Antiopa©

01: Sin contacto.

01: SIN CONTACTO.

 

Las emociones no expresadas nunca morirán.
Están enterradas vivas y aparecerán más tarde de maneras más desagradables
.”

(Sigmund Freud).

 

Vanessa se quedó muy quieta mientras que su acompañante, Julio, se acercaba. En lo más profundo de su ser, su miedo irracional se abría paso como una bestia con garras y dientes, apoderándose de su cuerpo y provocando que su corazón latiese más rápido. El sudor le corría por la espalda y se retorcía las manos, buscando ahogar el pavor que la cubría como un manto. Aunque le ordenaba a su organismo calmarse, no lo conseguía. Tenía miedo de que Julio estuviese a su alrededor, más que todo, de que sus morenas manos intentasen acariciarla. Las lágrimas inundaron sus ojos y empezó a respirar superficialmente. Aun sabiendo que no estaba en peligro, su mente estaba hecha un manojo de ansiedad. Envolvió su figura menuda con sus brazos y sus ojos, negros como la noche, se clavaron en el suelo.

―Respira, Vanessa ―ordenó Stefan, su terapeuta, desde el sillón. Era un hombre de treinta y cinco años, vestía un traje formal y tenía el cabello negro y largo atado en una coleta. Estaban en la sala de la mansión donde ella residía, lugar escogido para sus sesiones―. Acuérdate de los ejercicios mentales que hemos hecho. Julio no te va hacer daño, él…

«No puedo. No puedo. Oh, Dios. No puedo».

Vanessa se desconectó de la realidad, las piernas le fallaron y cedieron. Por alguna razón, sus pulmones no eran capaces de coger aire y los golpes de su corazón se hicieron dolorosos. Los oídos se le taparon y la garganta se le cerró, como si tuviera una bola dentro de ésta, impidiéndole hablar. El pánico, como siempre la golpeaba ante la amenaza de sentir su espacio personal invadido, sesgó su capacidad de razonamiento. Apretó su labio inferior con los dientes, saboreando su sangre, mientras se deshacía en sollozos.

Julio se había detenido hacia minutos. Consternado, observó la reacción de la muchachita ante su acercamiento. Cuando había aceptado el trabajo, jamás imaginó el alcance de la fobia que tenía la chica que debería ayudar. Su mirada azulada se clavó en el hombre mayor, el cual estaba de pie a unos cuantos pasos de la joven, mientras le hablaba suavemente para tranquilizarla, pero la adolescente no parecía reaccionar. Por un segundo, sintió ira contra la persona que había reducido en eso a aquella chica de dulce voz.

―Respira, Vanessa. Todo está bien. Julio no se te va acercar. ―Stefan impregnó su voz lo más que pudo de seguridad para hacer que su paciente saliese de aquel estado, sin embargo, ésta no le escuchaba; si continuaba así, tendría que llamar a la enfermera encargada para sedarla, pero esto solo aumentaría el problema. Vanessa no soportaba el contacto físico y, cualquier obligación de éste, empeoraba su psique―. Tú lo controlas, ¿lo recuerdas? Hemos hablado de ello. Son tus emociones, tuyas para manejar, para controlar. Tú puedes hacerlo. ―No halló respuesta.

Stefan se dejó caer en el suelo, dispuesto a llamar a la enfermera, cuando notó como Vanessa colocaba sus manos en el pecho y comenzaba a realizar los ejercicios de respiración que le había enseñado. Aliviado, soltó el aire que retenía.

―¿Qué está pasando? ¿Nessie?

Magnus Salvatore estaba en la entrada de la puerta con la mirada clavada en la figura de su hija. Su mera presencia sofocaba la de los otros, pues su estatura de metro noventa y su fornido cuerpo solo acentuaban la autoridad que llenaba su voz cuando hablaba. Más ahora, cuando tenía una aura asesina.

Stefan le dirigió una mirada cansada. No tenía el suficiente ánimo para soportar en ese momento la sobreprotección extrema del padre; sin embargo, antes de enzarzarse en la discusión que sabía que vendría, viró su vista hacia Julio, el cual estaba petrificado en su sitio. Se notaba incómodo y tenso.

―Puedes marcharte, Julio. Te llamaré cuando vuelva a requerirte.

El muchacho se movió, pero antes de que pudiese decir algo, fue interrumpido.

―Ni te molestes. Él no regresará, no sé qué ha pasado aquí, pero asumo que tiene la culpa también.

Magnus sabía que se veía mortal. Se sentía de esa forma. No comprendía que había acontecido en su hogar, pero al mirar el estado en el que se encontraba su hija era lo suficiente para detonar el demonio que anidaba en él.

―No ahora, Magnus. Deja…

―Tranquilo, señor, porque no volveré. ―Julio no supo de dónde sacó el valor para soltar las palabras, teniendo en cuenta la imponencia del dueño, pero lo hizo―. Me basto ver esto para saber que soy incapaz de hacer este empleo. ―Dirigió su mirada hacia Stefan―. Y, doctor, no se preocupe, le daré el dinero del pago. Gracias por la oportunidad.

Julio se encaminó hacia la puerta, miró durante un segundo a Magnus, esperando que le permitiese el paso; sin embargo, el hombre ni le echó un vistazo cuando se quitó para caminar con pasos fuertes y seguros hacia el lugar donde yacía su hija. Al instante, Julio salió de la mansión, decidido a no entrar nuevamente aquel sitio; en su interior, lo sentía profundamente por la chica.



Occasus

Editado: 05.10.2019

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