El beso no tuvo nada de tierno; fue un choque frontal, un manotazo de ahogado en medio de la tormenta. Los labios de Enzo quemaban, sabían a tabaco, a desvelo y a esa desesperación salvaje que lo gobernaba. Tenía una mano enterrada en el pelo de Carla, sosteniéndola contra la madera de la puerta como si temiera que, si la soltaba, la realidad se lo tragara entero.
Carla soltó un jadeo ahogado entre sus labios, pero no se apartó. Al contrario, sus manos subieron por el torso desnudo de Enzo, sintiendo la calidez de su piel, el relieve de los tatuajes que le cubrían las costillas y el latido desbocado de su corazón. La adrenalina del miedo por las amenazas del Tuerto y la furia contenida de sus vidas colisionaron en ese espacio oscuro de dos por dos, transformándose en un fuego voraz.
Enzo bajó los besos por su mandíbula, respirando agitado, clavando sus dedos en la cintura de ella a través de la campera.
—Estás loca, flaca... —le susurró contra el cuello, con la voz más ronca que de costumbre, un hilo de aire caliente que le erizó la piel—. Te lo dije. No tenés idea de dónde te estás metiendo.
—Callate, Enzo —logró decir Carla, tomándolo de los hombros para obligarlo a mirarla. Sus ojos, ya adaptados a la penumbra, se encontraron con los de él. Enzo estaba temblando sutilmente, desarmado como nunca antes—. Dejá de advertirme. Ya estoy acá.
Él la observó en silencio durante un segundo que pareció eterno. La máscara de cinismo porteño estaba completamente rota, dejando al descubierto una vulnerabilidad que lo aterraba. Lentamente, Enzo unió sus frentes, apoyando el peso de su cuerpo contra el de ella, respirando el mismo aire.
—Si te quedás cerca mío, te vas a manchar, Carla —dijo en un susurro bajo, casi quebrado—. El Tuerto no va a parar. Y mi vieja... mi vieja me odia con razón. No sé cómo proteger a nadie. No pude con Luz.
El nombre de la exnovia muerta enfrió el aire de golpe, pero esta vez Carla no dejó que la culpa de Enzo levantara una pared entre los dos. Deslizó sus manos suavemente por las mejillas de él, limpiando el rastro de sudor frío de su frente.
—No tenés que protegerte de todo el mundo solo, ni tenés que salvarme a mí —le contestó con firmeza—. Pero tampoco vas a dejar que te destruyan. Ahora, vestite. Tenés que salir de acá antes de que ese tipo vuelva.
Enzo soltó una risa corta, recuperando un mínimo destello de su antigua ironía.
—¿Me estás echando de mi propio rancho, vecina?
—Te estoy diciendo que te muevas —replicó ella, dándole un empujón afectuoso en el pecho—. Yo tengo que ir a la facultad, y vos tenés que desaparecer un par de horas hasta que las cosas se enfríen. ¿Tenés adónde ir?
Enzo se pasó una mano por el pelo revuelto y asintió, resignado. Caminó hacia el fondo del monoambiente, agarró una remera negra del piso, se la puso de un tirón y manoteó su campera de cuero.
—Tengo un laburo a medias en un taller de motos por Chacarita. El dueño me deja parar ahí cuando el ambiente se pone pesado —explicó, metiéndose las llaves y el celular en los bolsillos—. Salí vos primero. Caminá derecho a la avenida y no mires atrás. Si ves la gorra del Tuerto, te metés en un local con gente. ¿Me escuchaste?
Carla asintió, sintiendo el peso de la realidad cayendo de nuevo sobre sus hombros. Enzo caminó con ella hasta la puerta, la abrió apenas una rendija para chequear y, al ver que estaba despejado, le dio un apretón suave en la mano.
—Nos vemos a la noche, flaca. Con o sin ruido.
El viaje en el subte B fue un calvario de pensamientos en loop. Carla se sostenía del pasamanos mientras el vagón se sacudía, ajena por completo al murmullo de los pasajeros y a los vendedores ambulantes. Tenía los labios todavía entumecidos por el beso de Enzo y los dedos impregnados con ese olor a nafta y metal que parecía ser la esencia del chico.
¿Qué carajo estaba haciendo? Su vida ya era lo suficientemente complicada con una madre alcohólica que amenazaba con prender fuego la casa cada dos por tres, un trabajo precarizado y una carrera que sostener a duras penas. Meterse en el submundo de Enzo, con deudas de la noche y tipos pesados rondando la puerta de su casa, era la receta perfecta para el desastre.
Sin embargo, cuando entró al aula de la facultad y se sentó a tomar apuntes, se dio cuenta de algo que la asustó todavía más: por primera vez en meses, el peso de su propia casa no la estaba asfixiando. El peligro de Enzo, irónicamente, la hacía sentir viva.
Pasadas las nueve de la noche, Carla regresó al barrio. Caminó con los ojos bien abiertos, escaneando cada esquina de la cuadra, temiendo cruzarse con la campera deportiva del hermano de Luz. Afortunadamente, la calle estaba tranquila, solo habitada por el olor a comida de un bodegón cercano y el ruido de los colectivos sobre la avenida.
Llegó a su casa con el corazón en la boca. Notó que la moto de Enzo no estaba. Su casa seguía a oscuras. Una punzada de preocupación le oprimió el pecho, pero decidió ir directo a su casa.
Al abrir la puerta, la recibió un silencio lúgubre. La cocina estaba limpia, el piso todavía húmedo por el desinfectante barato de, pero su madre no estaba en el living. Carla caminó despacio por el pasillo hasta la habitación de Elena.
La puerta estaba entornada. Elena estaba tirada en la cama, completamente vestida, durmiendo una de sus típicas siestas pesadas que mutaban directo en el sueño de la noche. En la mesa de luz, una botella de fernet a medio empezar y un vaso volcado confirmaban el panorama. Al menos no estaba gritando, pensó Carla con amargura.
Se preparó un té en la cocina, apagó las luces y se sentó en la entrada de su casa , en el primer escalón de la entrada, esperando. El aire de Buenos Aires se había puesto frío, obligándola a encogerse dentro de su buzo.
Pasó una hora. Luego dos.
A las doce y media de la noche, el eco de un motor conocido rompió la calma de la cuadra. Carla se puso de pie de un salto. Escuchó la puerta de chapa de la entrada abrirse y, segundos después, la silueta de la moto de alta cilindrada.
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Editado: 01.08.2026