El domingo fue una prueba de resistencia. Mientras el sol empezaba a caer sobre los techos de Almagro, la casa de Carla se sumió en una tregua armada. Elena pasaba de la apatía total al llanto en silencio, encerrada en su habitación bajo el impacto de la abstinencia y la vergüenza. Carla aprovechó cada hora para limpiar, preparar la comida y ordenar sus apuntes de la facultad, aunque su mente no lograba salir del taller de Chacarita.
Cada vez que escuchaba el eco lejano de un motor en la avenida, se asomaba por la ventana. La puerta de Enzo seguía cerrada. La ausencia del chico y el recuerdo de sus heridas frescas en la ceja le apretaban el corazón.
En Chacarita, el taller era una caldera.
El humo de la soldadura se mezclaba con el tufo a nafta rancia. Enzo llevaba horas metido debajo del motor de un auto viejo, con la espalda apoyada sobre el piso de cemento helado y los brazos manchados de grasa hasta los codos. El dolor de las costillas le daba puntadas sordas con cada esfuerzo, pero no se detenía. Necesitaba el cansancio físico; necesitaba quemarse las manos para no pensar en el dinero que le faltaba.
Al atardecer, el dueño del taller, un tipo canoso y de pocas palabras llamado Don Mario, se acercó tirando de una cadena. Miró el trabajo terminado y luego a Enzo, que se limpiaba los dedos con un trapo sucio mientras intentaba recuperar el aire.
—Te diste paliza hoy, pibe —dijo Mario, sacando un fajo de billetes arrugados del bolsillo de su mameluco—. No solés meter tantas horas seguidas a menos que tengas el agua hasta el cuello.
Enzo agarró el dinero, contándolo con la mirada rápida del que conoce la urgencia. Eran apenas cuarenta mil pesos. Un parche ínfimo para la deuda de dos millones que restaban.
—Es lo que hay, Mario. Gracias —respondió Enzo, guardándose la plata en el bolsillo de la campera de cuero.
—Mirá, Enzito... —Mario lo miró de reojo, inclinándose un poco sobre el mostrador de herramientas—. No me voy a meter en tus bardos porque ya tenés edad para saber dónde pisás. Pero el Tuerto anduvo preguntando por vos en el taller de la cortada. Ese tipo no quiere cobrar la plata; ese tipo quiere romperte. Si no llegás con el número entero la semana que viene, buscate un lugar lejos de la capital. Acá te van a cazar.
Enzo apretó los puños dentro de los bolsillos. La rabia le quemaba el cuello.
—No me voy a ir a ningún lado, Mario —dijo con la voz baja, helada—. Ya me escapé bastante.
—Entonces conseguí lo que te falta —sentenció el viejo, volviéndose hacia el fondo del galpón—. Porque la próxima vez no van a ser piñas.
Eran casi las diez de la noche cuando Enzo regresó a Almagro. Apagó la moto antes de cruzar la puerta de chapa, empujándola a pulso por el pasillo para no hacer ruido. Estaba molido, con la espalda hecha un trapo y la cabeza latiéndole por la tensión.
Cuando miro hacia la calle vio una figura sentada en el escalón de la casa de al lado, abrazada a sus piernas para protegerse del viento frío.
Carla levantó la cabeza al escucharlo. Tenía un termo bajo el brazo y una taza de lata en la mano. Al verlo llegar, se puso de pie de un salto y caminó hacia él sin dudarlo.
Enzo dejó la moto apoyada en el soporte, se sacó el casco y se quedó mirándola en la penumbra. La fatiga se le desarmó un poco al ver el calor en los ojos de la chica.
—Te dije que descansaras, flaca —dijo con una voz suave, rasposa.
—No podía dormir —respondió Carla, deteniéndose a centímetros de él. Levantó la mano y, con la punta de los dedos, rozó despacio la cinta que le cubría el corte de la ceja—. ¿Cómo te fue? ¿Pudiste juntar algo?
Enzo soltó un suspiro pesado, apoyando la frente contra el hombro de Carla por un segundo, dejándose sostener por su aroma limpio.
—Una miseria, Carla. Nos falta un abismo todavía —confesó contra su cuello—. Y el tiempo vuela.
Carla le pasó los brazos por la cintura, pegando su cuerpo al de él a pesar de la grasa y el frío de la noche.
—Vamos a conseguirlo —le prometió, levantando la cara para buscar sus labios—. Tengo un turno extra en el centro de copiado esta semana y puedo pedir un adelanto. No vas a ir a esa cita sin la plata completa, Enzo. No te voy a dejar caer.
Enzo la miró, desarmado por completo. La tomó de las mejillas con sus manos manchadas y la besó con una lentitud profunda, sellando ese pacto silencioso que los mantenía unidos a contramano de todo el mundo.
#4823 en Novela romántica
#310 en Joven Adulto
romance juvenil problemas, problemas familiares novelajuvenil, drogas motos adolecentes
Editado: 01.08.2026