparecerían en cualquier momento.

— ¿Cómo sabía que estábamos aquí?

—Ya te dije, la abuela de seguro es descendiente de algún semidios.

Murmuraban con recelo los dos niños de ojos verdes viendo con desconfianza a su abuela.

—Simplemente soy inteligente y por lo mismo puedo adivinar que todavía falta otra persona por aparecer, la cuestión es que no sé quién sea —respondió con tranquilidad la aludida a los murmullos sirviendo unas galletas y un poco de té en la mesa esperando por dicha información.

—Con-con permiso —Se escuchó la voz temblorosa de una jovencita de cabellos negros que entraba lentamente por la puerta de la casa griega e inmediatamente se quedaba maravillada por su interior tan lleno de color, pero que no resultaba chillón, sino que daba la sensación de estar envuelto por la magia.

—Abuela, déjame presentarte a mi novia, Frida —dijo el chico de ojos grises tomando de una mano a la chica y viéndola con cariño.

—Mmm —La mujer evaluó con mirada crítica a la mujer. Estatura promedio, unos… un metro sesenta y algo, ojos marrones y piel blanca como la porcelana. Cabello negro y liso, pero vio una peculiaridad que le indicó que era teñido o que había pasado por algún proceso químico. Algo tímida por lo que veía, pero… había algo que no podía descubrir…

» ¿Y dime, te apellidas Kalo? —preguntó Adara provocando que el resto de los habitantes de la casa rompieran a reír de forma escandalosa, pues nadie se esperó que esa pregunta escapara de la boca de la mujer mayor y mucho menos después del tenso silencio que se formó cuando ésta estaba mirando a la chica.



Athenea

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En el texto hay: viajes, amor, dolor

Editado: 09.04.2020

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