Fui al mall en busca de algún perfume para regalarle a Max. Recordaba que el aroma que más le gustaba era de la familia amaderada, esos olores cálidos y profundos que parecían envolverlo en una atmósfera de calma y sofisticación. Esta vez quería probar algo diferente, sorprenderlo con algo fresco, que lo hiciera sentir renovado.
Caminaba entre los estantes cuando un vendedor se acercó a mí con una sonrisa amable y me recomendó un perfume de la familia acuática. Me explicó que tenía notas salinas, un aroma ligero y refrescante, como la brisa fresca de la costa en un día despejado. Lo probé en una tira de papel y pensé que podría ser una buena opción, aunque aún quería comparar con otros aromas para estar completamente segura.
De repente, un dolor de cabeza punzante me tomó por sorpresa. La luz blanca y brillante de la tienda comenzó a molestarme intensamente, como si mis ojos no pudieran soportarla. Sentí una presión en la frente que crecía con cada segundo y, al mismo tiempo, una extraña sensación se extendía por mis mejillas, como si mi cuerpo quisiera avisar que algo estaba a punto de suceder: una especie de alarma interna que no podía ignorar.
Tambaleándome, caminé por los pasillos en busca de algún baño. Al encontrarlo, cerré la puerta con llave y me apoyé contra el lavabo, tratando de recuperar el aliento, y en un segundo simplemente vomité. Me limpié la boca y la cara con cuidado. Mi reflejo en el espejo mostraba a una versión de mí pálida y cansada.
Salí del baño y fui directo al supermercado a comprar una botella de agua.
Avanzaba por el mall y noté algunas tiendas nuevas: una zapatería con escaparates brillantes, una chocolatería que dejaba escapar un aroma dulce y, al lado, una tienda de ropa de bebé. Al leer la palabra "bebé" en el cartel, algo me paralizó. Un pensamiento se instaló con fuerza: estaba atrasada con mi periodo.
No le había dado importancia antes, porque en otras ocasiones también me había pasado. Aunque nunca había vomitado.
¿Existía la posibilidad de estar embarazada?
La verdad era que sí. Recordé aquella noche en que Max y yo volvimos de la playa, cuando nuestras emociones y deseos se mezclaron y confundieron. Esa noche, quizás, había cambiado todo.
Con el corazón latiendo con fuerza, fui en busca de una farmacia y compré tres tests de embarazo. No quería esperar para despejar esa duda que me carcomía. Usaría al menos uno de inmediato. Si salía negativo, todo estaría bien. Podría seguir con mis compras y continuar el día. Solo debía esperar cinco minutos.
Volví a entrar al baño, abrí uno de los envases y seguí las instrucciones. Los segundos se hacían eternos y mi mente rugía. Oraba para que el resultado fuera negativo. Amaba a Max con todo mi corazón, pero todavía me faltaba un año para terminar la carrera. No tenía los medios ni me sentía preparada para asumir una responsabilidad tan grande.
Alguien golpeó la puerta desde afuera.
—¿Hola? ¿Está todo bien? —preguntó una voz de mujer—. Hay gente esperando.
—Sí, ya salgo. Un minuto —respondí, intentando controlar el temblor de mis manos.
Cuando sonó la alarma que indicaba que el resultado estaba listo, cerré los ojos, como hacía de niña, creyendo que, si no veía algo, entonces no existía.
Pero ahí estaban: dos líneas rojas claras, innegables. Era positivo.
¿Qué iba a hacer ahora? Sentía que mi vida daba un giro que no podía detener.
Pensé en la mamá de Max, que ni siquiera me soportaba, aunque al menos estaba empezando a aceptar nuestra relación poco a poco. Pero con esto, todos los avances se verían destruidos. También se me vino a la mente mi papá, a quien nunca tuve el privilegio de conocer; falleció un poco antes de que yo naciera. Durante mucho tiempo me pregunté cómo habría sido su voz, si habríamos compartido gustos, si estaría orgulloso de la persona en la que me había convertido. Pero esas respuestas nunca llegaron... Aunque su ausencia quedó marcada en mi corazón, mi abuelo siempre intentó estar ahí para cuidarme y acompañarme en mis diferentes procesos.
Me pasé las manos por la cara, intentando aclarar mis pensamientos, como si pudiera sacudirme todas esas emociones de golpe. Respiré profundamente y llevé una mano a mi vientre, casi instintivamente. Y entonces pensé en mamá, en todo lo que había hecho por Samuel y por mí, sin reservas, sin excusas. Para mí, ella era perfecta.
Aun así, yo no era como ella. No tenía su fuerza ni su certeza, y mucho menos sabía cómo cuidar a un bebé. ¿Cómo se le cortaban las uñas a un recién nacido sin lastimarlo? ¿Cómo se calmaba cuando lloraba? ¿Cómo se sostiene su pequeña cabeza?
Volví a casa en silencio. Necesitaba confirmar lo que ya sabía. En la intimidad de mi baño, usé los otros dos tests. Solo para estar segura... y sí, ambos también salieron positivos.
Le pedí a Max que viniera a casa en treinta minutos. No podía esperar más. Puntual como siempre, allí estaba, con esos ojos que para mí eran los más hermosos del mundo. Por un segundo, un pensamiento fugaz cruzó mi mente: ojalá nuestro bebé tenga sus ojos.
Max me miraba perplejo, sin entender por qué lo había citado con tanta urgencia.
Yo tampoco sabía cómo empezar. Tenía la boca seca, las manos frías.
—Max... —hice una pausa—. Me hice tres tests. Estoy embarazada.
Él parpadeó lentamente, como si no comprendiera del todo. Vi cómo su expresión cambiaba, dejando paso a una emoción profunda que no supe descifrar de inmediato.
—¿Estás segura?
Asentí. Saqué uno de los tests del bolsillo de mi chaqueta y se lo mostré.
Max me abrazó. No dijo nada más, pero la forma en que me sostuvo, con los ojos brillantes y los brazos apretándome sin hacer daño, me transmitió su ternura, su amor y la certeza de que no estaría sola en esto.