Cortejando al enemigo

CAPITULO 20

Cuando Elizabeth despertó, de inmediato se percató de que ya no estaba en el carruaje, sino en una blanda cama de un extraño cuarto que era sencillo pero acogedor.

Algo confundida, se sentó y levantó las sábanas que la cubrían para descubrir, avergonzada, que llevaba puesto uno de sus sencillos camisones de algodón.

«¡Ohhhh!, qué vergüenza, me muero si Nicholas fue el que me vistió o, peor, desvistió», pensó tocando con ambas manos sus mejillas ruborizadas… 

¿Cuánto habré dormido? De seguro mucho, porque ya no se sentía como si un tropel de caballos le hubiera pasado por encima, y el dolor por el golpe en la cabeza había mermado. Además, por la ventana podía apreciarse cómo un hermoso atardecer saludaba a la noche que se avecinaba.

Estudiando el cuarto, se dio cuenta de que se trataba de una posada. En la habitación había una cama, una pequeña mesa con dos sillas y un mueble con cajones. Y por último, en el extremo había un biombo, donde seguramente estaría el orinal, que necesitaba con urgencia.

Corrió descalza por el burdo pero pulcro suelo de madera, y vació su vejiga con un sonido de alivio que salía de su boca.

—Así que por fin despierta, mi bella durmiente — dijo la voz ronca de Nick haciéndola sobresaltar y pegar un grito.

Lizzy gimió avergonzada; no lo había escuchado entrar y él había oído lo que hacía atrás del biombo. Mortificada, terminó de asearse, pero no se atrevió a salir de su escondite.

Oyó que Nicholas caminaba hacia la mesa y luego, un ruido metálico.

—Ángel, ya puedes salir. Prometo no comerte... por ahora me conformaré 

con la cena —siguió diciendo él, con un tono divertido y seductor a la vez. 

Lizzy sintió un estremecimiento cuando escuchó esas palabras. Miró hacia abajo, y su nerviosismo se acrecentó al ver que su camisón apenas si dejaba algo a la imaginación. Ya que si bien era blanco y virginal, como cabría esperar, estaba confeccionado con una tela muy fina y pegada al cuerpo, debido a que le gustaba dormir fresca y cómoda y no enredada en metros de tela.

—Lizzy... —volvió a decir él ahora con un tono de advertencia—. Si no sales, me veré obligado a ir por ti; no me digas que mi intrépido y temerario ángel se ha convertido en un tímido y temeroso ratoncillo —dijo pinchándola con obvia intención de provocarla.

Lizzy soltó el camisón que había intentado estirar lejos de su cuerpo, y se enderezó envalentonada. Él sabía dónde tocar para que su Lizzy insensata saltase y cogiera al vuelo cualquier reto a su alcance.

—No lo creo, su excelencia —contestó mientras salía y se paraba en el centro del cuarto.

—Por supuesto, no esperaba men... —empezó a decir, de espaldas a ella, acomodando un plato con comida en la mesa, pero se interrumpió cuando giró y la vio. Tragando saliva, bajó la vista lentamente hasta sus pies, que quedaban al descubierto al igual que sus tobillos, volviéndola a subir hasta su cara.

—¿Decía, milord? —inquirió Lizzy tocándole el turno de provocarlo divertida.

—Ya no recuerdo lo que decía —respondió el duque clavando sus ojos azules en ella, con una mirada tan apasionada que las piernas de Lizzy temblaron—.  Pero debes cubrirte, Elizabeth —carraspeó con la voz convertida en un áspero sonido, dándole la espalda con brusquedad…

Elizabeth se sintió complacida y nerviosa por su reacción. Pero la Lizzy curiosa le ganó a la prudente.

—¿Por qué?, no es como si fuera la primera vez que ves a una mujer así.

Él no contestó y comenzó a encender las velas que estaban en la mesa sin volver a mirarla. Lizzy vio que sus manos le temblaban, y eso la hizo sentirse más hermosa y femenina que nunca.

—Además, le dijiste a mi primo que no era más atractiva que cualquiera de tus amantes —puntualizó. Recordando ese momento y aquel sentimiento de dolor y traición, regresó, lo que ocasionó que su pecho se cerrara nuevamente.

La espalda de Nicholas se tensó y apretó ambos puños con fuerza apoyándolos en las mesa.

Lizzy dejó de mirarlo y se dio vuelta hacia la cama para buscar algo con que taparse. Pero de repente se vio arrastrada por una fuerza superior; su espalda golpeó la pared y el cuerpo de Nick la aplastó con brusquedad haciéndole perder el aire de golpe.

Sus ojos azules la miraron con intensidad, y su aliento agitado rozó su nariz. Ella solo pudo mirarlo conmocionada por su repentina cercanía. 

—No puedo pensar que por un instante, aunque fuera por un segundo, tu estés creyendo lo que dije en ese momento —dijo con voz baja y controlada, pero dura y tensa.

—¿Lo creíste? ¿Realmente piensas que te engañé, que jugué contigo, que no siento nada por ti? ¡Respóndeme, Elizabeth! —exigió al ver que ella lo veía muda.

—Yo... yo no lo sé. Dijiste muchas cosas; sonaste muy convincente y admitiste que investigaste a mi padre —respondió vacilante Lizzy—. Sin embargo, no puedo negar que me salvaste dos veces: una al impedir que me casara; la segunda vez, resultando herido, y finalmente volviste por mí aunque te echara de mi lado —terminó bajando la vista, incapaz de seguir viendo su expresión dolida.

—Elizabeth, escúchame —pidió Nick levantando su barbilla para hacer que sus ojos se mirasen; los de él, azules y brillantes, y los de ella, violetas y abiertos de par en par—. Una vez, junto a esa capilla, te abrí mi corazón y confesé lo que sentía por ti; pensé que te había quedado claro, pero ya veo que no. Así que lo intentaré nuevamente; es verdad y no negaré que me fue solicitado por la Corona investigar a tu padre, pero eso no tiene nada que ver ni es el motivo por el que me acerqué a ti.

—Entonces... ¿por qué me abordaste en ese balcón? Si no fue por mi padre, ¿por qué... —Nick puso un dedo sobre sus labios frenando su confundido interrogatorio.

—Sshhh...  no me interrumpas, ángel. —La silenció con voz suave, acariciando el contorno de su cara—. La primera vez que te vi en aquel salón de reunión, rodeada de caballeros y disfrazada de hombre, escondida bajo esa gran capa y enorme sombrero, quedé absolutamente prendado de ti. Me sentí cautivado por tu irreverente valentía, tu refrescante franqueza, tu apasionada defensa de los menos afortunados y tu desinteresado y generoso corazón —siguió diciendo él sin apartar la vista de sus ojos—. Y tal como un hombre sediento perdido en el desierto, ante un vaso rebosante de agua, me vi atraído hacia ti sin poder evitarlo. Pero tú huiste de mí, y pasaron semanas en las que no pude más que pensar en ese ángel de ojos violetas. Te veía en cada joven, te imaginaba en cada cara y hasta dormido me perseguías apareciendo en todos mis sueños. Me desesperaba el no poder sacarte de mi cabeza, me enloquecía el no saber tu nombre, y me desquiciaba pensar que no volvería a verte —continuó hablando él haciendo una pausa para, con una sonrisa y mirada tierna, cerrar con un dedo la boca abierta de una conmocionada Lizzy—. Y cuando me encontraba desencantado y hastiosamente aburrido, tratando de esconderme de las mismas madres y jovencitas ávidas de un título, en aquel balcón apareciste tú iluminando con tu dorada luz mi oscuro y sombrío mundo falto de esperanza. —Mientras hablaba, sus dedos rozaron sus labios, lo que causó un estremecimiento a la joven—. Fue allí donde mi destino o, más bien, nuestro destino se selló. Al verte meciéndote en tu esplendor, tan bella, tan hermosa, tan perfecta, me sentí total y completamente subyugado por ti. No fui capaz de mantenerme alejado de ti y por eso te besé, y cuando nuestros labios se tocaron lo supe; supe con irremediable certeza que por fin te había encontrado. Estaba en casa, había hallado lo que ni siquiera sabía que necesitaba o buscaba.



Eva Benavidez

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En el texto hay: nobleza, regencia inglesa, serie romance

Editado: 10.06.2020

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