Destinos en contramano

Capitulo 9: Pasillos blancos y promesas oscuras

​El segundero del reloj de pared de la sala de espera del Hospital Durand avanzaba con un chasquido rítmico, metálico y exasperante. El olor a desinfectante industrial y el zumbido de las luces fluorescentes completaban una atmósfera congelada. Carla seguía con la cabeza apoyada en el pecho de Enzo, escuchando el latido constante de su corazón como el único cable a tierra que le impedía volverse loca.

​Enzo estiró sus piernas largas, acomodando la espalda contra la silla de plástico. Tenía una mano en el hombro de Carla, dándole masajes suaves, mientras con la otra revisaba de reojo su celular. La pantalla iluminaba sus facciones tensas; un mensaje de texto del Tuerto parpadeaba en la bandeja de entrada: «No te olvides de la fecha, Enzito. El sábado no se pasa».

​Enzo bloqueó el teléfono y lo guardó en el bolsillo de la campera con un movimiento rápido, tragándose la maldición que le subía por la garganta. No podía sumarle otra cruz a la espalda de la flaca, no ahora.

​A las cuatro de la mañana, las puertas dobles de la sala de shock se abrieron y un médico de ambo verde y cara cansada se acercó al mostrador.

​—¿Familiares de Elena Valenzuela? —preguntó, mirando una planilla.

​Carla se incorporó de golpe, limpiándose las lágrimas de la cara, y dio un paso al frente. Enzo se puso de pie inmediatamente detrás de ella, una presencia protectora y firme en la penumbra de la guardia.

​—Yo, soy la hija —dijo Carla, con la voz temblando—. ¿Cómo está mi mamá, doctor?

​El médico suspiró, ablandando un poco la mirada al ver la juventud y el desborde de la chica.

​—Logramos estabilizarla. Le hicimos un lavado de estómago y la tenemos con suero y medicación para revertir el cuadro de intoxicación alcohólica aguda. Entró raspando, un par de minutos más y el centro respiratorio se le apagaba. Tuvieron reflejos rápidos para traerla.

​Carla exhaló un aire que no sabía que tenía retenido, sintiendo que las piernas le flaqueaban. Enzo la sostuvo sutilmente del codo para que no perdiera el equilibrio.

​—¿La puedo ver? —preguntó ella en un susurro.

​—Está dormida y va a seguir así por unas horas, pero podés pasar a la sala de observación de la guardia. Solo un familiar, por favor —indicó el médico, señalando el pasillo.

​Carla giró la cabeza para mirar a Enzo. El pibe le dedicó una leve sonrisa ladeada, esa que intentaba transmitir una calma que él mismo no tenía por dentro. Con el pulgar, le acarició la mejilla, limpiándole el último rastro de una lágrima seca.

​—Andá, flaca. Yo te espero acá afuera. No me muevo a ningún lado —le aseguró en voz baja, con esa voz rasposa que a ella le devolvía el alma al cuerpo.

​Carla le agradeció con una mirada que valía más que cualquier palabra y cruzó las puertas dobles.

​La sala de observación era un espacio grande dividido por cortinas blancas. En la tercera cama, Elena yacía pálida, conectada a un monitor que titilaba con un pitido constante y débil. Tenía las manos hinchadas y el rostro extrañamente pacífico, libre de la furia y el resentimiento que la transformaban durante el día. Carla se acercó despacio, tomó una de sus manos frías y se sentó en la banqueta de metal, dejándose vencer por un llanto silencioso y amargo. Amaba a su madre, pero el peso de su autodestrucción la estaba hundiendo con ella.

​Afuera, en la entrada de la guardia, el aire de la madrugada de Buenos Aires pegaba con la fuerza de un cachetazo helado. Enzo salió a fumar un cigarrillo, apoyándose contra la baranda de hierro donde había dejado estacionada la moto.

​Dio una pitada larga, sintiendo el humo caliente llenarle los pulmones rotos. Miró sus manos manchadas de grasa y el sutil temblor que la abstinencia y la adrenalina le provocaban en los dedos. La realidad lo estaba arrinconando: por un lado, la luz de Carla, una chica que no se merecía el infierno que él arrastraba; por el otro, la cuenta regresiva del sábado, un precipicio donde el Tuerto lo esperaba con las deudas de la noche de Luz.

​Enzo arrojó la colilla al piso, la pisó con la punta de la zapatilla y miró hacia las ventanas iluminadas del hospital.

​—No te vas a caer, flaca —prometió en voz alta al silencio de la calle, apretando los puños dentro de la campera
—Aunque me tenga que estrellar yo, a vos no te va a pasar nada.

​El sábado estaba a la vuelta de la esquina, y la situación en este circuito a contramano se ponía cada vez más peligroso.




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