Destinos en contramano

Capitulo 14: La resaca de la realidad

El lugar​ quedó sumido en una tensión helada. Elena dio un paso vacilante hacia adelante, apretando la bolsa de plástico del hospital contra su pecho. La luz cruda de la mañana no le hacía ningún favor: tenía el rostro hinchado, la piel grisácea y los ojos inyectados en sangre, entornados con una mezcla de sospecha y hostilidad defensiva.

​Enzo sostuvo la mirada sin pestañear, manteniendo las manos metidas en los bolsillos de la campera de cuero.

​—Su hija está adentro, durmiendo —respondió Enzo con voz tranquila pero firme, marcando el terreno—. Pasó dos noches seguidas en una silla de plástico en la guardia para asegurarse de que usted no se fuera para el otro lado. Debería aflojar un poco antes de empezar a gritar.

​Elena se congeló. Las palabras le cayeron como una bofetada. La vergüenza de saberse expuesta ante el pibe problemático de al lado le encendió las mejillas con un rubor amargo.

​—A mí no me vas a decir cómo hablarle a mi hija, mocoso —siseó Elena, aunque la voz le tembló por la debilidad física—. Sé bien la clase de alimaña que sos. Todo el barrio sabe lo que pasó con tu exnovia. No te quiero cerca de Carla. Bastante tenemos con nuestros problemas como para que encima le metas tus porquerías en la cabeza.

​Enzo apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula. El nombre de Luz y el estigma de su pasado eran dagas que siempre encontraban la forma de clavarse profundo. Estuvo a punto de responder con la ironía filosa que solía usar como escudo, pero el sonido de la puerta de la casa abriéndose frenó el choque.

​Carla salió a la entrada, acomodándose un buzo holgado sobre el cuerpo aún cansado. Al ver a su madre parada frente a Enzo, el aire se le escapó de los pulmones.

​—¿Mamá? —Carla corrió hacia ella, tomándola del brazo para sostenerla—. ¿Qué hacés acá? El médico dijo que el alta te la daban recién al mediodía.

​—Firmé el alta voluntaria —escupió Elena, zafándose del agarre de su hija con un movimiento brusco pero torpe—. No voy a estar encerrada en un hospital de morondanga mientras vos te paseás con este vago. ¿Para esto usás el tiempo? ¿Por esto no estabas en la casa cuando llegué?

​—¡Te estaba salvando la vida, mamá! —estalló Carla, perdiendo la paciencia por completo. Los recuerdos de la noche perfecta en la cama de Enzo se desintegraron al instante contra la pared de la cotidianeidad—. ¡Él me llevó en la moto cuando estabas tirada en el piso ahogándote en tu propio vómito! Si no fuera por Enzo, hoy estabas en la morgue, ¿entendés eso? ¡En la morgue!

​Elena parpadeó, descolocada por la violencia de la verdad. Miró a Carla, luego a Enzo, cuya expresión era una máscara infranqueable de piedra. La humillación de la madre mutó en un silencio denso y amargo.

​—Entrá a la casa —murmuró Elena en voz baja, evitando la mirada de ambos mientras caminaba a paso lento hacia su puerta—. Entrá ahora mismo, Carla.

​Elena se metió al departamento y cerró la puerta con un golpe seco que resonó en todo el complejo.

​Carla se quedó parada en la entrada, respirando de forma entrecortada, con el pecho oprimido por una rabia impaciente. Giró la cabeza para mirar a Enzo, temiendo encontrar en sus ojos la decisión de dar un paso al costado.

​—Enzo, no le hagas caso... —empezó a decir, acercándose a él.

​Enzo levantó una mano, deteniéndola a medio metro. La calidez de la madrugada se había esfumado por completo de sus facciones; en su lugar, volvía a estar el pibe que calculaba los riesgos de cada movimiento.

​—Tiene razón en algo, flaca —dijo Enzo con voz baja y rasposa—. No podés tener la cabeza puesta en tu vieja y en mí al mismo tiempo. Y yo tengo dos semanas para resolver lo del Tuerto. Si no me enfoco en juntar() la guita, el problema los va a golpear en esta puerta a las dos.

​—No me apartes, Enzo —le pidió Carla, dándole un paso al frente y tomándolo de la solapa de la campera—. Lo de anoche no fue un juego.

​Enzo bajó la vista a las manos de Carla. Suspiró hondo, estiró los brazos y le tomó las muñecas con suavidad pero con firmeza, obligándola a soltarlo. Le dedicó una mirada cargada de un cariño oscuro, atravesado por la urgencia.

​—No te estoy apartando, Carla. Estoy cuidando la única parte de mi vida que no está podrida —le dijo al oído, rozando sus labios por su frente—. Anda con tu vieja. Asegurate de que no haga ninguna locura. Yo voy al taller de Chacarita a ver qué laburo me sale para rascar unos pesos. Nos vemos a la noche.

​Carla lo observó en silencio mientras él se calzaba el casco dañado, subía a la moto y la ponía en marcha con una patada seca. El rugido del motor rompió el aire una vez más, pero esta vez, en lugar de ser un ruido molesto, a Carla se le sintió como el único latido que mantenía la esperanza a flote.

​Enzo aceleró hacia la calle, metiéndose de lleno en la marea de Buenos Aires, sabiendo que el reloj hacia el próximo pago ya había empezado a correr.




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