Nunca debí dejarla ir sola.
Esa es la única cosa en la que puedo pensar mientras conduzco por la ciudad.
Elena no contestó mis llamadas después de salir del penthouse de Marcus.
Y eso me está volviendo loco.
Aprieto más el volante.
La conozco.
Sé cómo actúa cuando está herida.
Y esta noche… la rompieron otra vez.
Mi celular vibra sobre el asiento del copiloto.
Jacob.
Contesto de inmediato.
—¿Dónde está Elena?
—Hola a ti también —dice con sarcasmo.
—Jacob.
Mi tono basta.
Suspira.
—Acaba de salir del edificio de Marcus.
Exhalo apenas.
Bien.
Al menos no sigue ahí.
—Pero tienes un problema más grande.
Frunzo el ceño.
—Habla.
Silencio.
Mala señal.
—Marcus está moviendo influencias para evitar que el caso se caiga.
Sonrío sin humor.
—Claro que sí.
—Y hay algo más… encontraron otra filtración.
Mi mandíbula se tensa.
—¿Qué filtraron ahora?
—Tu historial médico.
El mundo parece detenerse un segundo.
No.
No eso.
No esa parte.
—Jacob…
—Ya está en redes, Nikolai.
Cierro los ojos un segundo.
La respiración pesada.
Rabia.
Mucha rabia.
Porque eso no afecta solo a la empresa.
Eso toca algo más profundo.
Más personal.
Más peligroso.
Mi pasado.
Mi recuperación.
Mi peor etapa.
—¿Qué dice exactamente? —pregunto.
Jacob duda.
—Que recaíste.
Una risa oscura escapa de mis labios.
Perfecto.
Simplemente perfecto.
Porque después de verme borracho anoche…
hasta Elena podría creerlo.
El miedo me golpea directo en el pecho.
No por la prensa.
No por los inversionistas.
Por ella.
Porque sé cómo me miró cuando olió alcohol en mí.
Como si estuviera viendo a la versión de mí que más teme.
Y ahora Marcus acaba de darle razones para creerlo.
—Necesito encontrarla —murmuro.
—Nikolai—
Cuelgo.
No puedo perder tiempo.
Acelero más.
Y entonces la veo.
El BMW de Elena estacionado frente a un mirador vacío de la ciudad.
Freno de golpe.
Bajo del auto rápidamente y la encuentro sentada sobre el capó, abrazándose a sí misma mientras mira las luces de la ciudad.
Se ve pequeña.
Cansada.
Rota.
Mi pecho se aprieta.
Ella escucha mis pasos y levanta la mirada lentamente.
Sus ojos están rojos.
Pero ya no está llorando.
Eso es peor.
—¿Cómo me encontraste? —pregunta.
—Te conozco.
Silencio.
Me acerco despacio.
Sin presionarla.
Sin romper lo poco que queda estable esta noche.
Pero entonces ella habla.
Y sus palabras me destruyen.
—Dime la verdad… —murmura—. ¿Recaíste?
El aire se vuelve pesado.
Peligroso.
Porque entiendo algo en ese instante.
Marcus no solo quiere destruir mi empresa.
Quiere destruir la única cosa buena que me queda.
Ella.
La miro fijamente.
Y por primera vez en mucho tiempo…
siento miedo real.
No miedo a perder dinero.
No miedo a perder la empresa.
Miedo a perderla a ella.
Porque Elena me está mirando como alguien que quiere creerme…
pero no sabe si puede.
Y eso duele más que cualquier otra cosa.
Doy un paso hacia ella lentamente.
—No —digo al fin—. No recaí.
Elena no responde de inmediato.
Solo me observa.
Analizando cada gesto.
Cada respiración.
Como si intentara descubrir si le estoy mintiendo.
—Entonces explícame por qué llegaste borracho esa noche.
Su voz tiembla apenas.
Y odio eso.
Odio haber sido la causa.
Paso una mano por mi rostro.
—Porque fui un idiota.
Ella baja la mirada.
—Eso no me tranquiliza.
Me acerco más.
—No tomaba desde hace años, Elena. Años.
—Pero lo hiciste.
Asiento lentamente.
Porque no puedo negarlo.
—Sí.
El silencio entre nosotros se vuelve pesado.
El viento mueve ligeramente su cabello mientras las luces de la ciudad iluminan sus ojos húmedos.
Dios.
La amo tanto que duele.
—Cuando perdí dinero en la empresa… cuando todo empezó a explotar… sentí que estaba perdiendo el control otra vez.
Ella me escucha en silencio.
—Y luego discutimos.
Su mandíbula se tensa apenas.
—Pensé que te habías ido.
Trago saliva.
—Y por un momento… volví a sentirme como antes.
Antes.
Esa palabra sola ya carga demasiado.
—¿Antes cómo? —pregunta bajito.
Cierro los ojos un segundo.
Porque nunca me ha gustado hablar de esto.
Nunca.
—Como cuando consumía.
Elena se queda completamente quieta.
—Todo era un caos —continúo—. No podía dormir. No podía pensar. Solo quería apagar mi cabeza.
Mi voz sale más ronca.
Más cansada.
—Y esa noche… quise hacer exactamente lo mismo.
Ella traga saliva.
—Nik…
—Pero no recaí —la interrumpo de inmediato—. No consumí nada. Solo bebí. Y sí, estuvo mal. Muy mal.
Me acerco hasta quedar frente a ella.
—Pero no voy a volver ahí.
Sus ojos finalmente se levantan hacia los míos.
Y veo miedo en ellos.
Mucho.
—¿Cómo puedo estar segura? —susurra.
La pregunta me atraviesa el pecho.
Porque entiendo perfectamente por qué la hace.
Porque yo tampoco confiaría en mí después de todo lo que se está diciendo.
La prensa.
Las noticias.
Las fotos.
Todo.
Subo lentamente al capó junto a ella.
Lo suficientemente cerca para sentir su calor.
Pero sin tocarla todavía.
—No puedes —admito.
Eso hace que me mire sorprendida.
—¿Qué?
—No puedes estar segura al cien por ciento —repito—. Las adicciones no funcionan así.
Elena se queda en silencio.