Desde los ojos de Nicole

Capítulo 11

Eran las 9 p. m. del día de mi cumpleaños, y ya estaba afuera de la casa de Elena. Al avisar de mi llegada, quien me abrió la puerta fue Max.

—Hola, hermosa —saludó, sonriendo.

—Vengo lista para mi sorpresa —respondí con entusiasmo.

Al entrar, noté que la mesa estaba repleta de botellas de alcohol, vasos desechables y una cantidad exagerada de snacks, demasiado para solo cuatro personas. Elena me explicó que había más invitados, pero al organizar la fiesta se equivocaron con la hora. En realidad, yo debía llegar más tarde.

Me acerqué a Max, que se estaba sirviendo un vaso de cerveza. Lo abracé por detrás, sintiendo el calor de su cuerpo junto al mío.

—¿Llegaste hace mucho? —pregunté.

—No, solo un par de minutos antes que tú. Teníamos que ordenar todo para la fiesta. Menos mal que alcanzamos, tu llegada nos sorprendió.

—¿Estás bien con la presencia de Andrés?

—No me siento incómodo por su presencia. No creo que sea más lindo ni mejor que yo —respondió con seguridad.

—Gracioso... en serio, ¿estás bien?

—Sí, no te preocupes. Además, es tu cumpleaños, tú mandas.

—¿Seguro? —pregunté, levantando una ceja—. Y si te pidiera un beso, ¿me lo darías?

—Te daré todos los besos que quieras, durante todo el tiempo que quieras —respondió, con una sonrisa seductora.

—Te amo mucho.

—También te amo.

Después de unos quince minutos, empezaron a llegar los demás invitados: compañeros de universidad, conocidos de Elena... y, como no podía faltar, Andrés. La fiesta comenzó a cobrar vida; la música retumbaba en el pecho mientras algunos bailaban libremente.

Antes de que Andrés pudiera acercarse, Elena lo interceptó. Los vi gesticulando bastante. Parecía que se estaban diciendo algunas verdades, pero bueno, esta noche yo no iba a salvar a nadie.

Max me invitó a bailar, entrelazó sus dedos con los míos y me condujo al centro del salón. Todo parecía perfecto... hasta que Andrés consiguió llegar a nuestro lado.

—Hola, soy Andrés.

—Sí, sé quién eres. Soy Max —respondió firme.

—Así que tú eres el famoso Max —comentó sarcásticamente.

—Y tú, el famoso Andrés —replicó sarcásticamente.

—No quiero incomodarte, ¿podría hablar con Nicole en privado? —preguntó Andrés.

Max se mantuvo en silencio unos segundos.

Interrumpí antes de que respondiera:

—Si quieres hablar, que sea con él presente.

—Ya, pero es importante. Es que mi papá tuvo un problema... y es delicado.

—Bueno, mejor me voy —se despidió Max.

—¡Espera! —lo detuve, sujetándole la mano.

Se giró, sonriéndome.

—No te preocupes. Les daré un par de minutos.

Antes de irse, me besó lentamente.

—Ya dime, ¿Qué pasa? —pregunté.

—La verdad... mentí. Mi papá está bien. Es que no quería hablar frente a él.

—¿Otra vez mintiendo? —reclamé, poniendo las manos en las caderas.

—Es que te ves tan hermosa... No pude evitar pensar en lo lindo que nos veríamos juntos —comentó con esperanzas.

—No ha pasado ni un día y ya estás rompiendo tus promesas.

—Ya, pero no te pongas tan intensa...

—¿Intensa? ¿En serio? No sé para qué te invité. Sentí un poco de lástima, ¿sabes?, pero ahí estás como siempre.

—Ya, perdón. Es que me gusta cuando peleamos. Ver esa intensidad en tus ojos me hace pensar que todavía hay algo. Si no, no te afectaría.

—Hazme un favor: olvídate de que volvimos a ser amigos. Disfruta la fiesta, ya no me hables —declaré con una mueca de desagrado.

Comencé a buscar a Max mientras Andrés iba persiguiéndome, tratando de hablarme, pero él ya había agotado toda mi paciencia, así que simplemente lo ignoraba. Busqué a Max por toda la casa: el baño, la habitación de visitas, incluso la de los papás de Elena. Nada. Solo me quedaba un lugar por revisar: la habitación de Elena.

Cuando entré, vi a Max sentado en la cama, demasiado cerca de Elena. No dije nada. Ambos se giraron asustados al verme.

El primero que habló fue, por supuesto, Andrés.

—Vaya, vaya... qué imagen más bonita.

—¡Cállate! No ha pasado nada —respondió Max agresivamente.

—Puedo explicarlo —dijo Elena, tragando saliva.

—Si quieren, me puedo llevar a Nicole para que terminen lo que estaban haciendo —comentó Andrés.

Max se levantó de un salto en dirección a Andrés.

—¡Hey! —grité—. ¿Qué vas a hacer?

Él se detuvo, mirándome perplejo.

—Creo que será mejor que hablen a solas —dijo Elena, intentando escabullirse.

—¡No! Todos nos quedamos aquí. Incluso tú, Andrés.

—Nicole, déjame hablar, estoy aquí porque vine a buscar algo —declaró Max.

—Qué conveniente —ironizó Andrés.

Max ignoró esta vez el comentario y buscó algo en su bolsillo.

—Este es tu regalo. Estaba aquí con Elena porque me lo estaba guardando. Vine a buscarlo, aprovechando que estabas conversando con Andrés. Solo fue eso. Jamás te sería infiel. Te amo.

Sacó una pequeña caja que perfectamente podría contener un anillo u otro tipo de joya. La abrió con cuidado y, en efecto, era un anillo.

Elena aprovechó el giro emocional de la habitación para salir, llevando a Andrés del brazo.

Mis manos fueron hacia mi boca. Realmente era un regalo que no me esperaba, pero aún seguía algo confundida por toda la situación de verlo tan cerca de Elena.

—Sé que no es el mejor momento. Sé que somos jóvenes, que aún falta un año para terminar nuestras carreras, que todavía nos queda mucho por vivir. Y quiero dejar claro que esto no es una propuesta de matrimonio formal... desde que te conocí supe que quería pasar el resto de mi vida contigo. Así que acepta este anillo como una promesa entre nosotros, de que queremos lo mismo y que, en el momento adecuado, lo haré oficial —confesó Max, con los ojos llorosos.

Me quedé paralizada. En cualquier otra ocasión habría corrido a abrazarlo y besarlo sin dudar, pero esta vez algo invisible me frenaba. Al no tener una respuesta inmediata de mi parte, su rostro comenzó a tensarse; su mandíbula se apretaba y parpadeaba con rapidez.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.