Cortejando al enemigo

CAPITULO 9


Sally era una mujer acostumbrada a convivir con lo sórdido, lo bajo y lo pérfido. Sabía qué esperar de la vida. No perdía tiempo ni lágrimas pensando en porqués o imaginando una realidad diferente. La ecuación era simple: cada uno debía conformarse con lo que le tocaba y cumplir con el papel que le había sido asignado. No valía la pena soñar con lo imposible ni esperar milagros. No siempre lo había creído así pero, a temprana edad, los puños de su padre borracho se lo habían hecho entender.
Y por si le cabía alguna duda, el primer hombre al que fue vendida a sus nueve años se la quitó a palos. Ya había pasado una eternidad de eso, aunque nadie podría creer por su apariencia que solo tuviera veinte años. Se levantó muy despacio, intentando no despertar a aquel cerdo que roncaba su borrachera. Dios sabía que su cuerpo no soportaría un golpe más. Recogió la miseria que el malnacido le había pagado y, sin hacer ruido, salió del destartalado cuarto.
La luz del sol le pegó fuerte en el rostro; cerró los ojos, lo que le hizo ver muchos puntitos blancos. No quería desmayarse, pues podría aparecer flotando en el Támesis. Realmente debería comer algo: su estómago crujió ante la idea. Se encaminó al callejón en donde habitualmente encontraba comida. La puerta trasera del club de mala muerte, donde conseguía sus clientes, estaba cerrada a estas horas; lo que era un alivio, pues no tenía ganas de soportar los manoseos de Jack, el matón de su jefe, para conservar sus ganancias.
Comenzó a escarbar en la basura, buscando su desayuno. Un bulto tapado parcialmente por unos trapos llamó su atención. Se acercó esperando encontrar algún borracho desmayado. Nunca venían mal los objetos de valor que les sacaba a esos desgraciados. Sus zapatos sobresalían; una sonrisa sin dientes se formó en su morado rostro cuando vio la calidad del calzado y el pantalón. Sin duda era un riquillo: sería más fácil aún despojarlo. Corrió la tela lentamente... y su grito espantado resonó en cada callejón de ese perdido lugar.

Elizabeth despertó muy tarde aquella mañana, algo de lo más inusual en ella, pues le gustaba madrugar siempre. Luego de regresar de la merienda de campo, había subido directo a su cuarto; no quería explicar a su padre el motivo de su aspecto desastroso. Cenó en su allí y se acostó. Aunque le costó conciliar el sueño, en algún momento debió lógralo porque soñó que…
Nadaba en un inmenso lago azul pero, cuando quería salir, el peso de su vestido  se  lo  impedía.  Este  comenzaba  a  hundirla  mientras  ella, aterrorizada, pateaba en vano tratando de emerger. Y cuando su vista se tornaba negra y sentía sus pulmones reventar, una fuerte mano la arreaba sacándola del agua. Ella boqueaba buscando aire y escupiendo agua. Esa mano la soltaba y, entonces, Lizzy levantaba la vista y se encontraba con unos increíbles ojos azules mirándola. Quería agradecerle, pero él la sorprendía acariciando suavemente su rostro; ella se paralizaba ante aquel sutil roce. Creía que la besaría, pero el hombre volvía a sorprenderla, dándole la espalda y dirigiéndose a una joven morena. Al llegar junto a ella, la besaba con ardor. Luego ambos se volvían a mirarla y se reían de ella. 
Sus carcajadas se elevaban llenando todo el lugar; Lizzy, tiritando de frío, reprimía las lágrimas y pasaba corriendo por su lado. Aunque el sonido de sus risas la seguía como un eco, sentía unos pasos detrás de ella,persiguiéndola. El miedo la invadía provocando que corriese más rápido. 
Un susurro se repetía constantemente y la estremecía: —Eres hermosa, pienso en ti. —No reconocía aquella voz y, al voltear, solo vio oscuridad absoluta.
Había desaparecido el prado, el lago y la gente; miró hacia abajo y la desconcertó notar que ya no llevaba su vestido, sino un largo camisón blanco. Se giró para seguir huyendo. Pero de repente, una mano envuelta en un guante negro la agarró fuertemente por la cintura arrastrándola violentamente hacia atrás, sumergiéndola en la oscuridad. Quiso gritar, pero el intento murió en sus labios. Trató de luchar, más irremediablemente la penumbra la envolvía. Y antes de perder la conciencia, escuchó nuevamente aquella voz. Ya no susurraba, sino que desesperada gritaba: — 
¡¡Elizabeth!!
Entonces, despertó sobresaltada; todo estaba oscuro y en silencio. Solo podía oír el sonido de su corazón acelerado rebotando en su pecho. Después de eso, no pudo dormir más. Hasta que, cuando el sol despuntaba, la venció el cansancio.
Desperezándose se sentó en la cama; su vista pasó por el vestido todo embarrado y sucio que había usado ayer. Pero sus ojos se quedaron en la chaqueta marrón, que reposaba en la silla. Su corazón volvió a desbocarse solo de recordar la tarde de ayer. El comportamiento del duque la había desconcertado completamente. Sobre todo el del final, cuando le dijo todo aquello; su confesión la había dejado pasmada. Sin habla, nunca le habían dicho nada parecido, y menos con esa intensidad y pasión. No entendía la actitud del duque: a veces se mostraba caballeroso; otras veces, agresivo e intimidante.  Y  en  ocasiones,  dulce,  seductor,  abierto  y  sincero.  Él  la desestabilizaba continuamente: le había pedido una tregua, un poco de paz en esta lucha en la que se habían sumergido desde que se conocieron. Y ella se había sentido muy tentada: sus dulces palabras, la suavidad de su caricia y la dulzura de ese beso la habían cautivado. No lo podía negar más: se sentía totalmente atraída por ese demonio de ojos azules. ¿Qué iba a hacer? No estaba segura de sus intenciones todavía y no debía olvidar la promesa que se había hecho a sí misma: nunca casarse ni dejar que un hombre se convirtiera en el dueño de su vida.
La puerta de su cuarto se abrió y por ella entró su doncella, trayendo una bandeja en los brazos. Lizzy frunció el ceño al ver su contenido: ¿solo una taza de té y dos tostadas? Con eso no saciaría al monstro que vivía en su estómago. Su doncella rio al ver su expresión, dejó la bandeja en una mesita y se giró mirándola muy sonriente. Lizzy arqueó las cejas, enfurruñada.
—¿Se puede saber por qué estás tan alegre y a qué se debe ese desayuno que has traído? —preguntó con gesto escéptico.
—Milady, debe comer y tiene que vestirse pronto —dijo ella con tono urgente.
—¿Y por qué la prisa? —cuestionó curiosa.
La doncella le pasó la bandeja, acomodándola sobre su falda. Lizzy bebió un sorbo de su té, mientras esperaba su respuesta. Celeste se tomó ambas manos y las apretó muy emocionada.
—¡Ohhh, es taaan romántico! No se imagina, señorita. El duque de Stanton está aquí y quiere verla. —Terminó ella, mirándola con expresión soñadora. Dicho esto, se apresuró a ayudar a su señora que, después de haberse atragantado con el té, tosía incontrolablemente.



Eva Benavidez

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En el texto hay: nobleza, regencia inglesa, serie romance

Editado: 10.06.2020

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