El sol del viernes asomó por encima de las siluetas de los edificios de Almagro con una palidez fría. Carla regresó al complejo pasadas las siete de la mañana, después de haber pasado toda la noche en vela en aquella banqueta de metal del hospital. Tenía los ojos hinchados, la ropa impregnada del olor a desinfectante clínico y una pesadez en las piernas que la hacía caminar como si arrastrara cadenas.
Elena se iba a quedar internada en observación al menos veinticuatro horas más bajo un estricto protocolo de desintoxicación, lo que significaba que, por primera vez en años, Carla tenía la casa vacía. El silencio al cruzar el umbral de su departamento fue ensordecedor. No había botellas chocando, no había suspiros de reproche, no había pasos torpes. Era una paz extraña, artificial y que le generaba un nudo de angustia en el estómago.
Se dio una ducha rápida con agua caliente para intentar sacarse la guardia de encima y se puso un buzo limpio y holgado. No tenía fuerzas para ir a la facultad, así que se preparó un termo de agua, mate y salió a la puerta, buscando desesperadamente el único refugio que le quedaba.
La puerta de la casa estaba entornada. No había ruidos de herramientas ni rugidos de motor. Al acercarse, Carla empujó suavemente la madera.
Enzo estaba sentado en el piso, apoyado contra la base de su cama de una plaza. Vestía solo un jogging oscuro, dejando a la vista su pecho cubierto de tatuajes y las cicatrices del asfalto que la luz del día desnudaba sin piedad. Tenía una taza de metal vacía entre las manos y la mirada perdida en un rincón del cuarto. El temblor en sus dedos era más evidente que el día anterior; la falta de sueño y la abstinencia le estaban pasando una factura cara.
Al ver la silueta de Carla en la entrada, Enzo levantó la cabeza despacio. Forzó una sonrisa ladeada, pero sus ojos oscuros delataban un vacío inmenso.
—Mirá quién volvió —dijo, con la voz tan rasposa que parecía dolerle— ¿Cómo está tu vieja, flaca?
Carla entró, cerró la puerta detrás de sí y se sentó en el piso justo al lado de él, cruzando las piernas. Dejó el termo a un costado y le tomó la mano temblorosa, entrelazando sus dedos con firmeza para obligarlo a detener el temblor.
—Está estable, Enzo. Los médicos dicen que zafó de milagro —respondió Carla en voz baja, clavando sus ojos en los de él—. Ayer no te lo dije porque estaba en shock, pero... gracias. Si no fuera por tu moto y por cómo manejaste, mi mamá no la contaba. Le salvaste la vida, Enzo. A las dos.
Enzo soltó una risa seca, desviando la mirada hacia el techo desprolijo del monoambiente.
—No salvé a nadie, Carla. Solo aceleré porque el silencio de casa me estaba volviendo loco —admitió con una honestidad brutal que le dolió a ella en el pecho. Luego, volvió a mirarla y apretó el agarre de sus manos—. Pero me alegro de que esté bien. Te lo digo en serio. No te merecés cargar con un cajón a tu edad. Ya es bastante con la mochila que te ponés todos los días.
La cercanía en la penumbra del cuarto empezó a transformar el ambiente. El aire se volvió espeso, cargado de esa atracción ardiente y desesperada que nacía de saberse los dos rotos, al límite de sus fuerzas. Carla estiró la mano libre y le acarició la mejilla, sintiendo la barba de un par de días y el calor que emanaba de su piel a pesar del frío de la mañana.
—Mañana es sábado, Enzo —susurró ella—. El Tuerto te está esperando. Decime la verdad: ¿tenés la plata para frenarlo?
La mandíbula de Enzo se tensó al instante. Sintió el impulso de mentirle, de poner su máscara de pibe canchero y decirle que lo tenía todo bajo control, pero los ojos limpios y cansados de Carla lo desarmaron por completo.
—No la tengo toda, flaca —confesó, bajando la voz hasta convertirla en un secreto oscuro—. Junté una parte con lo del taller de Chacarita, pero me falta la mitad. Mañana voy a ir al playón de la estación igual. Le voy a entregar lo que tengo y a poner la cara. Si se tiene que pudrir, que se pudra ahí, lejos de vos.
—No vas a ir solo —dijo Carla con una firmeza que sorprendió al propio Enzo.
—¿Estás loca? —Enzo se incorporó a medias, su tono volviendo a ser el de la advertencia peligrosa—. Te dije que esa gente no juega, Carla. El Tuerto está buscando cualquier excusa para verme caer. Si te ve ahí, te va a usar de blanco. No te vas a acercar a esa estación, ¿me escuchaste?
—No te estoy pidiendo permiso, Enzo —desafió Carla, poniéndose de rodillas para quedar a su altura, acortando la distancia hasta que sus labios casi se rozaban—. Vos me salvaste ayer. No voy a dejar que vayas a esa boca de lobo solo a que te rompan la cabeza. Vamos a ir, entregamos la plata y nos abrimos. Juntos.
Enzo la miró, batallando internamente entre el instinto salvaje de protegerla y la necesidad egoísta de no soltar la única luz que lo mantenía cuerdo. Verla ahí, desafiante, dispuesta a quemarse las manos en su infierno, terminó por romper sus últimas defensas.
Sin previo aviso, Enzo la tomó del cuello con una fuerza posesiva, desesperada, y la arrastró hacia él. Sus labios chocaron en un beso ardiente, salvaje, cargado de la adrenalina del peligro inminente y del deseo acumulado de dos días de puro caos. Carla se aferró a sus hombros desnudos, subiéndose a su regazo mientras el termo de mate rodaba por el piso, olvidado.
El beso mutó de la furia a una lentitud pesada, una tregua pasional en medio de la casa. Enzo le recorrió la espalda por debajo del buzo con sus manos calientes, memorizando cada línea de su cuerpo como si fuera el último mapa antes del naufragio, mientras Carla se perdía en el olor a tabaco y nafta que lo envolvía todo. Sabían que el día siguiente podía ser el final del camino, pero en ese suelo de cemento, a contramano del mundo entero, eran lo único real que les quedaba.
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Editado: 01.08.2026