Desde los ojos de Nicole

Capítulo 18

En los días siguientes me quedé en casa, solo conviviendo con mi familia. No quería ver a Max, ni a Elena, ni a Andrés. En mi celular se acumulaban sus mensajes, pero ¿sus palabras realmente podían reparar el daño? No quería dejarme llevar por la rabia ni culpar a Max por la pérdida de nuestro hijo, aunque no podía evitar preguntarme si todo el estrés y la intensidad emocional de ese día habrían provocado ese final tan doloroso. Tristemente, creo que nunca lo sabré del todo. De alguna forma, tendría que aprender a seguir adelante. ¿Cómo avanzas cuando una parte de ti ya no está?

Comencé a buscar información en internet sobre terapia, porque, aunque fuera difícil aceptarlo, no podía cargar con todo sola. Me gustaba la idea de tener un espacio donde pudiera hablar de lo que sentía, a mi ritmo, sin esos juicios que a veces recibes de amigos o de algunos familiares. Estaba segura de querer empezar; lo complicado era encontrar un terapeuta que me diera buena impresión desde la primera vez. Había reseñas de todo tipo. Algunas malas, pero sabía que también había profesionales de verdad. Solo debía buscar e intentarlo.

Estaba en eso cuando tocaron la puerta.

No tenía ganas de levantarme. Sabía que mi familia tenía llaves, así que, si alguien tocaba, seguro no era alguien que quisiera ver.

Volvieron a tocar.

Los ignoré.

Pero no se detuvieron.

Golpearon otra vez.

Suspiré, me levanté lentamente del sillón de la sala y, arrastrando los pies, fui a la puerta.

Cuando abrí no podía creer quién estaba ahí parada.

—Hola, Nicole. ¿Puedo pasar? —dijo la madre de Max.

—Claro, adelante —respondí, confundida.

No sabía cómo había descubierto dónde vivía. Nunca se lo había dicho, ni la había invitado. Era la primera vez que venía.

—Disculpa que haya venido sin avisar, quería hablar contigo —añadió, mientras miraba la casa con atención.

La invité a sentarse en el sofá, donde solo cabíamos las dos.

—¿De qué quieres hablar? —pregunté.

—Sé que piensas que soy arrogante o prejuiciosa. Nunca te traté bien, pero no soy un monstruo. Hay cosas de las que no me gusta hablar.

Suspiró, y después de un instante continuó:

—Crecí en una familia donde siempre se esperaba la perfección, y mostrar emociones no era una opción. Todo debía hacerse según lo que dictaba mi padre. Teníamos una buena situación económica y varios empleados en la casa.

—Un día conocí al hijo de la señora de la limpieza: Alonso. Era de tez blanca, cabello negro y tenía mi misma edad, quince años. Me gustaba hablar con él; veía en ese joven mucho potencial.

—Empezamos a vernos en secreto. Sabíamos que, si nos descubrían, habría problemas para los dos. No era algo pasajero, lo amaba de verdad. Pero nos descuidamos, y quedé embarazada.

—Cuando lo supe, busqué a mi madre, esperando su ayuda, su protección, y ella se lo contó a mi padre. Ese mismo día me obligaron a abortar, aunque yo no quería.

Al escuchar su relato, una lágrima solitaria se deslizó por mi mejilla.

—Entonces, cuando Max me contó que salías con él, alguien de un nivel socioeconómico diferente, recordé aquel amor y también reviví todo ese dolor, la impotencia cuando me sujetaron y me llevaron a una casa con poca luz, donde el frío se metía en los huesos y todo olía a humedad y abandono. Sentí que podía morir ahí, por las condiciones del lugar, por el miedo, por todo.

No sabía qué decir. Había conocido a una mujer que antes me intimidaba, y ahora estaba en mi casa, siendo vulnerable conmigo. Una parte de mí entendía por qué había sido así, y me dolía. La otra parte sentía rabia e impotencia por lo que su familia le había hecho vivir. Extendí la mano para tomar la suya, pero dudé y la retiré. No sabía cómo reaccionaría. Solo pude ofrecerle unos pañuelos.

Ella me miró y sonrió débilmente.

—Lamento que tú también perdieras a tu bebé —dijo con una voz baja, sincera y todavía temblorosa por los recuerdos.

Cerré los ojos y apreté el puño, tratando de controlar todas las emociones que me invadían, hasta que sentí un calor suave y acogedor alrededor. La mamá de Max había puesto su mano sobre la mía.

—Si las lágrimas vienen, no las detengas. Tienes derecho a sentirlo todo.

Sus palabras y el calor de su mano me calmaron. Me protegieron de mis pensamientos y de la culpa que sentía por perder a mi bebé.

—Gracias por venir, y por confiar en mí al contarme tu pasado.

—Si necesitas algo, puedes contar conmigo.

Se levantó del sofá, ya más calmada, con esa seguridad que siempre la caracterizaba.

—No quiero arruinar este momento, pero quiero que sepas que Max está afuera, en el auto. Quiere hablar contigo. Si no te sientes lista, lo entiendo, y me lo llevaré.

Mi cuerpo no respondía, mi mente giraba caóticamente, incapaz de poner orden a mis pensamientos. Finalmente, respiré profundo.

—Dile que venga —respondí con una opresión en la garganta.

Estaba de pie al medio de mi sala de estar, mirando el suelo, cuando sentí la presencia de que alguien me observaba; una descarga helada me recorrió por completo.

—Nicole.

No respondí; entonces escuché el roce leve de sus zapatillas contra la cerámica, como si el silencio lo amplificara todo.

Con miedo de mirarlo a los ojos, levanté la cabeza... y le pedí que se detuviera. Sus ojos reflejaron confusión, como si no pudiera entender mis palabras.

—¿Qué quieres? —pregunté.

—Después del hospital, no hemos podido hablar sobre nosotros —dijo con un tono apagado.

—Ya no hay un nosotros —respondí con dificultad, tragando saliva.

Sus ojos se llenaron de una tristeza profunda, como si una parte de él se quebrara en ese instante.

—Lo siento tanto por todo. Daría cualquier cosa por cambiar el pasado.

—Tus disculpas no valen nada... perdí a mi hijo por... —me detuve, incapaz de pronunciar el resto.

—¡Yo también estoy sufriendo por perder a nuestro hijo! —gritó con la voz desgarrada.




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