Levantar la moto del piso mojado fue un esfuerzo sobrehumano. Con la palanca del freno doblada y el espejo izquierdo hecho pedazos sobre el cemento, el vehículo avanzaba a tirones, protestando en cada metro. Volvieron al barrio en un silencio denso, sepulcral, apenas roto por el chisporroteo de las gotas de lluvia golpeando contra el casco roto de Enzo.
Cuando lograron meter la moto en el garaje, Enzo cayó de costado contra la pared, agarrándose el costado del torso. La cara le sangraba por el corte arriba de la ceja y la labio inferior lo tenía hinchado y partido.
Carla no dijo ni una palabra. Le agarró la mano con firmeza, lo arrastró hasta la puerta de su propia casa aprovechando que su madre seguía internada en el hospital y lo hizo entrar.
El baño de la casa de Carla era un espacio pequeño, con azulejos descascarados y una luz blanca que parpadeaba. Sentó a Enzo sobre la tapa del inodoro y buscó el botiquín de primeros auxilios. Sacó Pervinox, algodón, una cinta adhesiva y una toalla limpia.
—Sacate la campera —ordenó ella, con la voz extrañamente serena, ajustada por la adrenalina que todavía le corría por las venas.
Enzo obedeció despacio, ahogando un quejido cuando el movimiento le tiró de las costillas lastimadas. Quedó en cuero. Bajo la luz blanca, los moretones incipientes en su torso se mezclaban con las cicatrices viejas del accidente de moto.
Carla se agachó entre sus piernas, mojó un algodón en antiséptico y se acercó a su rostro. Cuando el algodón tocó el corte de la ceja, Enzo dio un leve brinco y apretó los dientes, soltando un quejido entre dientes.
—Aguantátela, superhéroe —le dijo Carla en un susurro, sosteniéndole la nuca con la mano izquierda para que no se moviera—. Si tuviste coraje para agarrarte a piñas con tres tipos, tenés coraje para un poco de Pervinox.
—La que le cruzó un tirante de madera por la espalda a un patotero fuiste vos, flaca —respondió Enzo, mirándola desde abajo con una mezcla de fascinación y culpa—. Estás chiflada. Te dije que te quedaras en la moto. Si te llegaba a pasar algo...
—No me pasó nada —lo interrumpió ella, limpiando con delicadeza el hilo de sangre que le bajaba por el pómulo—. Y no te iba a dejar solo. Entendelo de una vez, Enzo: no estás solo. Por más que te esfuerces en empujar a todo el mundo para afuera, yo no me voy a ir.
Enzo se le quedó mirando. La cercanía era tan íntima que podía sentir el calor de la respiración de Carla en sus labios. Sus ojos oscuros, habitualmente fríos y esquivos, se volvieron agua. La culpa de la muerte de Luz siempre lo había convencido de que cualquier persona que se le acercara terminaba destruida, pero ahí estaba Carla, limpiándole las heridas con manos temblorosas pero valientes.
Lentamente, Enzo levantó sus manos y las apoyó en las caderas de ella, tirando suavemente hacia adelante hasta que el cuerpo de Carla quedó pegado al suyo entre sus piernas.
—Le prometí a Luz que no iba a volver a querer a nadie —confesó Enzo, con la voz rasposa, quebrada en un susurro que sonó como la confesión más dolorosa de su vida—. Sentía que si me permitía sentir algo bonito por alguien, la estaba traicionando. Que mi castigo era estar podrido por dentro.
Carla dejó caer el algodón al cesto de basura. Sus ojos se llenaron de lágrimas, no de miedo, sino de una empatía voraz que le oprimía el corazón. Le acarició el cuello, sintiendo el pulso acelerado de Enzo bajo sus dedos.
—El castigo te lo pusiste vos solo, Enzo. Vivir sufriendo no le devuelve la vida a nadie —dijo Carla, bajando la cabeza hasta que sus frentes se tocaron—. Dejá de castigarte. Mirame.
Enzo levantó la vista y la miró. Y en ese pequeño baño iluminado por una lámpara titilante, la muralla que había construido durante un año entero terminó de colapsar.
Enzo la tomó de la nuca y la besó.
No fue un beso brusco como los anteriores; fue un beso lento, profundo, cargado de una ternura desesperada que le dolió a los dos en el pecho. Carla soltó un suspiro ahogado y se enredó en sus brazos, abrazándolo por los hombros desnudos, sintiendo el olor a lluvia, sangre y nafta que lo definía. El beso se volvió más ardiente, más intenso, alimentado por la urgencia de estar vivos después de haber rozado el peligro en el playón.
Enzo la levantó por los muslos con un movimiento fluido a pesar del dolor de sus costillas, y Carla cruzó las piernas alrededor de su cintura. La sacó del baño y la llevó a oscuras hasta su habitación, dejándola despacio sobre la cama.
La lluvia afuera repiqueteaba contra la persiana de madera. Dentro del cuarto, entre las sábanas gastadas, la guerra contra el Tuerto y los fantasmas del pasado se apagan por unas horas. En la penumbra de Almagro, los dos encontraron en la piel del otro el único refugio donde dos vidas a contramano finalmente se daban un respiro.
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Editado: 01.08.2026