Al día siguiente, Pria salió de su departamento. Había
dormido poco. Los ojos todavía le ardían por haber llorado
durante buena parte de la noche. Entró al ascensor y se quedó
mirando el suelo. Como si el día anterior hubiera sido demasiado
para ella. Las puertas estaban a punto de cerrarse cuando
escuchó unos pasos. Su vecino apareció junto a Tomás. El perro
entró primero, luego él , presionó el botón de planta baja. Las
puertas se cerraron. Pria se apoyó contra los espejos del
ascensor, cabizbaja. Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Hasta que él habló. Sin girar la cabeza. -¿Estás bien, Pria? Ella
levantó la mirada sorprendida. No esperaba que supiera siquiera
que estaba ahí.
-Sí... estoy bien -respondió en voz baja. El ascensor llegó a
planta baja. Las puertas se abrieron. Él dio un paso hacia
adelante, pero antes de salir se detuvo. -Soy Dante, por cierto.
Pria lo miró. Por fin conocía su nombre. -Y si alguna vez
necesitás algo... solo tocá mi puerta. Y salió. No se giró. No dijo
nada más. Pria permaneció unos segundos dentro del ascensor.
Dante. Por primera vez sabía cómo se llamaba su vecino. Y por
alguna razón, aquella pequeña frase había conseguido hacerla
sonreír. Pero entonces apareció nuevamente el recuerdo de
Lucio. Y la sonrisa desapareció. ----
En el atelier, Pria intentó pintar. Pero no podía. Cada pincelada
parecía equivocada. Los colores no tenían sentido. Todo le
parecía oscuro. -No puede ser... -murmuró. Roma se acercó.
-Pria, ¿estás bien? Ella dejó el pincel. -No. No puedo hoy.
Guardó sus cosas. -Me voy. -¿Querés que te acompañe? -No.
Necesito caminar un poco. Roma la observó alejarse,
preocupada. Pria caminó sin rumbo. Dejó que el viento golpeara su rostro.
Intentó no pensar. Pero cuanto más lo intentaba, más aparecían
los recuerdos. Hasta que llegó a su edificio. Y entonces se detuvo.
Lucio estaba apoyado contra su auto. Esperándola.
Al verla, caminó rápidamente hacia ella. -Hola, Pria. ¿Podemos
hablar? -No. -Pria... -Ya terminamos, Lucio. Intentó pasar. Pero él
la tomó del brazo. Con fuerza. -Hablemos. Me lo debés. Pria lo
miró incrédula. -¿Qué? -Desapareciste hace meses.
A lo lejos se escuchó un perro ladrar. Pria intentó soltarse.
-¡Soltame! ¡No te debo absolutamente nada! Vos me engañabas,
me mentías y ahora aparecés diciendo que yo
te debo algo. ¡Soltame! Entonces una voz firme sonó detrás de
ellos. -¿Está todo bien, Pria? Ella levantó la mirada. Dante estaba
allí. A su lado, Tomás ladraba y gruñía .
Lucio lo
enfrentó. -Esto no es asunto tuyo. Dante no levantó la voz. -Todo
lo que le pasa a ella me importa. Buscó con la mano hasta
encontrar el hombro de Pria y la tomó suavemente. —Ella es mi novia. ¿No te quedó claro que no quiere hablar con vos? —dijo Dante, con una voz grave que Pria nunca le había escuchado.
Lucio se quedó helado.
Pria, sorprendida, no dijo nada. Solo se dejó abrazar. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió segura.
—Andate —repitió Dante—. Ahora.
Lucio los miró a los dos, a Pria abrazada a un hombre ciego con un perro guía, y no entendió nada.
Dante continuó:
-Y no voy a permitir que un idiota la amenace en plena calle.
Sacó su teléfono. -Te sugiero que la sueltes y te vayas. La
próxima vez no voy a ser tan amable. Voy a llamar a la policía.
Lucio apretó la mandíbula. -Esto no terminó. Finalmente soltó a
Pria. Se alejó furioso y subió a su auto. Dante esperó hasta
escuchar cómo el vehículo se marchaba. Después miró hacia
Pria. -Vamos. --- Subieron al edificio en silencio. Cuando llegaron
al piso, Dante caminó hacia su departamento. Pria lo siguió.
Antes de entrar, finalmente se animó a hablar. -Gracias. Dante no
respondió.Pria bajó todavía más la voz. -Gracias... otra vez. Dante giró
ligeramente la cabeza hacia ella. -No deberías dejar que te traten
así. Su voz fue firme. Pero amable. -Nunca. Pria se quedó sin
saber qué responder. -Ni siquiera sé qué estoy buscando...
-murmuró. Dante abrió la puerta. -Hacé como quieras. Hizo una
pausa. -Pero alguien así no te merece. Entró. Pria lo miró
alejarse. Y algo dentro de ella hizo que lo siguiera. -¡Vos no
sabés nada de mí!
Dante se detuvo. -¿Por qué me ayudás? -No me hablás. No me
saludás. Y de repente les decís ,que soy tu novia y me abrazás...
Dante levantó la cabeza. -Creí que necesitabas ayuda. Hizo una
pausa. -Por eso mentí. Pria se quedó callada. -Pero si no querés
que me meta más... -No. No es eso. Y entonces Pria miró
alrededor. Se dio cuenta de algo. Estaba dentro del
departamento de Dante. Era casi completamente vacío. En el
living había un sillón. Un pequeño mueble con un parlante.
Seguramente de allí salía la música clásica que escuchaba por
las noches.
No había mesa. Ni sillas. Ni cuadros. Ni adornos. Nada. Parecía
más un departamento recién abandonado que el hogar de un
hombre. Dante se sentó en el sillón. Tomás se acostó a sus pies,
agotado después del paseo. -¿Qué pasa? -preguntó Dante.
-Nada. Pria volvió a mirar alrededor. -Me acabo de dar cuenta de
que entré a tu casa... Dante permaneció serio. -Y nunca me
habías invitado antes. -Tampoco te invité ahora.
Pria abrió la boca. No encontró qué responder.
—Tenés razón. Perdón. Ya me voy.
Se dio vuelta para irse, un poco herida.
—Pria.
Era la primera vez que decía su nombre.
Ella se detuvo.
—Quedate un rato más. Tomás está contento de verte.
Pria sonrió. Por primera vez, no era ella la que ponía la excusa de la bolsa de dulces. Y se fue para su departamento.