Belleza atormentada. Bilogía Atormentados n. 1

Capítulo 16 (1)

A lo largo de esos nueve meses, Andrea había resultado ser una caja de sorpresas y tener una fuerza interior que explicaba muy bien por qué sonreía a pesar de todo lo vivido. Matías y ella llevaban juntos poco más de seis meses, su amor se afianzaba cada día que pasaba. Disfrutaban uno del otro todo el tiempo que les era posible. Incluso había días en que botaban todo y se dedicaban a sí mismos, sin importarles lo que estuviera ocurriendo.

La joven se había ganado, para esas alturas, el amor y el respeto de todos los que trabajaban ahí. Siempre tenía gente que estaba pendiente de su menor deseo y que estaba dispuesta a ayudarle en lo que fuera. Por otro lado, todos se hallaban asombrados por lo que había logrado con Pedro. Este, a finales de abril, pudo pasar la primaria con su ayuda y ya estaba comenzando a cursar la secundaria abierta, a distancia, con ayuda de la maestra Hortensia. Debido a eso, tuvo que dejar de ir por las tardes, lo que le causó una pequeña tristeza, misma que Matías combatió con ahínco, distrayéndola y pasando más tiempo a su lado.

Aunque permanecía horas en el vivero, o aprendiendo sobre cocina con María, él se daba cuenta de que se había encariñado con aquel chico mucho más de lo que se imaginaba. Sin embargo, no pasaba un fin de semana en el que su exalumno no fuera a la casa y permaneciera horas conversando con ella. Su presencia surtía un efecto muy especial en Andrea, la hacía sentir relajada y joven. Matías lo notaba, así que nunca interrumpía esos encuentros, por muy ansioso que estuviera por estar con su belleza. Mientras Andrea fuera feliz, él lo era, así de simple, así de complejo. No podía pedir más, tenía todo lo que jamás había soñado, se sentía completo y más vivo que nunca.

Pero no podía faltar el típico punto negro en el arroz. Todavía no lograba dar con algo que hiciera caer a esa mujer. Las investigaciones no solo no avanzaban, a pesar de haber contratado a un par de agencias más. Para esos momentos parecía que era una santa. Su vida era la de alguien ejemplar y llena de cualidades. Intuía que algo no estaba bien, pero no comprendía cómo era que todos coincidían en sus descripciones. Mayra, al parecer, ayudaba de verdad a la gente necesitada, asistía a diferentes eventos sociales con regularidad, y en algunos Cristóbal también. La gente que la conocía hablaba maravillas sobre ella, era religiosa, buena esposa, gastaba mucho para su gusto. Sin embargo, eso no tenía nada de malo, ya que con el dinero que su marido tenía podía hacer eso y más, mucho más.

A lo largo de ese tiempo, tenía toda una carpeta llena de informes sobre su vida que no le servían de nada. A pesar de eso no dudaba de lo que Andrea le había confesado aquella lejana tarde. Él tenía la certeza de que era completamente honesta, lo que sí comenzaba a sospechar era que esa mujer fuera más inteligente de lo que creían. Y si se apegaba a lo que sabía, Mayra tenía alcances incalculables, y la integridad emocional e incluso física de Andrea estaban en indiscutible peligro. Precisamente por eso intentaba no hablar sobre el tema con ella, pues las pocas veces que lo hizo la joven se alteró de forma preocupante y regresaba esa mirada llena de temor y desconfianza que tanto odiaba y que deseaba borrar para siempre de su rostro. Andrea era feliz en ese lugar, por lo que tenía que pensar en otra forma de encontrar algo contra aquel monstruo.

Faltaban poco menos de tres meses para que la mujer por quien daría la vida estuviera libre de cualquier cargo y castigo, entonces le cedería todo sin chistar presa del chantaje y muy probablemente intentaría desaparecer para siempre. Para esas alturas la conocía de sobra, y eso no lo permitiría.

Si para ese tiempo nada cambiaba, él mismo se encargaría de ocultarla, se dedicaría a encontrar pruebas en su contra y, en algún momento, estaba seguro, conseguiría regresarle la tranquilidad a esa joven, que jamás debió vivir algo tan repugnante.

Esa noche decidió pedirle a su padre que le proporcionara los datos de una buena empresa de investigación americana o europea, argumentando que un conocido creía que alguien tramaba un fraude en su empresa. Su padre quedó de mandárselos a la brevedad, pues debía cerciorarse de que fuesen eficaces.

Él continuaba mandando la carta firmada acerca de la buena conducta de Andrea mensualmente y cada vez que la firmaba seguía sintiendo que le hervía la sangre. Mil veces estuvo a nada de levantar el teléfono y gritarle a su amigo lo imbécil que era, estaba casado con una asesina y había puesto a su merced a su propia hermana. Sin embargo, se detenía, a pesar de todo era su amigo y si cometía alguna indiscreción, su vida corría peligro. Además, el día en que todo quedara al descubierto no le alcanzaría la vida para arrepentirse de esas malas decisiones, y de perder la cabeza por aquella mujer, que humilló, chantajeó y abusó de su hermana y que, por si fuera poco, había matado a sus padres.

En ocasiones le parecía increíble todo lo que sabía y estaba seguro de que si no creyera en Andrea como creía, en esos momentos tendría severas dudas de lo que le había confesado. Pero con tan solo verla a los ojos, confirmaba que no mentía y que en su alma quedaron cicatrices demasiado profundas, que ni con toda la paz y felicidad que intentaba proporcionarle, lograría desaparecer jamás.

El tiempo pasaba rápidamente, ya estaba en la mitad de mayo. El calor era insoportable, asfixiante. Andrea permaneció en el vivero casi toda la mañana. Le encantaba podar las plantas, sembrar diferentes tipos, regarlas, clasificarlas, en fin... Ahí el tiempo pasaba sin que lo notara, tanto que casi siempre Matías tenía que ir a por ella para que comiera o pasaran unos momentos juntos en el día, ya sea montando, comiendo por ahí, o amándose, como tanto les gustaba.




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