¿Cómo se sigue ahora? Con clases virtuales y lejos de Alicia. Legalmente lejos. Tenés suerte de ser menor de edad y no estar en una celda, aunque sabés que ese es el lugar para gente como vos.
Mientras tanto, tu papá no deja de taladrarte la cabeza, como si no fuera suficiente con vos mismo. Pero es lo que tenés, no podés volver a llamar a tu mamá. Sos un peligro para ella y Daniela. Lo único que podés hacer es quedarte con él y tus merecidos moretones en esa vieja casa de Temperley, aguantando sus sermones.
—Papá, quiero que le saques la denuncia al hermano de Alicia.
—¡Vos no estás en posición de pedir nada! Yo sé lo que hago.
—Él solamente la defendía.
—No estabas cerca de ella, no puede decir eso.
No estás cómodo con lo que tu papá dice. Te acordás de Daniela agarrando tu dedo con su pequeña mano, que en unos años no sería tan pequeña.
—Yo hubiese hecho lo mismo.
—¡Dejá de pensar en golpear gente! ¡No te voy a poder cubrir toda la vida!
Está más alterado que nunca.
—No entiendo, ¿por qué pensaban que estaba embarazada? ¡Usa inyecciones y vos preservativos! ¿Por qué quedaría embarazada?
—Solo inyecciones.
No te gusta nada su cara. Te mira fijo, con el ceño fruncido y aprieta los puños. Después de un tiempo de silencio, suspira y empieza con otro monólogo: a los ya conocidos “¿Cómo le vas a pegar a una mujer en la vía pública?”, “Te advertí sobre esa piba”, “Los tiempos cambiaron” les tenés que sumar “Desde los doce sabés sobre las enfermedades de transmisión sexual, ¡el forro va sin falta!”.
—Además, no podés confiar en las minas. Después de todo, pueden dejar de cuidarse sin avisarte, dejarte con la crianza solo. ¡Y 17 años después estás yendo a buscar al boludo a la comisaría!
No podés creer lo que escuchás. Ya sabés la historia, tu abuelo siempre te molesta diciendo que tu mamá quiso atrapar a tu papá y después lo devolvió. Pero tu papá nunca comentó algo al respecto. Es más, le molesta que te lo diga. Sin embargo, ahí está, por prime ra vez, quejándose de que hayas nacido. Y eso te altera.
—¡Bueno, perdón por haber nacido! ¡Perdón por encontrarme con el óvulo! ¡Fue sin querer! ¡Te juro que no lo vuelvo a hacer!
Tu papá no está acostumbrado a que le grites. Está asombrado. ¡Por fin le cerraste la boca! Aunque no por mucho tiempo.
—Mañana vamos al laboratorio a analizarte, ya le pido una orden a tu tío.
—Papá, ¿le pegué a mi novia y vos te preocupás por si tengo SIDA?
—¿Sabés lo complicado que es vivir con una enfermedad venérea? ¡Te conté de mis clientes despedidos por discriminación!
—No tengo nada, solo con ella no me cuidé. No sé, los pibes de Escalada me dijeron que se sentía diferente y…
—¡Sí! ¡Se siente diferente! ¡Estar medicado de por vida se siente diferente! ¡Y sí, me preocupa más eso que una peleíta con tu novia!
—¡No fue una simple peleíta! ¡Papá! ¡Necesito ayuda!
—Ya sé, te estoy ayudando.
Suspirás, querés pedirle lo que todos te recomiendan. Lo mirás hablar por celular con tu padrino para que te haga la orden médica. Tu tío quiere hablar con vos, pero lo rechazás; necesitás hacerle un pedido serio a Roberto.
—Papá, ¡quiero ir a terapia! —decís cuando corta.
—Sí vas a ir, la ley dice eso. Ya te expliqué qué tenías que decir para hacer las cosas más rápido.
—No, papá, quiero ayuda de verdad, para dejar de alejar gente. Alejo a todo el mundo. Alejé a Helena, a mis amigos. Ahora a Alicia. Papá, casi mato a mi hijo.
Tu papá suspira otra vez y se pasa las manos por la cabeza mientras habla.
—¿¡Cuál hijo!? ¡Nunca existió un hijo!
—Pero yo creía que sí, y le pegué sabiendo eso. Yo tenía miedo y reaccioné así. ¡Papá, intenté cambiar, pero no pude! ¡Dije que no lo iba a hacer más y no pude! No puedo solo.
Ves a Roberto incómodo con esa confesión. No sabe lidiar con esto, sos un tema que se le fue de las manos. Claro que él no lo va a admitir jamás. Después de un momento de silencio que le das para que respire, seguís.
—Extraño a mis amigos y se alejaron porque los cansé. Mamá ya sabía que iba a ser así, por eso se fue.
—Alan, ¿qué decís? —pregunta con asombro.
Otra vez aparecen esas imágenes que te despiertan agitado desde chico. Esas que querés olvidar, pero no podés. Está todo fresco.
Esa mañana no había empezado bien. Cuando fuiste a desayunar te pusiste nervioso al entrar a la cocina. Tu mamá temblaba y parecía haber llorado; mientras tu padre golpeaba los dedos en la mesa y la miraba fijamente. Esa cara te daba miedo, pero la cambió cuando te vio, siempre lo hacía. Tu papá te alzó e hizo el desayuno. Le dio la orden a tu mamá y ella fue a cambiarse para llevarte al jardín. Después los dos salieron para allá.
En el camino, hiciste berrinche porque no te quiso comprar golosinas en el kiosco. Te pusiste loco solo porque se olvidó la billetera. Le pegaste en las piernas y repetías que era una perra hasta que te zamarreó y gritó: “¡Calmate, Alan!”. Cuando la viste llorar, paraste, pero ya era tarde. Ella podía soportar los maltratos de tu papá, de él esperaba gritos y golpes, de vos no. La decepcionaste. Por eso tu abuela te fue a buscar esa tarde. Y todas las tardes siguientes, también.
Por eso no vale la pena que le atiendas las llamadas. ¿Para qué? ¿Para qué confirme que sos un monstruo? ¿Para qué vea lo bien que hizo en irse? Hacés un esfuerzo increíble para contener las lágrimas. Cuesta, pero te enseñaron bien.
—Hijo, ¿Maribel te dijo que se fue por eso?
Cuando te está por acariciar la espalda, le sacás la mano.
—No… nunca me dijo por qué. No quise escucharla, le pedí que no me lo dijera. Me iba a mentir, iba a decir que no era mi culpa.
Tus manos tiemblan, no te gusta recordar ese día. ¿Cómo podés acordarte de algo que pasó hace tantos años con una imagen tan nítida? Como si fuese un video, las imágenes y los sonidos suenan fuerte en tu cabeza.