Destinos en contramano

Capitulo 3: El calor de la tregua

​El silencio que siguió a las palabras de Carla se estiró como una cuerda de violín a punto de romperse. Enzo la miró fijamente, con la colilla del cigarrillo muriendo entre sus dedos, exhalando el último hilo de humo. La distancia entre los dos en el murete de la terraza parecía haberse reducido a nada; el aire fresco de la noche de Almagro de repente se sentía pesado, cargado de una electricidad que ninguno de los dos sabía cómo apagar.

​Enzo soltó una risa seca, rompiendo el hechizo, y tiró la colilla al piso, pisándola con la punta de su zapatilla gastada.

​—Sos mandada a hacer para buscarte problemas, ¿no, vecina? —dijo, estirando el brazo para arrebatarle la lata de cerveza de las manos. Sus dedos se rozaron un segundo, un contacto helado por el aluminio pero extrañamente cálido en la piel—. Te doy un consejo gratis y me salís con psicología barata.

​—No es psicología, es lo que veo —replicó Carla, acomodándose la campera mientras sentía que el corazón le latía un poco más rápido de lo normal—. Te esforzás demasiado en hacer que todo el mundo te odie. Debe ser agotador.

​—Es más fácil que dar explicaciones —Enzo se puso de pie de un salto, con esa agilidad felina y despreocupada que tenía. Se paró justo al borde del murete, mirando las luces difusas de la avenida Corrientes—. Si la gente te tiene idea, no se te acerca. Y si no se te acerca, no tenés que andar pidiendo perdón por existir.

​Carla lo observó desde abajo. La luz de la luna recortaba sus hombros anchos bajo la campera de cuero negro. Había algo puramente salvaje en él, un imán para el desastre que, en lugar de alejarla, la empujaba a querer entender qué carajo había dentro de esa cabeza rota.

​—¿Y a quién le tenés que pedir perdón? —preguntó ella en voz baja.

​Enzo se congeló. La mandíbula se le tensó tanto que Carla pensó que iba a romperle la tregua en la cara. Él bajó del murete de un paso, quedando a escasos centímetros de ella, obligándola a levantar la cabeza. Sus ojos oscuros brillaban con una furia sorda, peligrosa.

​—Te dije que no te metas ahí, flaca —siseó, con la voz pastosa y un aliento que mezclaba tabaco, cerveza y esa oscuridad tan suya—. No juegues a la salvadora porque te vas a quemar las manos. Preguntale a cualquiera en el barrio quién soy. El pibe que no da un peso por nadie, el que se mete de todo para no pensar. No tengo arreglo.

​—Nadie es incorregible, Enzo —desafió Carla, sosteniéndole la mirada, plantándose firme a pesar de que el calor que desprendía el cuerpo del chico la estaba mareando.

​—Ah, ¿no? —Enzo dio otro paso, acorralándola sutilmente contra la pared del tanque de agua. El olor a nafta y el sutil perfume de su piel la envolvieron por completo. Él apoyó una mano en la pared, justo al lado de la cabeza de Carla, inclinándose hacia ella—. Mirame. ¿Ves esto? —Señaló con la otra mano la pequeña cicatriz de su cuello—. Esto me lo dio el asfalto la noche que me morí por dentro. No querés conocer al Enzo que se esconde cuando se apaga la moto, te lo aseguro.

​La cercanía era asfixiante, ardiente. Carla podía contar las pestañas de Enzo, notar el temblor casi imperceptible en sus labios. La tensión que había nacido como una guerra de ruidos en la madrugada mutaba en algo mucho más denso, una atracción física y desesperada que los empujaba al vacío.

​Carla no se movió. No esquivó la mirada. En lugar de eso, levantó una mano despacio y, desafiando todas sus propias reglas de supervivencia, rozó con la punta de los dedos la campera de cuero de Enzo, justo a la altura del pecho, donde el corazón del chico latía con una violencia desbocada.

​—Hacés mucho ruido para estar muerto —repitió ella en un susurro, con los labios a centímetros de los de él.

​Enzo contuvo el aliento. Por un segundo, la máscara de pibe canchero y cínico se agrietó por completo. Sus ojos bajaron a los labios de Carla, y la tentación de estamparla contra la pared y besarla con la misma furia con la que manejaba su moto casi lo vence. Estaba tan cerca de romper la distancia, de arrastrarla a su propio infierno.

​Pero el sonido de un portazo abajo, seguido por el grito arrastrado de Elena llamando a su hija, rompió el aire como un disparo.

​—¡Carla! ¡¿Dónde carajo estás?!

​Carla reaccionó como si la hubieran despertado con un balde de agua fría. Bajó la mano, el rostro encendido de golpe por la vergüenza y la realidad de su vida que volvía a reclamarla. Enzo retrocedió un paso, metiendo las manos en los bolsillos de la campera, recuperando su sonrisa de suficiencia con una velocidad que a Carla la dejó mareada.

​—Tu club de fans te reclama, vecina —dijo Enzo, con ese tono arrastrado y burlón, aunque su voz todavía sonaba un poco más ronca de lo habitual—. Mejor bajá antes de que tu vieja decida prender fuego el complejo y las casas circundantes.

​Carla se acomodó la mochila, intentando recuperar el aire y la compostura. Se sentía estúpida, expuesta.

​—Sos un imbécil —dijo, pasando por su lado a toda prisa hacia la escalera de caracol.

​—Un imbécil que te salvó de aburrirte esta noche —le gritó él desde la terraza, mientras sacaba otro cigarrillo del bolsillo—. Mañana cambio el aceite de la moto a las cuatro de la mañana, sintonizá la radio.

​Carla bajó los escalones de hierro con las piernas temblando, no sabía si por la adrenalina de la discusión con su madre que la esperaba abajo, o por el calor que todavía le quemaba la piel donde Enzo había estado a punto de tocarla. Al entrar a su departamento, el living estaba a oscuras y su madre ya se había desplomado en el sillón, con la botella vacía en el suelo.

​Carla limpió el desastre de la cocina en silencio, pero su mente seguía arriba, en el techo, donde un chico roto con olor a nafta acababa de convertirse, sin saberlo, en su adicción más peligrosa.




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