El viaje hasta Chacarita fue una ráfaga de viento helado y adrenalina pura. Carla iba aferrada a la cintura de Enzo, sintiendo la vibración del motor de la moto directo en el pecho. Por primera vez en meses, mientras esquivaban colectivos por la avenida Corrientes, los gritos de su madre y el olor rancio de la cocina se desvanecieron, tapados por el rugido del escape. Enzo manejaba con una precisión casi quirúrgica, pero sin perder ese andar salvaje que lo caracterizaba.
Cuando doblaron en una cortada tranquila y se detuvieron frente a un portón de chapa oxidada, el silencio de la calle golpeó a Carla de golpe. Enzo apagó el motor, se sacó el casco y estiró las piernas, regalándole esa sonrisa ladeada que lograba desarmarla.
—Llegamos intactos, vecina. ¿Viste que no soy tan peligroso? —dijo, bajando de la moto.
—Manejás como un loco, Enzo —respondió Carla, bajándose con las piernas temblando un poco, aunque la sonrisa en su rostro la delataba—. Pero reconozco que tenías razón. Hacía falta aire.
El taller era un galpón enorme, oscuro y techado con chapa, que olía intensamente a aceite quemado, nafta y metal amontonado. Había cuadros de motos desarmadas colgando de las paredes y herramientas desparramadas por todos lados. Al fondo, una pequeña oficina con paredes de vidrio sucio y un escritorio de madera vieja parecía el único lugar a salvo de la mugre.
—Acomódate ahí adentro —le indicó Enzo, señalando la oficina—. Hay una estufa eléctrica y el viejo que maneja esto no viene hasta la tarde. Podés quemarte las pestañas con tus apuntes tranquila.
Carla le agradeció con una mirada profunda, entró a la oficina y desparramó sus carpetas sobre el escritorio. Desde el vidrio, podía ver a Enzo trabajar. Se había sacado la campera de cuero, quedando en remera gris, concentrado por completo en armar el motor de una moto de carrera. Había algo hipnótico en ver la seriedad con la que manejaba las herramientas; el pibe cínico y autodestructivo de las madrugadas dejaba paso a alguien que realmente sabía lo que hacía, alguien que ponía toda su furia en encastrar cada pieza a la perfección.
Pasaron un par de horas en una tregua perfecta. Carla logró concentrarse en sus textos de la facultad como no lo hacía en semanas, arrullada por el sonido metálico de las llaves inglesas de Enzo afuera.
Sin embargo, la paz en Chacarita dura poco.
Pasadas las dos de la tarde, el ruido pesado del portón de chapa al abrirse hizo que Carla levantara la vista de los apuntes. Dos tipos entraron al galpón sin apuro, arrastrando las zapatillas. Uno de ellos llevaba una campera deportiva y una gorra con la visera hacia atrás.
Carla sintió que el estómago se le caía al piso. Era el Tuerto.
Enzo ni siquiera levantó la vista del motor, pero su cuerpo se tensó por completo. Dejó la llave estriada sobre la mesa de trabajo con una lentitud que denotaba que sabía exactamente quién había entrado.
—Te dije que Almagro era chico, Enzo, pero veo que Chacarita también te queda cerca —dijo el Tuerto, caminando hacia él con las manos metidas en los bolsillos. Su acompañante se quedó parado junto a la entrada, bloqueando la salida.
—Estoy laburando, Tuerto —respondió Enzo, con una voz helada, rasposa y desprovista de cualquier emoción—. Ya te dije anoche que la plata de la última entrega está guardada. Te la doy el fin de semana. No hace falta que me sigas por todos lados.
—La plata me importa, claro, pero lo que más me importa es que me estás esquivando —el Tuerto dio un paso más, quedando a un metro de Enzo—. Ayer me cruzé con tu vecinita en la puerta de tu casa. Linda chica. Sería una lástima que se entere de los gustos que tenías vos y mi hermana cuando salían a pistear de noche. O peor... que le pase lo mismo que a Luz por andar cerca tuyo.
Afuera de la oficina, Enzo levantó la cabeza despacio. Sus ojos oscuros brillaron con una furia tan salvaje y asesina que hasta el Tuerto retrocedió medio paso instintivo. Enzo manoteó una barreta de hierro que tenía sobre la mesa y dio un paso al frente, acortando la distancia.
—Con ella no te metés, ¿escuchaste? —siseó Enzo, con los dientes apretados, la mandíbula rígida—. A ella no la nombrás. Me querés romper la cabeza a mí, hacelo. Cobrate lo de tu hermana conmigo si tenés huevos, pero a la flaca no la tocás porque te juro por la memoria de Luz que de acá no salís caminando.
Dentro de la oficina, Carla contenía el aliento, con las manos apoyadas en el vidrio, temblando. Vio el peligro real, la violencia latente que rodeaba la vida de Enzo, pero también vio cómo él estaba dispuesto a prender fuego el mundo con tal de protegerla.
El Tuerto miró la barreta en la mano de Enzo, luego miró de reojo hacia la oficina de vidrio, descubriendo a Carla que los observaba con el rostro pálido. El tipo soltó una risa seca, escupió al piso del taller y levantó las manos en señal de falsa paz.
—Estás nervioso, Enzito. El consumo te está limando —dijo el Tuerto, dando la vuelta—. Nos vemos el sábado a la noche en el playón de la estación. Traé la plata completa. Y cuidá a la nena... mirá que el asfalto es traicionero cuando se viaja a contramano.
Los dos tipos salieron del taller, haciendo sonar el portón de chapa al cerrar.
El silencio que quedó en el galpón era pesado, asfixiante. Enzo se quedó estático, con la barreta de hierro apretada en el puño, respirando de forma entrecortada, batallando con los demonios de la culpa y el miedo que amenazaban con desbordarlo.
Carla no lo dudó. Salió de la oficina corriendo, cruzó el piso lleno de aceite y se plantó frente a él. Sin decir una palabra, le quitó la barreta de la mano floja, la dejó caer al suelo con un ruido estrepitoso y lo abrazó por la cintura, hundiendo su rostro en el pecho de él.
Enzo tardó unos segundos, rígido como una piedra, pero finalmente cedió. Rompió a llorar en silencio, un llanto seco y ahogado, mientras la abrazaba con una fuerza desesperada, buscando en el cuerpo de Carla la única luz que le quedaba en medio de su infierno.
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Editado: 01.08.2026