El sábado por la noche cayó sobre Buenos Aires con una llovizna fina y traicionera que dejaba el asfalto como un espejo negro. El frío se metía hasta los huesos, pero dentro del casco de Carla, el único calor que existía era la respiración agitada que empañaba el visor y la espalda de Enzo, rígida como una barra de hierro.
La moto avanzó a velocidad moderada por las calles desiertas que bordeaban las vías del tren en Almagro, hasta doblar en el playón de carga abandonado de la estación. Era un terreno baldío de cemento roto, iluminado apenas por el reflejo distante de un foco de luz de la calle y envuelto en el sonido rítmico de la lluvia cayendo sobre los chapones oxidados de un depósito viejo.
Enzo apagó el motor. El silencio posterior fue absoluto, denso, casi sofocante.
—Te quedás arriba de la moto —ordenó Enzo con una voz helada, sin girar la cabeza—. Si ves que la cosa se pone fea o escuchás que levanto la voz, arrancás y te vas. No me discutas esto, Carla.
—No me voy a ir a ningún lado, Enzo —respondió ella en un susurro, apretando las manos alrededor de su cintura antes de bajarse.
Enzo resoplo , se sacó el casco y se pasó la mano por el pelo mojado. De la campera de cuero sacó un sobre de papel madera arrugado que contenía cada peso que había podido reunir entre sus ahorros y lo del taller de Chacarita.
De entre la penumbra de un galpón en desuso, emergieron tres siluetas. En el centro caminaba el Tuerto, con las manos metidas en los bolsillos de su campera deportiva y la gorra calada hasta los ojos. A sus costados, dos tipos corpulentos y con cara de pocos amigos avanzaban con un andar pesado.
—Mirá qué puntual el muchacho —dijo el Tuerto, deteniéndose a unos cuatro metros de distancia. Su mirada se deslizó rápidamente hacia Carla, que se había parado al lado de la moto, y una sonrisa amarga se le dibujó en el rostro—. Y vino acompañado. Qué lindo, trajiste a la repuesto.
—A ella no la nombres —siseó Enzo, dando dos pasos al frente para interponerse entre el Tuerto y Carla—. Acá está la plata. Hay dos millones y medio de pesos. Es la mitad de lo que decís que te debo.
Enzo arrojó el sobre de papel madera al piso, justo a los pies del Tuerto.
El Tuerto ni se molestó en agacharse. Miró el sobre en el charco de agua y luego volvió a fijar sus ojos inyectados en sangre en los de Enzo.
—¿Solo eso? —soltó una risa seca, sin nada de gracia—. ¿Te pensás que esto es un plan de pagos en cuotas, Enzito? Te dije bien claro: la plata completa. Cumplimos un año de la muerte de mi hermana la semana que viene, y vos me venís a ratonear con la mitad.
—Es todo lo que junté, peor es que no te pague una mierda—respondió Enzo, manteniendo la voz firme a pesar de la tensión que hacía temblar los músculos de sus brazos—. El resto te lo doy el mes que viene. Cumplí mi parte de venir a poner la cara. Ahora nos vamos.
Enzo dio media vuelta para tomar a Carla del brazo, pero antes de que pudiera tocarla, uno de los tipos del Tuerto dio un paso al frente y pateó la moto de Enzo. El vehículo cayó sobre el cemento mojado con un estruendo metálico que hizo eco en todo el playón, rompiendo el espejo retrovisor y derramando nafta sobre el agua.
—¡Hey! —gritó Carla, dando un paso adelante por instinto.
—¡Quedate atrás! —le rugió Enzo, pero el Tuerto ya se había acercado.
El Tuerto agarró a Enzo del cuello de la campera con una violencia ciega, arrastrándolo hacia él. Enzo no se dejó amedrentar: le trabó el brazo y le encajó un cabezazo seco en el tabique. El Tuerto soltó un alarido de dolor y retrocedió, con la sangre brotándole de la nariz.
—¡Sujétenlo! —gritó el Tuerto, limpiándose la cara con la manga.
Los otros dos tipos se abalanzaron sobre Enzo. Aunque Enzo peleó como un animal acorralado, repartiendo piñas con la furia de quien no tiene nada que perder, la desventaja numérica lo redujo rápidamente. Uno de los hombres le trabó los brazos por detrás mientras el otro le asestó un puñetazo feroz en el estómago que lo dejó sin aire, hincado de rodillas en el charco de agua.
—¡Enzo! —gritó Carla, desesperada. Buscó a su alrededor y encontró un pedazo de tirante de madera tirado cerca de las vías. Lo agarró con las dos manos y, sin pensarlo dos veces, corrió hacia el tipo que sostenía a Enzo y le cruzó el palo por la espalda con todas sus fuerzas.
El palo se partió en dos, pero el golpe fue suficiente para descolocar al agresor. Enzo aprovechó el segundo de distracción, se zafó del agarre con un codazo en la garganta del tipo y se puso de pie de un salto, colocándose frente a Carla para cubrirla.
El Tuerto, con el rostro manchado de sangre y la mirada desquiciada, sacó algo del bolsillo de su campera. El metal de una navaja automática brilló bajo la tenue luz de la calle.
—Se terminó el juego, Enzo —dijo el Tuerto, respirando agitado—. Vos no salís vivo de este playón.
—¡Pará! —intervino Carla, poniéndose al lado de Enzo, temblando de frío y pánico, pero sosteniéndole la mirada al Tuerto—. Si le hacés algo, los gritos se van a escuchar hasta la comisaría de la estación. La policía patrulla la zona de las vías a esta hora. ¿Te pensás que te conviene ir preso por esto?
El Tuerto dudó un segundo, mirando hacia el fondo del playón donde el eco de una sirena distante parecía darle la razón a la chica. Miró a Enzo, golpeado y sangrando por la boca, pero sostenido con uñas y dientes por esa piba que no le tenía miedo.
El Tuerto escupió sangre al piso y guardó la navaja.
—Tienen suerte hoy —siseó el Tuerto, pisando el sobre de papel madera para levantarlo del charco—. Me llevo esto. Pero escuchame bien, Enzo: te doy dos semanas para la otra mitad. Si no aparece la plata, no voy a ir a buscarte a vos. Voy a ir a buscar a la flacucha al centro de copiado donde labura.
Los tres tipos se dieron la vuelta y desaparecieron entre la oscuridad de los depósitos, dejando el sonido de sus pisadas perdiéndose en la lluvia.
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Editado: 01.08.2026