La penumbra de la habitación de Carla era un universo aparte. Afuera, la lluvia continuaba azotando las persianas de madera con una furia constante, pero adentro, el tiempo parecía haberse detenido. La luz fría de la calle que se colaba entre las rendijas dibujaba líneas plateadas sobre la piel de ambos, iluminando las marcas del combate y el temblor sutil de dos cuerpos que se encontraban por primera vez sin armaduras.
Enzo estaba tumbado sobre ella, apoyando el peso de su torso en los antebrazos para no lastimarse las costillas. Tenía los ojos fijos en el rostro de Carla, con una mirada tan intensa y despojada de cinismo que a ella le daba un vuelco el corazón.
—Si nos metemos en esto, flaca, no hay vuelta atrás —susurró Enzo, con su voz rasposa volviéndose un hilo cálido cerca de su oreja—. Yo no sé querer a medias. Si me quedo, me quedo con todo. Con tus sombras, con tu vieja, con tu caos.
Carla sonrió en la oscuridad, una sonrisa verdadera, sin el peso del cansancio habitual. Levantó las manos y le acarició la espalda, sintiendo la tensión de sus músculos ceder ante el contacto.
—Nadie te pidió que quisieras suave, Enzo —respondió ella, inclinando la cabeza para atrapar sus labios en un beso profundo, lento y caliente.
El encuentro fue una marea de sensaciones encontradas: el amargor del peligro que acababan de esquivar en el playón transformado en una pasión voraz, ardiente. Cada caricia de Enzo era cuidadosa, casi reverente, contrastando de manera salvaje con la imagen de pibe duro que mostraba en la calle. Deslizó sus manos con paciencia, descubriendo la piel firme de Carla, mientras ella se perdía en el mapa de sus tatuajes y en el calor sofocante de su cuerpo.
Allí, entre sábanas gastadas y el murmullo incesante de la lluvia de Almagro, no había deudas con el Tuerto, ni culpa por el fantasma de Luz, ni botellas rotas en el piso de la cocina. Solo existía la urgencia de sentirse vivos en medio de la tormenta.
Cuando la primera luz del domingo comenzó a filtrar por la persiana, Enzo seguía despierto. Carla dormía profundamente con la cabeza apoyada en su pecho desnudo, una mano descansando sobre el labio partido del chico. Se la veía en paz, libre por unas horas del estrés constante de su vida cotidiana.
Enzo le acariciaba el pelo con una lentitud que a él mismo lo extrañaba. Hacía más de un año que no sabía lo que era dormir más de dos horas seguidas sin despertarse sobresaltado por pesadillas o ahogado por la culpa. Pero estar ahí, sintiendo el calor y la respiración pausada de Carla, era como si alguien le hubiera instalado un silenciador en la cabeza.
Sin embargo, el reloj seguía corriendo.
Despacito, cuidando cada movimiento para no despertarla ni resentirse las costillas magulladas, Enzo se escurrió de la cama. Se vistió en penumbras, poniéndose la remera y los pantalones oscuros. Antes de ponerse la campera de cuero, se inclinó sobre la cama y le dejó un beso suave en la frente a Carla, que se movió apenas entre las cobijas con un murmullo dormido.
Salió a la calle. El aire de la mañana estaba limpio y helado tras la tormenta. La moto seguía volcada levemente contra la pared en su casa, con la palanca de freno torcida y restos de barro pegados al chasis.
Enzo se agachó frente a la máquina, tomó un trapo y empezó a limpiar el exceso de agua del motor. El trabajo manual siempre lo ayudaba a pensar. La tregua de la noche había sido perfecta, pero la realidad del lunes golpearía la puerta pronto. Le quedaban solo dos semanas para conseguir la otra mitad del dinero para el Tuerto. Si no cumplía, esa gente no iría a buscarlo a él en la soledad de la noche; irían a buscar a Carla.
El sonido de un coche llamo su atención y la puerta abriéndose lo sacó de sus pensamientos, miro por una ventana
Enzo levantó la vista , esperando ver a Carla saliendo en pijama, pero la silueta que cruzó lo dejó helado.
Elena caminaba a paso lento, sujetándose del brazo de un enfermero del hospital que la acompañaba hasta la entrada. Llevaba una bolsa de plástico con sus pertenencias, la piel cenicienta y el rostro marcado por la humillación y el agotamiento del alta médica.
Enzo salió abrió el garaje y saco la moto, se encendió un cigarro mientras miraba la situación.
Cuando el enfermero se despidió y Elena quedó sola, sus ojos inyectados en sangre se cruzaron con los de Enzo. Vio la moto rota, vio al pibe manchado de grasa y la cicatriz en su ceja recién curada.
—¿Qué hacés tan temprano? —dijo Elena, con una voz áspera, cargada del primer brote de paranoia de la sobriedad forzada—Te la hago mierda a la moto si empezas con el ruido, se me parte la cabeza.
Enzo se puso de pie despacio, guardando el trapo en el bolsillo de la campera, preparando el cuerpo para la nueva tormenta que estaba a punto de estallar.
#4823 en Novela romántica
#310 en Joven Adulto
romance juvenil problemas, problemas familiares novelajuvenil, drogas motos adolecentes
Editado: 01.08.2026