Día 17 / Mes 04 / Año XXXX
Edad de Zane: 6 meses / 16 días
Mis párpados se abren lentamente, como si incluso la luz tuviera que pedirme permiso para existir.
Lo primero que veo es a mi madre dormida en una silla cercana. Su postura es incómoda, la respiración pesada. Sigue cansada… y aun así, sigue aquí. Como un faro quieto en medio de la tormenta que soy yo, como si su sola presencia bastara para mantener el mundo en pie.
“Reencarnación”.
La palabra sigue sonando falsa en mi mente. Artificial. Como un sueño escrito por otra persona al que estoy condenado a despertar cada día en este cuerpo prestado.
Estaba muriendo. En aquella habitación blanca. En ese silencio roto solo por el reloj.
Y entonces apareció él.
No.
Hoy no voy a pensar en eso.
Hoy avanzo.
Gatear.
Suena ridículo, pero para mí es una victoria real. Según los pocos recuerdos que conservo, los bebés suelen empezar entre los seis y diez meses. Yo tengo seis meses y dieciséis días. Estoy dentro del rango.
Apoyo las manos contra la tela de la cuna. Empujo.
Mi cuerpo tiembla. No es dolor, es pura debilidad. Mi propio peso es demasiado para estos huesos frágiles. Avanzo unos centímetros… y caigo de cara.
Lo intento otra vez.
Y otra.
Y otra más.
Hasta que finalmente… me muevo.
Es torpe. Lento. Casi patético.
Pero es real. Estoy avanzando.
Una sensación extraña me recorre el pecho. No es felicidad pura, pero se le parece lo suficiente como para no rechazarla. Es como un pequeño rayo de luz que se filtra en una habitación que creí que siempre estaría oscura. Un recordatorio silencioso de que, a pesar de todo, todavía puedo avanzar.
Entonces llega el hambre. Mi estómago no pide permiso.
Dos opciones: llorar… o intentar salir de la cuna.
Miro los bordes. Demasiado altos para este cuerpo delicado. Podría improvisar con la manta, pero si caigo, no será un simple golpe. Para un cuerpo tan frágil, un error basta.
No merece la pena.
No todavía.
Respiro hondo… y suelto un chillido fuerte, desesperado y vergonzosamente infantil.
Mi madre despierta al instante.
—Zane… tranquilo… mami está aquí…
Funciona.
Como siempre.
Me levanta con cuidado, como si temiera romperme.
Calor.
Seguridad.
Algo parecido a paz.
—¿Tienes hambre, pequeño…?
Claro que sí.
Bebo del biberón como si fuera lo único importante en el mundo.
Tal vez lo sea.
Cuando termino, me apoya en su hombro y da suaves palmadas en mi espalda.
—Hay que soltar los gases…
Un par de palmadas y el inevitable sonido.
Sigue siendo humillante.
—Bien hecho…
Me deja en la cuna y empieza a cantar. Siempre la misma nana. Siempre familiar. Siempre imposible de ubicar del todo en mis recuerdos rotos.
Y sin darme cuenta… me duermo.
Día 01 / Mes 11 / Año XXXX
Edad de Zane: 1 año
—¡Feliz cumpleaños, Zane!
Demasiado ruido. Demasiada gente. Demasiada luz.
Hoy cumplo un año en esta vida.
Mis padres sonríen con orgullo. También está la familia del cabello como amanecer. Y una tarta de tres pisos: limón, vainilla y fresa. Perfecta. Inalcanzable.
Me han vestido de vampiro. Un día después de Halloween. Ridículo, pero al menos logré evitar los colmillos. Pequeñas victorias.
Poco después estamos en el parque. Arena, niños corriendo, padres vigilando. Un escenario normal.
—Zewn…
Miro hacia ella. Lía, la niña del cabello como el amanecer, me ofrece una pala de plástico amarilla. La tomo sin pensarlo demasiado.
Construimos algo que pretende ser un castillo. Torpe. Inestable. Suficiente. Ella ríe con esa alegría pura que aún no ha sido contaminada por el mundo. Y, sin darme cuenta, yo también sonrío.
Entonces ocurre.
El otro niño intenta caminar. Falla. Cae.
El castillo se destruye.
Lía llora. Él también.
Caos infantil.
No puedo enfadarme. Solo intento limpiar la arena de sus cabellos con manos torpes.
Y entonces…
todo se detiene.
La arena queda suspendida en el aire. Las voces desaparecen. El viento se congela. El tiempo deja de avanzar.
No estoy sorprendido.
—Eres tú.
Silencio.
Pero lo siento. Esa presencia antigua, fría, que ya conozco demasiado bien.
—Sal.
Nada.
Pero sigue ahí. Siempre está ahí.
Algo se rompe. No el suelo. No el aire. Algo más profundo.
Una grieta.
Y una voz que no viene de ningún lugar y viene de todos:
—Has crecido.
Mi cuerpo se tensa.
—No lo suficiente.
—Nunca.
Una risa distorsionada, incorrecta, que se clava como vidrio roto en los oídos.
La grieta se abre lentamente. Por un instante veo ojos. Demasiados. Mirándome. Sonriendo con hambre antigua.
El aire se vuelve pesado, cargado de algo que no tiene nombre.
—¿Te gusta tu segunda oportunidad?
Miro alrededor. Todo congelado. Todo falso. Un teatro detenido en el momento más inocente.
—No lo sé todavía.
Silencio.
—Mientes.
Sonrío levemente, aunque por dentro siento cómo algo se agrieta.
—Aprendo rápido.
La presencia se acerca sin moverse. El espacio vibra. Siento su aliento frío en la nuca aunque no tenga cuerpo.
—Eso lo hace más interesante.
El aire se vuelve más denso. Más oscuro.
—Recuerda esto, Zane…
Una oscuridad absoluta me envuelve por un instante. Y en ese vacío, la voz susurra con una claridad aterradora:
—No eres el único que volvió.
Y entonces todo regresa.
El ruido.
El movimiento.
El llanto.
Como si nada hubiera pasado.
Pero yo lo sé.
Y por primera vez desde que regresé…
no me siento solo.
Y eso…
no es algo bueno.